El último canto de los días

Por Joan Britor

El sol se estaba muriendo detrás de las colinas.

No era una puesta de sol hermosa. No había en ella aquella delicada gradación de colores que los poetas élficos acostumbraban a celebrar en sus canciones, ni el resplandor dorado que tantas veces había encendido los bosques de Letharien durante los días de primavera. Aquella tarde, el cielo tenía el color oscuro de la sangre diluida en agua, y las nubes, desgarradas por el viento, parecían jirones de un estandarte olvidado sobre el campo de batalla.

El humo ascendía lentamente desde los restos de las tiendas incendiadas. Había caballos muertos entre las hierbas, lanzas partidas, escudos hundidos en el barro y cuerpos que nadie había tenido todavía el valor de recoger. Los cuervos comenzaban a descender, primero con cautela, después con la impaciencia propia de quienes conocen bien el final de las guerras.

Los hombres de Oriente se habían retirado.

No era una victoria.

Era, sencillamente, que aquella tarde habían dejado de matarse.

Entre los restos de un pequeño bosque de abedules, donde las raíces se entrelazaban con la tierra como dedos de ancianos, un joven elfo yacía sobre una manta ensangrentada.

Se llamaba Elarion.

Tenía apenas ciento diecisiete años, una edad que entre los suyos todavía se consideraba juventud. Su cabello, habitualmente claro como el trigo maduro, estaba pegado a la frente por el sudor y la sangre. Una lanza le había atravesado el costado izquierdo, entrando por debajo de las costillas y saliendo parcialmente por la espalda. Los sanadores habían intentado detener la hemorragia, pero todos conocían ya el resultado. La punta de hierro había destrozado demasiado.

Respiraba con dificultad.

A su lado, arrodillado sobre la tierra húmeda, estaba su padre.

Aldarion había sido un guerrero durante más de cuatrocientos años. Había combatido contra orcos en las montañas del norte, había defendido los pasos de las tierras occidentales y había visto caer a amigos, hermanos y compañeros de armas. Su nombre había sido pronunciado con respeto en los salones de los reyes y sus canciones de batalla habían sido conocidas en las tabernas de los hombres.

Pero nunca había sabido qué hacer frente a la muerte de un hijo.

Tenía las manos cubiertas de sangre.

La sangre de Elarion.

—Padre…

Aldarion se inclinó inmediatamente.

—Estoy aquí, hijo. Estoy aquí.

—¿Ha terminado?

El anciano miró hacia el horizonte. Más allá de los abedules se escuchaban los gritos de los heridos, el relincho de algún caballo y las voces de los soldados que comenzaban a organizar el campamento.

—Sí —respondió—. Por ahora ha terminado.

Elarion cerró los ojos.

—Entonces hemos ganado.

Aldarion apretó los labios.

No pudo responder.

Porque su hijo había sido atravesado por una lanza para que otros pudieran regresar a sus hogares. Porque había visto a demasiados jóvenes caer aquel día. Porque sabía que aquella victoria, si es que podía llamarse así, sería celebrada dentro de unos días con vino, discursos y canciones, mientras las madres llorarían en silencio y los padres aprenderían a vivir con una ausencia.

Y porque, sobre todo, aquel muchacho no debería estar allí.

No debería haber conocido el sonido de una espada al penetrar en un cuerpo, ni el olor de la carne quemada, ni el peso de un compañero muerto entre los brazos.

Debería haber estado en los jardines de Letharien, entre los árboles de flores blancas, estudiando las antiguas melodías que tanto amaba. Debería haber recorrido los senderos junto a los ríos, pintando las formas cambiantes de las nubes o persiguiendo mariposas azules entre los helechos.

Aldarion lo había llevado a la guerra.

Él mismo había solicitado su incorporación a la guardia del reino. Había insistido en que los jóvenes debían conocer el peligro, que las generaciones futuras no podían vivir ignorantes de los sacrificios que exigía la libertad.

Había pronunciado palabras solemnes ante el consejo.

Había hablado de honor.

De responsabilidad.

De defender la tierra de los antepasados.

Y ahora su hijo estaba muriendo.

—Lo siento —dijo Aldarion.

Elarion abrió apenas los ojos.

—¿Qué cosa?

—Todo.

El joven intentó mover la mano, pero el dolor lo obligó a detenerse.

—No entiendo.

—No debiste venir aquí. No debiste vestir una armadura. No debiste sostener una espada. Eras demasiado joven.

