
Un relato sobre los sueños, la libertad y las cosas que el mundo ha olvidado.
Había un reino bajo la tierra que no aparecía en ningún mapa, ni siquiera en aquellos que habían sido dibujados por hombres que jamás habían visto el sol.
Se encontraba mucho más abajo de las raíces de los árboles, allí donde las montañas hundían sus huesos en la oscuridad y los ríos desaparecían para continuar su viaje por galerías de piedra. Era un reino de enormes cavernas, bosques de hongos luminosos, lagos de aguas quietas y ciudades construidas alrededor de columnas naturales que parecían sostener el peso del mundo.
Sus habitantes eran elfos.
No eran los elfos de las canciones humanas, ni aquellos que aparecían en las antiguas leyendas como criaturas caprichosas que robaban niños o concedían deseos. Eran un pueblo antiguo, extraordinariamente hermoso, de movimientos silenciosos y una longevidad que había terminado por convertirlos en algo parecido a los recuerdos de una época que el mundo había olvidado.
Hacía más de mil años que vivían bajo tierra. Habían llegado allí después de cinco grandes migraciones, abandonando las tierras que algún día los hombres llamarían Europa. Sus antepasados habían conocido bosques inmensos, mares abiertos y cielos sin fronteras. Pero aquello pertenecía a una época de la que apenas quedaban canciones.
Con el tiempo, los elfos habían aprendido a amar su encierro. O, al menos, a llamarlo de otra manera.
Su reino era hermoso. No había hambre, las enfermedades eran escasas y las disputas rara vez terminaban en violencia. Los niños crecían rodeados de música, conocimiento y jardines subterráneos. Nadie tenía que luchar por un pedazo de tierra ni temer que otro pueblo viniera a destruir sus hogares.
Existía, sin embargo, una ley. Ningún forastero podía abandonar el reino. Y nadie que hubiera nacido allí tenía permitido salir.
Los ancianos decían que el mundo exterior había cambiado demasiado. Que los hombres eran criaturas peligrosas, incapaces de convivir con aquello que no comprendían. Que la superficie estaba llena de guerras, hambre, enfermedades y crueldades innecesarias.
Los elfos escuchaban aquellas advertencias y asentían. La mayoría nunca había visto el cielo. Y, por tanto, tampoco lo echaba de menos.
I. El hombre que contaba historias
Jean había llegado al reino muchos años atrás.
Nadie sabía exactamente cómo. Algunos decían que había caído por una grieta en una montaña; otros, que había seguido un río subterráneo hasta perderse en sus galerías. Él mismo contaba historias diferentes cada vez que alguien se lo preguntaba.
Era un hombre de aspecto corriente, con el cabello oscuro que había ido encaneciendo y una barba que jamás parecía terminar de crecer. Había envejecido mucho más lentamente que otros humanos, gracias a los cuidados de los elfos, aunque seguía siendo, para ellos, una criatura extraña.
Se le permitía vivir libremente en el reino. Tenía una casa pequeña junto a uno de los lagos, podía visitar las bibliotecas, participar de las celebraciones y conversar con quien quisiera.
En realidad, tenía casi todo lo que un hombre podía desear. Excepto una cosa. No podía marcharse.
Jean se había acostumbrado. Al principio había discutido, suplicado y amenazado. Después había comprendido que sus palabras no cambiarían nada. Con los años, terminó encontrando cierta paz en aquel lugar.
Se convirtió en maestro de los niños. Y, sobre todo, en contador de historias.
Les hablaba de los bosques donde los árboles eran tan altos que sus copas ocultaban el sol; de los océanos que respiraban con las mareas; de ciudades donde miles de personas caminaban sin conocerse; de animales que jamás habían visto y de hombres que habían construido máquinas capaces de cruzar continentes.
Pero había una historia que los niños le pedían una y otra vez. La del globo aerostático.
Jean les explicaba que era una enorme bolsa de tela, llena de aire caliente, que podía elevarse sobre los campos y las montañas.
