
por Joan Britor
El bar estaba casi lleno, pero en la mesa del fondo, junto a una ventana empañada por el frío de la noche, los cuatro amigos habían conseguido encontrar una pequeña isla de intimidad. Sobre la mesa descansaban una botella de vino, dos cervezas a medio terminar y un plato de papas fritas que nadie parecía recordar haber pedido.
Claudia sostenía su copa con ambas manos. Llevaba casi una hora escuchando a sus amigos hablar sobre el amor, las relaciones y las razones por las que las parejas parecían empeñadas en hacerse daño unas a otras.
Hasta entonces había participado poco. Se limitaba a sonreír cuando alguien la miraba, como si quisiera disculparse por estar triste en una reunión a la que había acudido precisamente para intentar dejar de estarlo.
—Es que yo de verdad creía que lo conocía —dijo finalmente.
Los otros tres guardaron silencio.
Claudia bajó la mirada hacia su copa.
—Estuvimos tres años juntos. Tres años. Vivimos cosas importantes, hicimos planes, conoció a mi familia, yo conocí a la suya. Hablábamos de irnos a vivir juntos. Y de pronto descubro que el tipo no era quien yo creía.
—¿Te engañó? —preguntó Paula.
—No. Bueno, no que yo sepa. No encontré mensajes sexuales ni nada de eso. Pero le gustaba coquetear con otras mujeres. Constantemente. Les respondía las historias de Instagram, les decía que estaban preciosas, les hacía comentarios que no eran precisamente inocentes. Y cuando yo le preguntaba, me decía que estaba loca, que eran tonteras mías, que no tenía por qué sentirme insegura.
Hizo una pausa.
—Y lo peor es que terminaba pidiéndole perdón yo.
Matías soltó una risita por la nariz, no exactamente de burla, sino con esa expresión de quien cree haber encontrado una explicación definitiva para un problema complejo.
—Bueno, Claudia, pero es que hay que entender cómo funciona la naturaleza humana.
Paula puso los ojos en blanco.
—Ay, no empieces.
—No, en serio. Estamos en el siglo veintiuno y todavía pretendemos que hombres y mujeres funcionamos igual. Los hombres somos biológicamente polígamos. La mujer, en cambio, es hipergámica. Busca al macho de mayor estatus, el alfa, el que tiene recursos, seguridad, poder…
—¿Y tú qué eres? —lo interrumpió Paula—. ¿El alfa de la mesa?
Matías sonrió, encantado con la provocación.
—Yo no he dicho eso. Pero hay alfas, betas, simps, sigmas…
—Te faltó el macho omega —dijo Paula—. Ese que se pasa la vida viendo vídeos de tipos musculosos explicándole cómo conquistar mujeres mientras él cena solo frente al computador.
Andrés, sentado al otro extremo de la mesa, soltó una carcajada. Claudia sonrió apenas.
Matías ni siquiera pareció ofendido. Se acomodó en la silla, satisfecho de tener público.
—Ríete todo lo que quieras. La realidad es que los hombres siempre van a buscar opciones. El hombre que tiene valor en el mercado sexual no se conforma con una sola mujer porque puede elegir. Es biología, no moral.
—Qué conveniente —replicó Paula—. Cuando un hombre coquetea con otras, es biología. Cuando una mujer exige respeto, es inseguridad. Cuando él miente, está protegiendo su libertad. Cuando ella se molesta, es que no sabe gestionar sus emociones.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta. Es lo que dicen todos ustedes.
Paula se volvió hacia Claudia y le tomó la mano por encima de la mesa.
—Amiga, tu problema es que estuviste con un narcisista. Esos tipos necesitan validación constante. Te hacen creer que eres especial, pero en realidad te están usando para alimentar su ego. Tu ex es un manipulador, un mentiroso y un cobarde. No te merecía. Y tienes que entender que el patriarcado nos ha enseñado a las mujeres a tolerar conductas que jamás deberíamos aceptar. Nos educan para cuidar, comprender, perdonar y dar segundas oportunidades, mientras ellos se aprovechan de nuestra disposición.