—Padre…

—Yo te traje. Yo te enseñé a combatir. Yo te dije que era necesario. Te hablé de los hombres de Oriente, de sus ejércitos, de sus ambiciones. Te enseñé a desconfiar de ellos antes de que siquiera conocieras a uno. Te hablé de la obligación que teníamos con nuestro pueblo, con nuestros muertos, con nuestros antepasados.

Aldarion bajó la cabeza.

—Y ahora estás aquí.

Su voz se quebró.

—Si pudiera cambiarlo, hijo, si pudiera entregarle al mundo todos mis años para que tú conservaras los tuyos, lo haría sin pensarlo.

Durante un largo momento solo se escuchó el viento.

Elarion miró a su padre con una expresión que Aldarion no supo interpretar. No había reproche en sus ojos, tampoco resignación. Era algo distinto. Una especie de ternura fatigada, como la que se tiene hacia alguien que se ha perdido en un lugar conocido.

—Siempre has sido demasiado severo contigo mismo.

Aldarion levantó la mirada.

—No tienes que consolarme.

—No intento consolarte.

El joven respiró profundamente. El movimiento le provocó una punzada de dolor y tuvo que esperar antes de continuar.

—Quiero contarte algo.

—Lo que quieras.

—¿Recuerdas cuando me llevaste por primera vez al bosque de los sauces?

Aldarion asintió lentamente.

—Tenías seis años.

—Siete —corrigió Elarion, con una pequeña sonrisa—. Cumplía siete aquella primavera.

—Es verdad.

—Había llovido durante la noche. El río estaba crecido y tú me dijiste que no me acercara demasiado a la orilla. Pero yo quería ver los peces. Recuerdo que me enfadé contigo porque no me dejabas bajar por las piedras.

Aldarion sintió que algo se cerraba en su pecho.

—Y terminaste resbalando.

—Sí. Me mojé hasta la cintura.

Por un instante, el rostro del muchacho recuperó algo de su antigua vivacidad.

—Me acuerdo de que me llevaste sobre los hombros hasta casa. Mamá se enfadó muchísimo contigo. Decía que siempre me permitías hacer cosas que no debía.

Aldarion soltó una risa breve, involuntaria, que inmediatamente se transformó en un sollozo.

—Tu madre tenía razón.

—Casi siempre la tenía.

Ambos sonrieron.

Después Elarion volvió a cerrar los ojos.

—Recuerdo el olor de aquella mañana. La tierra mojada, las hojas, el agua fría. Recuerdo cómo brillaban las gotas sobre los helechos. Y recuerdo que me dijiste que el bosque estaba despertando.

Aldarion le acarició el cabello.

—Te gustaba mucho aquel lugar.

—Me sigue gustando.

El joven abrió los ojos y miró hacia los árboles.

—Padre, ¿sabes qué es lo extraño?

—¿Qué, hijo?

—Que cuando pienso en mi vida, no recuerdo primero las grandes cosas.

Hizo una pausa.

—No recuerdo los discursos del rey, ni las ceremonias, ni siquiera las canciones que compusieron para celebrar mis primeros años como guardia. Recuerdo otras cosas.

Aldarion no dijo nada.

—Recuerdo el pan caliente que preparaba mamá. Recuerdo el sonido de tu espada cuando la limpiabas por las mañanas. Recuerdo el primer libro que me regalaste, aquel de los viajes de los antiguos navegantes. Recuerdo que me quedaba despierto hasta tarde imaginando que un día encontraría las tierras que describía.

Su respiración se volvió más lenta.

—Recuerdo las tardes en que me enseñaste a tocar el laúd. Eras terrible.

—Nunca he tenido demasiada paciencia para la música.

—Eras espantoso.

Aldarion sonrió entre lágrimas.

—Y tú insistías en que debía aprender.

—Porque quería tocar contigo.

El padre bajó la cabeza.

Aquellas palabras le dolieron más que cualquier herida que hubiera recibido en los campos de batalla.

La primera vez que Elarion había escuchado música tenía apenas cuatro años.

Su madre, Lúthien, solía cantar mientras trabajaba en el jardín. No eran canciones ceremoniales ni antiguas composiciones de los bardos de la corte. Eran melodías sencillas, algunas inventadas por ella misma, que hablaban de la lluvia, de las abejas, de los frutos del verano y de las estrellas que se reflejaban en los estanques.

A Elarion le gustaba sentarse a sus pies y escucharla.

Cuando aprendió a hablar, comenzó a preguntarle por qué las canciones eran distintas cuando se cantaban de noche.

Lúthien le respondió que quizá porque las cosas, al oscurecer, tenían más espacio para ser escuchadas.

El niño no comprendió la respuesta, pero la recordó durante toda su vida.

