Ella venía con la Lluvia

Por Joan Britor

No recuerdo el momento exacto en que empezó a visitarme. Quizá fue un martes
cualquiera o tal vez una madrugada en que había bebido demasiado vino barato y olvidado cerrar las cortinas. Lo que sé es que no llegó con violencia, ni con la teatralidad de los sueños comunes. No. Ella simplemente aparecía. Como una melodía que uno recuerda sin saber de dónde.

Tenía el cabello negro y lacio, como ríos de obsidiana. Y su piel era clara, como si
hubiese sido tejida con la luz pálida de la luna. Sus ojos no tenían un color preciso: a veces eran verdes como menta, otras marrones como tierra mojada. Y su voz… su voz era un susurro dentro del pecho. No hablaba en palabras, sino en sensaciones. ¡Y cuánto la amaba! Con una intensidad absurda, infantil, irrevocable. Cada sueño con ella me dejaba con el corazón palpitando al despertar, como si hubiera estado corriendo por las avenidas del cielo.

La primera vez que la vi, estábamos en una casa junto al mar. Ella me tomó la mano, y el
mundo se deshacía como arena entre los dedos. No habló. Solo sonrió. Y eso bastó.
Desperté con los ojos llorosos y el pecho repleto de una nostalgia que no sabía que podía existir.

Pasaron las noches. Ella venía. A veces en un tren que cruzaba desiertos de sal, otras en
una bicicleta que bajaba colinas cubiertas de girasoles. Nunca preguntaba mi nombre.
Nunca ofrecía el suyo. Pero el amor crecía, como un árbol secreto plantado en la mitad de mi alma.

Pronto, los sueños comenzaron a filtrarse en la vigilia. La buscaba en las calles. En los
rostros de las mujeres en el metro. En los ojos de las meseras. En el olor de la lluvia. Me
convertí en un hombre obsesionado con una sombra. Comencé a escribirle cartas que
enterraba en el jardín. Dejé de salir. Dejé de contestar el teléfono. Nadie entendía. «Es solo un sueño», decían. Pero ¡no era así! Era más real que cualquier otra cosa. Ella era mi
verdad.
Un día, en el sueño, me dijo:
—Tienes que venir.
—¿A dónde?—le pregunté.
—Al lugar donde las cosas no terminan.
Y entonces, por primera vez, la vi llorar.

Era un sueño difícil. El cielo estaba cubierto de nubes que se movían rápido, como si el
tiempo se hubiera vuelto loco. Ella estaba de pie en una estación de tren vacía. Me abrazó con una desesperación que no era suya. Y justo cuando estaba a punto de besarla, desperté.

Y ya no volvió.

Una noche. Dos. Una semana. Un mes. Nada.
Me sentí como un adicto abandonado por su droga. La amargura se instaló en mis huesos como humedad en casa vieja. Intenté provocarla. Dormí a horas distintas. Dejé la cafeína. Comí chocolate amargo antes de acostarme. Volví a leer a Ruiz-Safón. Nada funcionaba. Ella se había ido.

Entonces comencé a escribirla. Cada noche, al borde del insomnio, escribía lo que
recordará de ella. Sus manos frías. Su risa leve. El modo en que caminaba descalza sobre
las piedras sin sentir dolor. Las cartas se apilaban. Hasta que una noche, en una de ellas,
escribí: «No sé quién eres. Pero si estás leyendo esto desde donde sea que estés, vuelve. O dime que estás bien. Que todo esto fue real. Que yo no estoy loco.»

Y entonces, sucedió.

Volvió. Pero no en un sueño.
Era una tarde de invierno. Fría y con esa lluvia blanda que empapa sin hacer ruido. Yo
caminaba por la Costanera, en La Serena. Y la vi. Sentada en una banca, con un libro entre las manos.

Era ella.
Todo en mí se quebró. Me acerqué. Estaba temblando. Ella levantó la vista. Me miró como si me hubiese estado esperando desde siempre.
—Te encontré—susurré.
Ella sonrió.
—Siempre has sabido dónde encontrarme.
Nos sentamos. No hablamos mucho. Caminamos por la ciudad como si fuéramos niños que vuelven al barrio después de un verano muy largo. Nos reímos. Comimos sopaipillas en la calle. Ella sabía cosas de mí que nunca le conté. Recordaba sueños que yo había olvidado.
Era real. Finalmente, era real.
Esa noche, me acompañó a casa. Nos besamos. Dormimos abrazados. Al amanecer, ella
lloraba en silencio.
—¿Qué pasa? ¿Te hice daño?—le pregunté, asustado.
Ella negó con la cabeza.
—No soy quien crees que soy.
—Eres la mujer de mis sueños.

—No. Soy el sueño de una mujer que murió en este lugar, hace muchos años. Y tú fuiste su gran amor.
No entendí. Pensé que bromeaba. Pero su voz tenía un temblor antiguo.
—Ella se llamaba María Isidora Valenzuela. Se suicidó en esta misma habitación en 1932.
Tenía tu rostro pintado en todas sus cartas. Yo fui su sueño. Me creó con su deseo. Con su dolor. Con su amor. Me hizo para esperarte. Y al morir, me dejó libre.
Me levanté. El corazón era una piedra. Todo era un delirio. Una mentira. Un cuento
demasiado hermoso. Ella se vistió con suavidad. Me besó en la frente.
—Te amé porque fui creada para amarte. Pero ahora debo irme. Ya no pertenezco a este
mundo.
Quise detenerla. Pero ella salió al balcón. La lluvia había vuelto. Cuando pasó bajo ella, se
deshizo en niebla. Como si nunca hubiese estado allí.
Hoy, cada vez que llueve, salgo al parque. Me siento en la misma banca donde la vi.
Y escribo. Cuentos. Cartas. Sueños. Porque sé que en algún lugar, alguien la está soñando otra vez. Y cuando vuelva, quiero estar listo para recordarle que una vez, una noche, fue amada por alguien que supo que los sueños también pueden ser verdad.
Aunque sólo por un instante.

Deja un comentario

Soy Joan Britor

Bienvenido, viajero de mundos invisibles.

Has cruzado un umbral, aunque no lo sepas. Este no es un simple blog, ni un rincón cualquiera de internet. Este es El Refugio de Joan Britor, un lugar donde las palabras cobran vida, las sombras susurran secretos antiguos y los cuentos tienen más de verdad que las noticias del día.

Aquí se entrelazan relatos nacidos de la niebla, fragmentos de sueños perdidos y experimentos literarios que desafían la lógica. Hay puertas que solo se abren si sabes escuchar, mapas que se dibujan a medida que los recorres, y criaturas que existen solo cuando se las nombra.

Si alguna vez te has sentido extraño en tu propio mundo, si te atrae lo que se esconde bajo la superficie de lo cotidiano, si sospechas que la magia aún respira entre nosotros… entonces estás en el lugar correcto.

Prepara tu linterna, tu cuaderno de notas y un poco de coraje.
Vamos a explorar juntos.

Susurros Recientes del Otro Lado
Aquí laten los relatos más nuevos, nacidos en la bruma entre mundos.
Cada uno es una puerta. Cada palabra, una llave.
Atrévete a cruzar. El tiempo no siempre fluye igual al otro lado…