Matías resopló.
—Claro. Ahora resulta que todos los hombres somos unos abusadores potenciales.
—¿Potencialmente? —Paula alzó las cejas—. Mira cómo reaccionas cuando una mujer te habla de sus límites.
—Y tú mira cómo conviertes cualquier defecto de un hombre en una denuncia contra la mitad de la humanidad.
—Porque la mitad de la humanidad lleva siglos…
—Ya, ya —intervino Claudia, retirando suavemente su mano—. No hace falta que se peleen por mí.
Los dos se callaron.
Pero solo durante unos segundos.
Matías volvió a hablar de testosterona, estrategias reproductivas y jerarquías masculinas. Paula le respondió con estadísticas que había leído en algún artículo, referencias al patriarcado y una explicación sobre cómo el narcisismo se alimentaba de las estructuras sociales de poder.
Cada uno parecía disfrutar de la discusión. Se interrumpían, se desafiaban, se reían de las contradicciones del otro. Sus argumentos eran opuestos, pero tenían algo en común: ambos parecían convencidos de que el amor era un problema que podía resolverse descubriendo la teoría correcta.
Andrés observaba la escena en silencio.
Tenía esa costumbre que a veces irritaba a sus amigos, antes de hablar, parecía necesitar comprender qué estaba ocurriendo realmente. No era el más culto de los cuatro ni el que tenía mejores argumentos. Tampoco se consideraba especialmente sabio. Simplemente, desconfiaba de las respuestas que llegaban demasiado rápido.
Miró a Claudia.
Ella ya no escuchaba a nadie.
Hacía girar la copa entre los dedos y contemplaba el vino con una concentración que no tenía nada que ver con el vino.
Andrés esperó a que Paula y Matías volvieran a enzarzarse en otra discusión.
Entonces se inclinó ligeramente hacia Claudia.
—¿Puedo decirte algo?
Ella levantó los ojos.
—Claro.
Andrés la miró sin apuro.
—Creo que todavía estás muy triste.
Claudia parpadeó.
No era una pregunta. Tampoco un diagnóstico, ni una interpretación ingeniosa sobre su exnovio. Andrés no parecía estar tratando de descubrir quién tenía razón.
Simplemente había visto algo.
Y lo había dicho.
Claudia apretó los labios. Durante un instante intentó sonreír, pero la sonrisa se le deshizo antes de terminar de formarse.
—Sí —susurró—. Sí, estoy triste.
Andrés asintió despacio.
—Me imagino que debe ser difícil.
Aquellas seis palabras tuvieron un efecto extraño en ella.
Me imagino que debe ser difícil.
No le dijo que tenía que superarlo. No le explicó que merecía algo mejor. No le recordó que había millones de hombres en el mundo. No intentó convencerla de que su ex era un imbécil, aunque probablemente también lo pensara.
Solo dejó espacio para que estuviera triste.
Y, de pronto, Claudia sintió que ya no necesitaba defenderse de su propia tristeza.
—Es que no lo supero —dijo.
La voz le salió más baja de lo que esperaba.
—Me da vergüenza admitirlo. Han pasado casi dos meses y todavía pienso en él. Me despierto por la mañana y, durante unos segundos, me olvido de que terminamos. Después me acuerdo de todo y siento como si me cayera encima otra vez.
Andrés no apartó la mirada.
—¿Y qué es lo que más te duele?
Claudia abrió la boca, pero no respondió inmediatamente.
La pregunta parecía sencilla. Sin embargo, hasta ese momento, todo el mundo le había preguntado qué había pasado, qué había descubierto, cuánto tiempo llevaban juntos, si él la había engañado o si ella había visto señales de alarma.
Nadie le había preguntado qué era lo que más le dolía.
—No sé —dijo finalmente—. Creo que es darme cuenta de que no lo conocía.
Se quedó pensando.
—O peor. Que yo creía conocerlo y que, en realidad, había cosas de él que prefería no ver. Porque ahora recuerdo algunas situaciones y pienso: ¿cómo no me di cuenta? ¿Cómo pude creerle cada vez que me decía que yo era la única mujer que le importaba?