Su padre, en cambio, era un hombre de silencios. Había aprendido desde muy joven a desconfiar de los sentimientos que no podían expresarse mediante actos. Había perdido a su propio padre en una guerra fronteriza y crecido bajo la tutela de un tío que consideraba la sensibilidad una debilidad.

Aldarion había amado profundamente a su hijo, pero durante mucho tiempo no supo cómo demostrarlo.

Le enseñó a montar, a leer los mapas, a distinguir las huellas de los animales y a manejar la espada. Le habló de los reyes antiguos y de las grandes batallas que habían salvado el reino. Quiso prepararlo para un mundo que consideraba peligroso.

Pero Elarion siempre encontraba una manera de desviarse de aquellas enseñanzas.

Se detenía a observar una flor.

Preguntaba por qué las arañas tejían sus telas con tanta precisión.

Se quedaba mirando a los pájaros durante horas.

Una vez, cuando tenía treinta años, regresó de una excursión con una piedra negra que había encontrado junto al río. Aldarion le preguntó por qué había recogido semejante cosa.

—Porque parece contener una noche entera —respondió el muchacho.

Su padre no supo qué decir.

Años después, cuando Elarion comenzó a estudiar pintura, descubrió que podía pasar jornadas enteras intentando reproducir el color de una montaña al amanecer. No quería pintar grandes hazañas ni retratos de los nobles. Prefería los pequeños detalles: una rama quebrada, la sombra de una nube sobre el agua, el rostro de una anciana mientras escuchaba una canción.

Aldarion pensaba que su hijo desperdiciaba parte de su talento.

No porque despreciara el arte, sino porque había llegado a creer que el mundo estaba demasiado amenazado para permitirse semejantes distracciones.

Cuando comenzaron las incursiones de los hombres de Oriente, Elarion se presentó voluntariamente para servir en la guardia.

Su padre intentó disuadirlo.

Pero el joven insistió.

—No quiero vivir en un mundo donde otros tengan que morir para que yo pueda seguir pintando —le dijo.

Aldarion lo miró entonces con orgullo.

Y le permitió marcharse.

Nunca imaginó que aquel consentimiento terminaría convirtiéndose en una condena.

—¿Padre?

La voz de Elarion lo devolvió al presente.

—Aquí estoy.

—Quiero que me prometas algo.

—Lo que quieras.

—No vuelvas a pensar que mi vida fue un error.

Aldarion cerró los ojos.

—No puedo prometerte eso.

—Sí puedes.

—Elarion…

—Escúchame.

El joven intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Su padre lo sostuvo con cuidado.

—Sé lo que estás pensando. Crees que si no me hubieras traído a este mundo, no estaría muriendo aquí. Crees que me diste una vida que terminó demasiado pronto. Y quizá tengas razón en una parte de eso.

Aldarion lo miró.

—Pero hay algo que no estás viendo.

—¿Qué cosa?

—Que antes de morir, viví.

El anciano permaneció inmóvil.

Elarion tragó saliva.

—Viví, padre. No fui solamente un soldado. No fui solamente alguien que recibió una lanza en el campo de batalla. Fui un niño que corrió bajo la lluvia. Fui un joven que se enamoró. Fui alguien que vio las estrellas desde una montaña y creyó que podía tocarlas. Fui alguien que escuchó una canción y sintió que el mundo entero se había detenido para escucharla también.

Una ráfaga de viento agitó las ramas desnudas.

—Tuve amigos. Tuve miedo. Tuve curiosidad. Me equivoqué. Reí hasta que me dolió el vientre. Vi amaneceres que no habría podido imaginar ni en mis mejores pinturas. Conocí personas que hicieron que mi corazón se sintiera más grande de lo que era.

Su mirada se perdió en algún lugar que solo él podía ver.

—Y amé.

Aldarion le apretó la mano.

—¿A quién?

Elarion sonrió débilmente.

—A muchas personas.

—¿Muchas?

—A mamá, por supuesto. A ti, aunque a veces fueras insoportable. A mi hermana. A mis amigos. A la muchacha que me enseñó a bailar en las fiestas de verano. A un anciano que vivía en el puerto y que me habló durante horas de las tormentas. A una mujer que encontré una vez en las montañas y que me ofreció agua cuando estaba perdido.

Se detuvo.

—Y también amé cosas.

—¿Qué cosas?

—Los árboles. El sonido del mar. El olor del pan. La primera nieve. Los libros. Las manos de mamá cuando me curaba las rodillas. La luz que entra por las ventanas al final de la tarde.

Miró a su padre.

—¿Entiendes?

Aldarion no pudo responder.