Se le humedecieron los ojos.
—Me siento tonta, Andrés. Muy tonta.
Él negó suavemente con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque confié en él.
—¿Y confiar en alguien te parece una tontería?
Claudia lo miró.
—Confiar en alguien que te está mintiendo, sí.
—Pero tú no sabías que te estaba mintiendo.
—Debería haberlo sabido.
—¿Cómo?
Ella frunció el ceño.
—No sé. Tendría que haberme dado cuenta de las señales.
Andrés apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Quizá ahora puedes ver cosas que antes no veías. Pero eso no significa que pudieras verlas entonces de la misma manera. Tú estabas dentro de la relación, Claudia. Lo querías. Habías construido una historia con él. No estabas investigando a un desconocido para decidir si era una persona confiable. Estabas viviendo con alguien a quien amabas.
Claudia bajó la mirada.
Andrés continuó:
—Y cuando uno ama, también interpreta. A veces interpreta bien y otras veces se equivoca. Quizá le diste explicaciones que hoy ya no le darías. Quizá confiaste demasiado en algunas de sus palabras. No sé. Pero no creo que eso te convierta en una tonta.
Ella se pasó un dedo por debajo del ojo.
—Es que siento que todo lo que hice no sirvió de nada.
—¿A qué te refieres?
—A todo. Estuve pendiente de él, lo apoyé cuando tuvo problemas en el trabajo, lo acompañé cuando murió su abuela, intenté entenderlo cuando estaba de mal humor. Me preocupaba que estuviera bien. Hacíamos planes. Yo quería que funcionara. Siempre intentaba hablar cuando teníamos un problema. Y ahora pienso: ¿para qué? ¿De qué sirvió tanto esfuerzo si al final él estaba buscando la atención de otras mujeres?
La última frase le salió con rabia.
Por primera vez en toda la noche, su voz había dejado de sonar avergonzada.
Andrés la escuchó sin interrumpirla.
—Y no es que yo esperara que fuera perfecto —continuó ella—. No esperaba que dejara de encontrar atractivas a otras mujeres. Yo también puedo encontrar atractivo a otro hombre. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es estar buscando constantemente que otras te deseen, y después hacerme sentir que yo era la insegura por darme cuenta.
Se quedó callada.
—Me hace sentir que no fui suficiente.
Andrés respiró despacio antes de responder.
—¿Puedo preguntarte algo un poco incómodo?
Claudia asintió.
—Si él hubiera sido completamente fiel, si nunca hubiera coqueteado con nadie, si te hubiera demostrado cada día que te elegía a ti… ¿eso habría significado que tú eras suficiente?
Claudia se quedó inmóvil.
—Sí, claro.
—¿Y si él hubiera coqueteado con otras mujeres, como hizo, significa que tú no lo eras?
Ella no respondió.
Andrés no insistió. Se limitó a esperar.
A su espalda, Matías estaba explicando que los hombres con opciones no necesitaban buscar validación femenina porque la obtenían de forma natural, mientras Paula le preguntaba si alguna vez había mantenido una conversación con una mujer que no quisiera acostarse con él.
Claudia miró a Andrés y soltó una risa pequeña, inesperada.
—Son increíbles, ¿te das cuenta?
Él sonrió.
—¿Quiénes?
—Ellos dos. Se pasan la noche explicándome cómo funciona el amor, como si yo fuera una especie de experimento social.
Andrés miró fugazmente a sus amigos.
—Creo que los dos quieren ayudarte.
—Ya. Pero uno me dice que es biología y la otra que es el patriarcado. Y yo solo quiero dejar de sentirme así.
Andrés asintió.
—A veces las explicaciones ayudan. Nos permiten ordenar lo que pasó, entenderlo, aprender algo. Pero entender por qué alguien hizo algo no siempre consigue que deje de doler.
Claudia lo observó.
—¿Tú crees que alguna vez voy a dejar de sentir esto?
—Sí. Aunque probablemente no ocurra de golpe, ni exactamente como esperas.
—¿Y si me vuelve a pasar?
Andrés tardó unos segundos en contestar.
—Puede que vuelvas a equivocarte con alguien. Todos podemos hacerlo. Puedes conocer a una persona que te quiera de verdad y que, aun así, no sepa cuidarte como necesitas. O puedes encontrar a alguien que parezca maravilloso al principio y que después te decepcione. No hay garantías, Claudia.
Ella sintió una punzada en el pecho.
—Vaya consuelo.
—Lo sé —dijo él, sonriendo con ternura—. No soy muy bueno dando discursos motivacionales.
Ella se rio.
Esta vez, de verdad.
Andrés esperó a que terminara.
—Pero hay algo que sí creo —añadió—. Que lo que él hizo no determina cuánto vales tú. Y que el hecho de que esta relación no haya resultado como esperabas no significa que todo lo que diste haya sido inútil.
Claudia lo miró con atención.
—¿Cómo no va a ser inútil? Se terminó.
—Una relación puede terminar y, aun así, haber habido momentos verdaderos. No sé si él fue honesto contigo en todo. No sé qué sentía cuando te decía que te quería. No voy a inventarte una respuesta para que te sientas mejor. Pero sí sé que tú lo quisiste. Que estuviste ahí. Que intentaste construir algo con él. Eso ocurrió. Fue parte de tu vida. No desaparece porque ahora sepas cosas que antes ignorabas.
Claudia sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
No era exactamente alivio.
Era más bien la sensación de que podía dejar de luchar durante unos minutos contra lo que estaba sintiendo.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
—¿Qué?
—Que todavía lo extraño.
Andrés asintió.
—Claro.
—¿Cómo que claro?
—Pues… porque lo quisiste durante tres años. No tienes que dejar de extrañar a alguien solo porque hayas descubierto cosas que te hicieron daño.
Claudia se quedó mirándolo.
Tenía los ojos oscuros, el pelo ligeramente despeinado y una pequeña arruga entre las cejas que aparecía cuando escuchaba con atención. Andrés nunca había sido el hombre más llamativo de una habitación. No era de esos que necesitaban contar una historia para que todos se volvieran a mirarlo. A menudo parecía pasar inadvertido.
Pero en aquel momento, Claudia tuvo la impresión de que no había nadie más en el bar.
—Me gustaría poder volver atrás —dijo—. No para recuperarlo. O quizá sí, no lo sé. Me gustaría volver a ese momento en que todavía creía que todo estaba bien. Cuando podía mirarlo y sentirme tranquila.
Andrés no trató de consolarla con una frase bonita.
—Debe de ser muy duro perder también esa tranquilidad.
Claudia asintió.
Y entonces lloró.
No fue un llanto escandaloso ni una escena dramática. Las lágrimas simplemente comenzaron a caer, silenciosas, y ella se las limpió con una servilleta de papel, avergonzada.
—Perdona —murmuró.
—¿Por qué?
—Estoy arruinando la noche.
Andrés sonrió con suavidad.
—Claudia, estamos en un bar. Si alguien está arruinando la noche, es el precio de las cervezas.
Ella se rio entre lágrimas.
Él le acercó la servilleta que tenía junto a su vaso.
—No tienes que disculparte por estar triste.
Y Claudia descubrió que, a veces, la ternura consistía en algo tan sencillo como no tener que disculparse.
Cerca de la medianoche, Matías consultó la hora en su teléfono y anunció que debía marcharse.
—Mañana tengo que madrugar.
—Claro —dijo Paula—. El alfa también necesita dormir sus ocho horas.
—Y la feminista necesita dejar de pelear con desconocidos en internet.
—Si dejaras de decir estupideces, yo tendría más tiempo libre.
Ambos sonrieron.
Claudia los observó con una mezcla de cansancio y diversión. De pronto, se dio cuenta de algo que hasta entonces había pasado inadvertido para ella: Matías y Paula llevaban toda la noche provocándose, pero ninguno parecía realmente molesto.
Había una electricidad entre ellos que no tenía nada que ver con sus teorías.
Matías le hizo una seña al camarero para pedir la cuenta.