—No te estoy diciendo que la guerra sea buena. No lo es. No te estoy diciendo que morir joven sea justo. Tampoco lo es. Pero no quiero que confundas la crueldad de este mundo con la belleza de haber vivido en él.

El anciano sintió que sus ojos se llenaban nuevamente de lágrimas.

—Tú merecías más tiempo.

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que Aldarion se quedó sin aliento.

—Merecía más tiempo —repitió Elarion—. Quería viajar al sur. Quería terminar aquel cuadro del bosque. Quería conocer las ciudades de los hombres. Quería ver crecer a mis sobrinos. Quería envejecer contigo, aunque tú probablemente habrías seguido diciéndome que dejara de perder el tiempo con mis pinturas.

—Lo habría hecho.

—Lo sé.

El muchacho sonrió.

—Pero no quiero que pienses que todo lo anterior pierde su valor porque no pude tener lo que venía después.

Aldarion se llevó la mano de su hijo a los labios.

La noche comenzaba a caer.

Los sanadores habían instalado algunas lámparas entre los árboles. Un soldado se acercó para preguntar si debían trasladar al joven a una tienda, pero Aldarion negó con la cabeza.

Quería que su hijo permaneciera allí.

Elarion siempre había amado los árboles.

El soldado se retiró en silencio.

—¿Tienes frío? —preguntó el padre.

—Un poco.

Aldarion se quitó la capa y la extendió sobre su cuerpo.

—¿Recuerdas a Maerwen? —preguntó Elarion después de un rato.

—¿La hija del herrero?

—Sí.

—Por supuesto.

—Me escribió hace tres meses.

Aldarion asintió. Recordaba a la muchacha. Había sido amiga de su hijo durante muchos años y, aunque ambos habían compartido una cercanía que parecía destinada a convertirse en amor, nunca llegaron a construir una vida juntos.

—Me dijo que todavía conserva el pequeño pájaro de madera que le tallé.

—Lo recuerdo.

—Era bastante feo.

—Mucho.

Elarion soltó una pequeña carcajada que terminó en una tos dolorosa.

Su padre lo sostuvo.

—No hables más.

—Quiero hacerlo.

—Estás cansado.

—Lo sé. Pero todavía hay cosas que quiero decirte.

Aldarion asintió.

—Entonces habla.

—No le digas a Maerwen que lamento no haberme casado con ella.

—¿Por qué no?

—Porque no lo lamento.

El anciano frunció el ceño.

—¿No?

—No. La quise mucho. Quizá de una manera que nunca supe explicar. Pero también quería otras cosas. Quería conocer el mundo. Quería aprender. Quería descubrir qué había detrás de las montañas. A veces uno ama a alguien sin que eso signifique que deba quedarse a su lado para siempre.

Miró hacia el cielo.

—Dile que me alegra haberla conocido. Que espero que encuentre a alguien que la haga reír. Y que no deje de cantar.

—Se lo diré.

—Y no le digas que fui valiente.

Aldarion lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque tuve miedo.

—Todos tenemos miedo.

—Yo tenía muchísimo. Cuando vi venir a los hombres de Oriente, quise correr. Cuando el primer compañero cayó a mi lado, pensé que iba a morir. Cuando la lanza me atravesó, pensé en mamá. Y después pensé en ti.

Su voz se volvió casi inaudible.

—No fui valiente todo el tiempo, padre. Solo intenté no abandonar a los demás.

Aldarion bajó la mirada.

—Eso es valentía.

—Quizá.

Un silencio largo los envolvió.

En algún lugar del campamento, alguien comenzó a cantar una antigua canción de marcha. La melodía llegaba fragmentada por el viento, como si también ella estuviera herida.

Elarion escuchó durante unos instantes.

—No me gusta esa canción.

—Nunca te gustó.

—Es demasiado triste.

—Es una canción de guerra.

—Precisamente.

El joven respiró profundamente.

—¿Recuerdas aquella melodía que mamá cantaba en el jardín?

Aldarion asintió.

—La de las estrellas.

—Esa.

—Sí.

—¿Podrías cantarla?

El padre se quedó inmóvil.

—No recuerdo todas las palabras.

—No importa.

—Tu madre la cantaba mucho mejor.

—Lo sé.

Aldarion miró hacia el suelo.

Habían pasado tantos años desde la muerte de Lúthien. A veces todavía esperaba escuchar su voz al regresar a casa. Durante décadas había evitado cantar aquella melodía porque le recordaba todo lo que había perdido.

Ahora su hijo se la pedía.

Y Aldarion comprendió que no podía negársela.

Comenzó a cantar.