—¿Vamos? —preguntó a Paula.
Ella recogió su bolso.
—Vamos.
Se despidieron de Claudia con abrazos y promesas de organizar otra salida pronto. Matías le dijo que no se preocupara, que encontraría a alguien mejor. Paula le aseguró que, si volvía a hablar con su ex, ella misma le confiscaría el teléfono.
—Gracias, chicos —dijo Claudia.
Los vio alejarse entre las mesas.
Unos minutos después, cuando el camarero retiró las copas vacías, Andrés y Claudia se levantaron también.
Afuera, la noche estaba fría. Las luces de los automóviles se reflejaban sobre el pavimento húmedo y una brisa ligera agitaba las hojas de los árboles de la calle.
Claudia se ajustó el abrigo.
—Creo que voy a pedir un taxi.
—¿Dónde vives?
Ella le indicó el sector.
—Te acompaño. Me queda de camino.
Comenzaron a caminar.
No vieron lo que ocurrió en el estacionamiento, a pocos metros de la entrada del bar.
Matías había abierto el automóvil cuando Paula le sujetó la chaqueta.
—Oye, filósofo.
Él se volvió.
—¿Qué pasa, revolucionaria?
Paula sonrió de esa manera que utilizaba cuando estaba a punto de decir algo que no tenía ninguna intención de explicar.
—¿Tú siempre hablas tanto?
—Solo cuando tengo razón.
—Entonces debes de estar agotado.
Matías rio.
Paula se acercó un paso.
Durante un instante, ambos se quedaron mirándose. La discusión de toda la noche parecía haber sido una larga excusa para llegar a aquel momento.
—Eres insoportable —murmuró ella.
—Y tú no me has quitado los ojos de encima en toda la noche.
—No te confundas.
—No me confundo.
Paula lo besó.
Matías tardó apenas una fracción de segundo en responder. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia él, mientras ella le sujetaba el rostro con ambas manos.
Se besaron con la intensidad de quienes llevaban demasiado tiempo fingiendo que una discusión era solamente una discusión.
Cuando se separaron, Paula tenía una sonrisa satisfecha.
—Sigues siendo un idiota —dijo.
—Y tú sigues sin poder resistirte.
—No arruines el momento.
Volvió a besarlo.
Claudia y Andrés caminaban despacio por una avenida casi desierta.
Al principio hablaron de cosas pequeñas: del bar, de la música demasiado alta, de una película que ambos habían visto hacía años. Después, poco a poco, la conversación fue tomando otro rumbo.
—Gracias por escucharme —dijo ella.
Andrés metió las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo. Los demás intentaban convencerme de algo. Tú simplemente me escuchaste.
Él guardó silencio un momento.
—A veces uno no necesita que le expliquen qué hacer. Necesita poder decir lo que le pasa sin sentirse juzgado.
Claudia volvió la cabeza hacia él.
—¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—No sé. Tranquilo. Comprensivo.
Andrés soltó una risa.
—Pregúntale a mi hermana. Te dirá que soy un testarudo que puede pasar tres días sin admitir que se ha equivocado.
—Eso me cuesta creerlo.
—Porque no me has visto discutir con ella.
—¿Y en las relaciones?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarlo demasiado.
Andrés la miró de reojo.
—¿Qué pasa con las relaciones?
Claudia sonrió, un poco avergonzada.
—Nada. Me preguntaba si tú también has sufrido por amor.
Él tardó en responder.
—Sí. Una vez estuve muy enamorado de alguien con quien no podía construir la vida que quería. Nos queríamos, pero queríamos cosas distintas. Durante mucho tiempo pensé que, si encontraba la manera correcta de explicarme, ella terminaría queriendo lo mismo que yo.
—¿Y qué pasó?
—Que aprendí que comprender a otra persona no significa conseguir que quiera lo mismo que tú.
Claudia sonrió.
—Eso suena a algo que diría un terapeuta.
—No, por favor. No me conviertas en el terapeuta de la mesa. Ya tenemos suficientes problemas con los otros dos.
Ella rio.
Después caminó unos pasos en silencio.