Al principio su voz fue torpe, insegura, casi irreconocible. Pero poco a poco la melodía encontró su camino. Era una canción antigua, sencilla, que hablaba de una estrella que descendía cada noche para contemplar los jardines de los mortales.

Elarion cerró los ojos.

Por un momento volvió a ser un niño.

Vio a su madre entre las flores, con el cabello recogido y las manos manchadas de tierra. Vio a su padre sentado bajo un árbol, fingiendo que no escuchaba mientras trabajaba en alguna herramienta. Sintió el olor de las manzanas maduras y el rumor del agua en las fuentes.

Y comprendió que no había perdido aquellos momentos.

No estaban allí, en el jardín, ni en el pasado, ni en algún lugar al que pudiera regresar.

Estaban en él.

Habían formado parte de su cuerpo, de su manera de mirar, de la música que podía reconocer y de la ternura con la que había aprendido a tocar las cosas.

No podía conservarlos para siempre.

Pero nadie podía decir que no habían ocurrido.

Cuando la canción terminó, Elarion abrió los ojos.

—Gracias.

Aldarion tenía el rostro cubierto de lágrimas.

—Debería haberte cantado más veces.

—Sí —dijo el joven—. Deberías.

Ambos rieron suavemente.

La madrugada se acercaba.

Las estrellas habían comenzado a aparecer entre las nubes y el campo de batalla se había sumido en una quietud inquietante. Los hombres recogían a sus muertos. Algunos encendían pequeñas hogueras. Otros permanecían sentados, incapaces de hablar.

Aldarion observó a su hijo.

Su respiración era cada vez más débil.

—Padre.

—Aquí estoy.

—Quiero pedirte otra cosa.

—Dime.

—Cuando regresemos a casa, busca mis pinturas.

—Lo haré.

—Hay una que está sin terminar. La del bosque de los sauces.

—La recuerdo.

—No la termines.

Aldarion lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no sabrías cómo hacerlo.

El anciano soltó una pequeña risa.

—Probablemente.

—Pero quiero que la pongas junto a la ventana de mi habitación. Allí donde entra la luz por la tarde.

—Así lo haré.

—Y quiero que abras las ventanas.

Aldarion frunció el ceño.

—¿Las ventanas?

—Sí. Que entre el aire. Que se escuchen los pájaros. No quiero que mi habitación se convierta en un santuario donde nadie pueda respirar.

El padre sintió un nudo en la garganta.

—No sé si podré entrar allí.

—Podrás.

—No lo sé, hijo.

—Tendrás que hacerlo.

Elarion tomó aire con dificultad.

—No conviertas mi ausencia en una prisión para los que todavía están vivos.

Aldarion cerró los ojos.

—No me pidas eso.

—Te lo pido precisamente porque te conozco.

El anciano permaneció en silencio.

—No quiero que dejes de vivir, padre.

—No puedo imaginar cómo hacerlo.

—Entonces empieza por algo pequeño.

—¿Qué cosa?

—Vuelve al jardín.

Aldarion lo miró.

—Hace años que no voy.

—Lo sé.

—Hay demasiado trabajo. Demasiadas obligaciones.

—Siempre hay demasiadas obligaciones.

Elarion intentó sonreír.

—Planta algo. Un árbol, una flor. Algo que no sirva para construir una muralla ni para alimentar un ejército. Algo que simplemente crezca.

Aldarion sintió que el mundo entero se reducía a aquella voz.

—Lo haré.

—Y cuando lo hagas, no pienses en mí como alguien que murió. Piensa en mí como alguien que estuvo allí.

El anciano inclinó la cabeza hasta apoyar la frente contra la de su hijo.

—Estuviste aquí —susurró—. Estuviste aquí.

—Sí.

—Y yo te tuve.

—Sí, padre.

—Y te amé.

Elarion abrió los ojos.

—Lo sé.

Aldarion comenzó a llorar sin intentar contenerse.

—Te amé desde el primer momento. Incluso cuando no sabía cómo hacerlo. Incluso cuando fui demasiado duro. Incluso cuando creí que prepararte para el mundo significaba enseñarte a soportarlo todo.

—Lo sé.

—Perdóname.

El joven movió lentamente los dedos.

Su padre los tomó entre sus manos.

—No hay nada que perdonar.

—Te traje a una guerra.

—Me trajiste al mundo.

Aldarion lo miró.

—Y el mundo era hermoso —continuó Elarion—. Incluso con sus guerras.

El anciano quiso responder, pero no encontró palabras.

—Padre…

—Sí.

—¿Crees que las estrellas siguen allí cuando nadie las mira?

Aldarion respiró profundamente.

—Sí.

—¿Y los árboles?