—¿Y volviste a enamorarte?
—Sí.
—¿Y salió bien?
Andrés la miró con una sonrisa.
—Todavía no lo sé.
Claudia lo observó, intrigada.
—¿Cómo que todavía no lo sabes?
—Bueno, estoy soltero. Pero no creo que enamorarse sea algo que salga bien o mal solamente porque una relación dure para siempre. Creo que hay que ver qué hacemos con lo que sentimos, cómo nos tratamos, qué somos capaces de construir juntos.
—Hablas como si el amor fuera una decisión.
—No del todo. No decides de quién te enamoras. Pero puedes decidir qué haces con eso. Puedes intentar conocer a la persona de verdad, incluso cuando empieza a desaparecer la imagen que te habías hecho de ella. Puedes decir lo que necesitas. Puedes escuchar lo que necesita el otro. Puedes marcharte si descubres que estar ahí te hace daño.
Hizo una pausa.
—Y puedes quedarte cuando las cosas se ponen difíciles, si los dos quieren quedarse.
Claudia bajó la mirada hacia la acera.
—¿Y cómo sabes cuándo merece la pena quedarse?
Andrés sonrió ligeramente.
—Supongo que no hay una fórmula. Pero me gustaría pensar que, cuando estás con alguien, no tienes que pasar tanto tiempo intentando convencerte de que eres suficiente.
Claudia sintió un pequeño estremecimiento.
No sabía si era por el frío.
—Eso es lo que me gustaría encontrar algún día —dijo—. Alguien con quien no tenga que estar preguntándome constantemente si me quiere.
Andrés asintió.
—Me parece un buen deseo.
Ella lo miró.
—¿Y tú qué buscas?
La pregunta quedó suspendida entre los dos.
Andrés podría haber respondido que buscaba una mujer inteligente, independiente, divertida. Podría haber hablado de afinidades, de proyectos compartidos, de la importancia de la comunicación.
Pero aquella noche no quería esconderse detrás de una lista.
—Alguien con quien pueda ser yo mismo —dijo—. Alguien que me permita conocerla de verdad, y que también quiera conocerme. Sin tener que demostrar todo el tiempo que soy el hombre adecuado. Sin tener que jugar a ser más interesante, más fuerte o más seguro de lo que soy.
Claudia sonrió.
—Eso suena bastante bien.
—¿Sí?
—Sí.
Siguieron caminando.
Unas cuadras más adelante, pasaron frente a una pequeña plaza. Los árboles se movían suavemente con el viento y, bajo una farola, un perro dormía junto a un banco.
Claudia sintió que estaba más ligera.
La tristeza seguía allí. Su exnovio seguía formando parte de sus recuerdos. Todavía tenía preguntas sin respuesta y probablemente pasaría muchas noches intentando comprender cómo había llegado a aquel punto.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez en semanas, no sentía la obligación de resolverlo todo.
No necesitaba decidir aquella noche si volvería a confiar en un hombre. No necesitaba demostrar que era fuerte, ni convencerse de que su expareja había sido un monstruo, ni encontrar una teoría que explicara por qué alguien podía quererla y, al mismo tiempo, comportarse de una manera que la hiciera sufrir.
Podía estar triste.
Podía echarlo de menos.
Y podía, también, sentirse bien caminando junto a otra persona.
—¿Sabes una cosa? —dijo.
—¿Qué?
—Cuando llegué al bar, estaba convencida de que había algo malo en mí. Que quizá no sabía amar, o que no sabía elegir a las personas.
Andrés la escuchó.
—Y ahora…
Claudia se detuvo un instante, buscando las palabras.
—Ahora no tengo ninguna respuesta. Pero me siento un poco menos rota.
Andrés la miró con ternura.
—Me alegro.
Ella sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario.
Había algo en él que no había advertido antes. Quizá siempre había estado allí, escondido bajo sus silencios y su manera discreta de estar en el mundo. O quizá aquella noche ella lo estaba mirando de una forma distinta.
Se dio cuenta de que le gustaba su sonrisa.
Le gustaba cómo inclinaba ligeramente la cabeza cuando la escuchaba. Le gustaba que no se apresurara a llenar los silencios. Le gustaba que no intentara impresionarla.
Y, sobre todo, le gustaba cómo se sentía ella cuando estaba con él.
No era una certeza. No era una promesa. Ni siquiera era todavía amor.
Era apenas una curiosidad cálida, una puerta que se entreabría.
—Andrés…
—¿Sí?
Claudia sonrió.
—¿Te gustaría que volviéramos a salir? Tú y yo. Sin Matías hablando de los alfas y sin Paula intentando derrocar el patriarcado antes del postre.
Andrés soltó una carcajada.
—Me parece una excelente idea.
—¿Cuándo?
—Cuando quieras.
—¿Mañana?
Él fingió pensarlo.
—Mañana tengo que trabajar.
Claudia hizo un gesto de decepción exagerada.
—Ah. Bueno. Entiendo. Tu trabajo, tu vida, tus responsabilidades…
—Pero podría cenar contigo el viernes.
Ella sonrió.
—El viernes está bien.
Se miraron.
Por un instante, Claudia tuvo el impulso de acercarse y besarlo. No lo hizo. Todavía no. Había algo agradable en no saber exactamente qué iba a ocurrir después, en dejar que la noche terminara sin exigirle una respuesta.
Andrés levantó una mano y le apartó suavemente un mechón de pelo que el viento había dejado sobre su rostro.
El gesto fue breve, casi tímido.
Pero Claudia sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
—Ya estamos llegando —dijo él.
Ella miró hacia la calle donde vivía.
—Sí.
Ninguno de los dos se movió inmediatamente.
Después, Claudia dio un paso hacia él y lo abrazó.
No fue un abrazo de despedida entre amigos que se conocen desde hace años. Fue un abrazo un poco más largo, en el que ella apoyó la mejilla contra su hombro y él la rodeó con los brazos sin apretarla demasiado.
Cuando se separaron, Andrés le sonrió.
—Descansa, Claudia.
—Tú también.
Ella caminó hacia su edificio. Antes de entrar, se volvió para mirarlo.
Andrés seguía allí.
Levantó la mano a modo de despedida y ella hizo lo mismo.
Solo entonces él comenzó a alejarse.
Claudia subió las escaleras con una sonrisa que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
No estaba enamorada de Andrés. No todavía. No sabía si el viernes se reirían durante la cena, si descubrirían que tenían más cosas en común de las que imaginaban o si, simplemente, pasarían una velada agradable y volverían a sus vidas.
Tampoco sabía si él sería capaz de amarla como ella necesitaba.
Pero aquella noche había comprendido algo que no había conseguido aprender durante tres años de relación, ni durante dos meses de lágrimas, conversaciones y reproches.
Que no todas las personas se acercaban a su tristeza para explicársela.
Algunas podían sentarse a su lado y acompañarla mientras encontraba sus propias palabras.
Y, por primera vez desde que su mundo se había venido abajo, Claudia no sintió la necesidad de preguntarse si estaba preparada para volver a amar.
Se permitió, simplemente, tener ganas de conocer a alguien.
Quizá eso fuera suficiente para empezar.
Afuera, la ciudad continuaba con su vida. Los automóviles cruzaban las avenidas, las luces de los bares se apagaban lentamente y, en algún lugar, Matías y Paula probablemente seguían discutiendo sobre quién de los dos había iniciado aquel beso.
Claudia sonrió al imaginarlo.
Después entró en su departamento, dejó el bolso sobre una silla y se acercó a la ventana.
La noche seguía siendo la misma.
Pero ella ya no la sentía tan oscura.
Y aunque todavía no podía saberlo, aquella pequeña sensación de esperanza —tan discreta que casi podía confundirse con la calma— era el primer indicio de algo que empezaba a crecer dentro de ella.
No una promesa de que nunca volverían a hacerle daño, no la certeza de haber encontrado, por fin, al hombre correcto, sino algo más humilde y, quizá, más verdadero. La posibilidad de volver a abrirse al amor sin tener que dejar de ser ella misma.
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