—También.

—¿Y las canciones?

—Mientras alguien las recuerde.

Elarion pareció pensar en aquello.

—Entonces no estamos tan solos como creemos.

El joven volvió a mirar el cielo.

Había una estrella particularmente brillante sobre la línea de los árboles. Aldarion la reconoció. Era una de las primeras en aparecer durante el otoño, y Lúthien solía llamarla la estrella del regreso.

—¿La ves? —preguntó Elarion.

—Sí.

—Es hermosa.

—Lo es.

—Me gustaría haberla pintado.

Aldarion sintió que el corazón se le partía.

—Algún día volverás a verla.

Elarion volvió lentamente la mirada hacia él.

—No lo creo.

Su padre bajó la cabeza.

—Pero tú sí.

El último momento llegó sin anunciarse.

No hubo un estremecimiento violento ni una última palabra pronunciada con solemnidad. No hubo una luz descendiendo del cielo ni un signo que permitiera a los hombres comprender que algo extraordinario estaba sucediendo.

Solo ocurrió.

La respiración de Elarion se hizo cada vez más espaciada. Su mano perdió fuerza entre las de su padre. Sus ojos permanecieron abiertos unos instantes, contemplando la estrella.

Después se cerraron.

Aldarion esperó.

Esperó un nuevo movimiento del pecho, una contracción de los dedos, cualquier señal que le permitiera seguir creyendo que su hijo todavía estaba allí.

Pero no llegó nada.

El silencio se extendió entre los árboles.

El anciano apoyó la frente sobre la mano de Elarion.

Y lloró.

Lloró como no había llorado cuando murió su padre, ni cuando perdió a sus hermanos, ni cuando vio arder las aldeas del norte. Lloró con la desesperación de quien comprende que existe un dolor para el que no hay entrenamiento, sabiduría ni fortaleza que sirva de refugio.

Los soldados que se encontraban cerca se apartaron.

Nadie se atrevió a interrumpirlo.

Aldarion permaneció así durante mucho tiempo, abrazado al cuerpo de su hijo, mientras el sol desaparecía por completo y las primeras luces de la madrugada comenzaban a teñir las nubes.

Tres días después, los ejércitos regresaron a sus respectivos territorios.

La victoria fue proclamada en los salones del reino. Los heraldos hablaron del valor de los guerreros y de la resistencia de los defensores. Se pronunciaron discursos y se distribuyeron recompensas. Los nombres de los caídos fueron leídos ante la corte.

El nombre de Elarion también fue pronunciado.

Aldarion escuchó de pie, entre los demás oficiales.

No lloró.

No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque había comenzado a comprender que llorar no era la única manera de recordar.

Cuando regresó a Letharien, encontró la casa exactamente como la había dejado.

El laúd de su hijo estaba apoyado junto a la ventana. Sobre la mesa había varios pinceles, algunos frascos de pigmentos y un pequeño cuaderno abierto. En una de sus páginas había un dibujo de un pájaro posado sobre una rama.

Aldarion se sentó.

Pasó los dedos sobre el papel.

Debajo del dibujo, Elarion había escrito una frase:

Hay cosas que no necesitan durar para ser eternas.

El anciano permaneció mucho tiempo mirando aquellas palabras.

Después se levantó y fue hasta el jardín.

Los senderos estaban cubiertos de hojas. Las fuentes necesitaban limpieza y algunas plantas habían crecido sin orden. En un rincón, junto a un muro de piedra, había un espacio vacío donde años atrás Lúthien había plantado un pequeño sauce.

Aldarion se arrodilló.

Durante varios minutos no hizo nada.

Luego comenzó a remover la tierra.

No era un trabajo que conociera bien. Sus manos estaban acostumbradas al peso de las armas, no al cuidado delicado de las raíces. Pero continuó hasta que el hoyo tuvo la profundidad necesaria.

Fue entonces cuando encontró una pequeña piedra negra.

La reconoció inmediatamente.

Era la piedra que Elarion había recogido junto al río cuando era niño.

El anciano la sostuvo entre las manos.

Parecía contener una noche entera.

Aldarion sonrió.

Y por primera vez desde que había regresado, sintió que podía respirar.

Plantó un sauce.

Pasaron los años.

Los reyes cambiaron, las fronteras se modificaron y nuevas guerras comenzaron a amenazar las tierras del Oriente. Algunos de los jóvenes que habían combatido junto a Elarion envejecieron. Otros murieron en campañas posteriores. Las canciones de aquella batalla fueron perdiendo su popularidad y los nombres de muchos de sus protagonistas quedaron relegados a los archivos de los escribas.

Pero el sauce creció.

Primero fue apenas un tallo delgado, luego un pequeño árbol de ramas flexibles. Sus hojas comenzaron a caer sobre la hierba durante los otoños y sus raíces se extendieron lentamente por la tierra.

Aldarion regresaba allí cada tarde.

Al principio lo hacía por obligación, como quien cumple una promesa. Después comenzó a disfrutar de aquellos momentos. Se sentaba bajo el árbol y escuchaba el viento. Algunas veces llevaba un libro. Otras, simplemente permanecía en silencio.

Abrió las ventanas de la habitación de su hijo.

Colocó el cuadro inconcluso junto a la luz de la tarde.

Nunca intentó terminarlo.

Conservó también el laúd, los pinceles y los pequeños objetos que Elarion había ido reuniendo durante su vida. Pero no convirtió la habitación en un santuario. Permitió que sus nietos entraran, que jugaran y que preguntaran por el muchacho de los retratos.

Y cada vez que alguien preguntaba cómo había sido Elarion, Aldarion respondía con historias.

No comenzaba hablando de su muerte.

Hablaba de la lluvia, de los peces, de las canciones de Lúthien, de los dibujos, de las piedras y de los viajes que su hijo soñaba realizar.

Les contaba que había sido un muchacho curioso, a veces distraído, que podía quedarse horas contemplando una mariposa. Les hablaba de su torpeza con las armas y de su extraordinaria sensibilidad para la música. Les contaba que había amado a una mujer llamada Maerwen y que había hecho un pájaro de madera bastante feo.

Los niños reían.

Y Aldarion también.

Una tarde, muchos años después de aquella batalla, una pequeña nieta se acercó a él mientras descansaba bajo el sauce.

—Abuelo, ¿es verdad que mi tío Elarion murió en una guerra?

Aldarion miró las hojas que se movían sobre su cabeza.

—Sí.

—¿Tenía miedo?

El anciano pensó durante unos instantes.

—Sí. Mucho.

La niña pareció sorprendida.

—Pero los héroes no tienen miedo.

Aldarion sonrió.

—Los héroes también tienen miedo, pequeña. A veces incluso más que los demás. La diferencia está en lo que hacen con él.

La niña se sentó junto a su abuelo.

—¿Era bueno?

—Era maravilloso.

—¿Más que los guerreros de las canciones?

El anciano soltó una pequeña carcajada.

—Mucho más.

—¿Por qué?

Aldarion miró hacia la ventana de la antigua habitación.

La luz de la tarde iluminaba el cuadro inconcluso. En él se veía un bosque de sauces, un río y una pequeña figura que parecía estar observando algo entre los árboles.

—Porque sabía mirar —respondió.

—¿Mirar?

—Sí. Sabía encontrar cosas hermosas donde otros solo veían cosas comunes. Podía mirar una piedra y descubrir un mundo. Podía escuchar una canción y encontrar en ella un recuerdo. Podía ver una puesta de sol y quedarse en silencio, como si acabara de recibir un regalo.

La niña observó el sauce.

—¿Y por eso lo recuerdas?

—Por eso y por muchas otras cosas.

—¿Lo echas de menos?

Aldarion cerró los ojos.

Durante todos aquellos años había aprendido que el dolor no desaparecía. Cambiaba de forma. Algunas veces se presentaba como una punzada inesperada; otras, como una nostalgia tranquila que aparecía al escuchar una melodía o encontrar un objeto olvidado.

Pero también había descubierto algo más.

Que el amor no era únicamente el deseo de conservar a alguien.

A veces era permitir que su existencia siguiera dando frutos en el mundo, incluso cuando ya no se podía escuchar su voz.

—Sí —respondió—. Lo echo de menos todos los días.

La niña apoyó la cabeza sobre su brazo.

—Entonces debes de estar muy triste.

Aldarion miró el cielo.

La tarde estaba despejada. Una bandada de pájaros cruzaba sobre las copas de los árboles y el viento agitaba suavemente las hojas del sauce.

—A veces lo estoy —dijo—. Pero también estoy agradecido.

—¿Por qué?

El anciano tardó en responder.

Recordó el campo de batalla. La sangre. La lanza. La voz de su hijo pronunciando aquellas últimas palabras.

No confundas la crueldad de este mundo con la belleza de haber vivido en él.

Entonces comprendió que había pasado muchos años intentando encontrar una respuesta a una pregunta equivocada.

Había querido saber cómo podía justificar la muerte de su hijo.

Pero la muerte de Elarion no necesitaba una justificación.

No había sido justa. No había sido necesaria. No había sido hermosa.

Había sido una tragedia.

Y, sin embargo, la vida de su hijo había sido mucho más que aquella tragedia.

Ninguna guerra podía borrar el olor de las mañanas junto al río, ni las canciones de su madre, ni el primer amor, ni las pinturas, ni las risas, ni los amigos. Ninguna lanza podía atravesar retrospectivamente aquellos momentos y convertirlos en algo que no hubiera valido la pena.

El anciano acarició el cabello de su nieta.

—Porque tuve la fortuna de conocerlo —dijo finalmente.

La niña permaneció en silencio.

—Y porque durante ciento diecisiete años —continuó Aldarion— el mundo fue un lugar más hermoso porque él estuvo en él.

El viento volvió a recorrer el jardín.

Las hojas del sauce se inclinaron suavemente, rozándose unas con otras. Parecían susurrar una melodía muy antigua, una que Aldarion no había escuchado desde hacía demasiado tiempo.

Entonces, casi sin darse cuenta, comenzó a cantarla.

Era la canción de las estrellas.

La misma que Lúthien cantaba cuando Elarion era niño.

Su voz era vieja y algo quebrada, pero la melodía seguía intacta.

La niña levantó la cabeza.

—Abuelo, ¿qué canción es esa?

Aldarion sonrió.

—Una canción que me enseñaron hace mucho tiempo.

—¿Quién?

El anciano miró el sauce.

—Mi esposa. Y mi hijo.

Siguió cantando mientras la tarde se apagaba.

Y en aquel jardín, bajo las ramas de un árbol que había crecido de una pequeña raíz plantada con manos temblorosas, Aldarion comprendió finalmente que no debía pedirle al tiempo que devolviera lo que se había llevado.

Debía agradecerle lo que le había permitido tener.

Porque la vida no se medía únicamente por los años que alguien alcanzaba a reunir, ni por los reinos que conquistaba, ni por las batallas que ganaba, ni por las obras que dejaba terminadas.

Había vidas que ardían brevemente y, sin embargo, iluminaban cuanto las rodeaba.

Había personas que no alcanzaban a conocer la vejez, pero que dejaban en los demás una forma distinta de mirar el mundo.

Y había amores que, aun atravesados por la muerte, seguían creciendo como raíces invisibles bajo la tierra.

Aldarion nunca volvió a hablar de la guerra de aquella tarde.

Cuando los historiadores le preguntaban por ella, respondía que había sido una batalla larga y cruel, que los hombres de Oriente se habían retirado y que muchos buenos soldados habían muerto.

Pero cuando le preguntaban por su hijo, sus ojos adquirían una luz diferente.

Entonces hablaba del muchacho que recogía piedras porque parecían contener noches enteras, del niño que se mojaba los pies en el río, del joven que pintaba árboles y componía melodías, del hombre que había amado sin medida y que, incluso al borde de la muerte, había encontrado razones para agradecer.

Y si alguien le preguntaba si no habría preferido que Elarion jamás hubiera nacido, Aldarion miraba hacia el jardín, donde el viejo sauce seguía creciendo.

Después respondía:

—No. Ni por un instante. Si para evitar su muerte tuviera que renunciar a haberlo conocido, elegiría conocerlo de nuevo. Incluso sabiendo cómo termina la historia.

Porque había aprendido, demasiado tarde y quizá por eso con mayor profundidad, que el amor no consiste en que aquello que amamos permanezca para siempre.

Consiste, a veces, en haber tenido la fortuna de compartir con ello un pequeño fragmento de eternidad.

Y eso, pensaba Aldarion mientras las primeras estrellas aparecían sobre los árboles, era más de lo que muchos mundos podían ofrecer.

Elarion había vivido.

Y el mundo, por haberlo tenido, había sido un poco más hermoso.

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Soy Joan Britor

Bienvenido, viajero de mundos invisibles.

Has cruzado un umbral, aunque no lo sepas. Este no es un simple blog, ni un rincón cualquiera de internet. Este es El Refugio de Joan Britor, un lugar donde las palabras cobran vida, las sombras susurran secretos antiguos y los cuentos tienen más de verdad que las noticias del día.

Aquí se entrelazan relatos nacidos de la niebla, fragmentos de sueños perdidos y experimentos literarios que desafían la lógica. Hay puertas que solo se abren si sabes escuchar, mapas que se dibujan a medida que los recorres, y criaturas que existen solo cuando se las nombra.

Si alguna vez te has sentido extraño en tu propio mundo, si te atrae lo que se esconde bajo la superficie de lo cotidiano, si sospechas que la magia aún respira entre nosotros… entonces estás en el lugar correcto.

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