—¿Y cómo se sostiene? —preguntaba alguno.
—No se sostiene. Flota.
—¿Como una hoja en el agua?
—Algo parecido.
—¿Y no se cae?
—A veces.
Los niños reían. Pero una de sus oyentes no lo hacía. Se llamaba Eowui.
Era una joven elfa de ojos claros y cabello dorado, tan pálido que bajo la luz de los hongos parecía casi plateado. Tenía las orejas ligeramente más largas que las de sus compañeras y una manera de caminar que recordaba a las ramas cuando el viento las mueve.
Eowui era soñadora.
No porque le faltara inteligencia, sino porque tenía demasiada imaginación para conformarse con las cosas que conocía.
Cuando Jean hablaba de los cielos, ella miraba hacia arriba. Cuando hablaba de los bosques, imaginaba el olor de la tierra mojada. Y cuando contaba la historia del globo, Eowui cerraba los ojos y se veía suspendida sobre un mundo inmenso, con las montañas debajo de sus pies y el viento jugando con su cabello.
Una tarde, después de una de aquellas historias, se acercó a Jean.
—¿Es verdad que puedes ver hasta donde alcanza la vista?
—Si tienes la suerte de subir lo suficiente.
—¿Y qué hay más allá?
Jean sonrió.
—Más mundo.
Eowui permaneció en silencio.
—Quiero verlo.
El hombre dejó de sonreír.
—No digas eso demasiado alto, pequeña.
—¿Por qué?
—Porque hay sueños que pueden meterte en problemas.
—¿Y qué clase de sueño no lo hace?
Jean la miró durante un largo momento. No supo qué responder.
II. La puerta que no debía existir
Eowui tenía tres amigos que conocían su secreto. Durante años habían explorado las galerías menos transitadas del reino, siguiendo pequeños cursos de agua y pasadizos que los mapas oficiales no registraban.
Habían encontrado una grieta detrás de una antigua cascada subterránea.
Era un lugar estrecho, cubierto de raíces y piedras, que descendía primero y luego ascendía en una pendiente casi vertical.
Uno de ellos había asegurado que conducía a una cámara sin salida. Otro había dicho que había sentido una corriente de aire. Eowui había regresado muchas veces.
Hasta que un día encontró algo que los demás no habían visto: una pequeña abertura por donde entraba una corriente de aire frío.
Aire de arriba. No se lo contó a nadie. Durante varias semanas preparó su viaje. Guardó algunas piedras preciosas pequeñas, un cuchillo, una manta y un par de prendas resistentes.
La noche de su partida visitó a Jean. El hombre estaba sentado junto al lago, contemplando el reflejo de las luces subterráneas.
—¿Te marchas? —preguntó sin mirarla.
Eowui se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes la misma expresión que yo tenía cuando todavía creía que podía convencer a los guardianes.
Ella se sentó a su lado.
—¿Vendrás conmigo?
Jean soltó una risa breve.
—No, pequeña. Ya he tenido mi oportunidad.
—Pero podrías escapar.
—Quizás. Pero no todos los hombres tienen el mismo valor para vivir con las consecuencias de sus deseos.
Eowui lo miró.
—Tú me contaste que los hombres construían máquinas para volar.
—Y también te conté que podían construirlas para matarse unos a otros.
—Lo recuerdo.
Jean suspiró.
Después le explicó una vez más cómo funcionaba el globo: el aire caliente, la envoltura, las cuerdas, la barquilla y el quemador.
Al terminar, le entregó un pequeño cuaderno.
—Aquí tienes algunos dibujos. No son muy buenos, pero te servirán.
Eowui lo abrazó.
—Te traeré una historia.
Jean cerró los ojos.
—Eso espero.
Y por primera vez en muchos años, deseó que alguien pudiera salir de aquel reino y regresar para contarle lo que había encontrado.
Eowui desapareció por la grieta antes del amanecer.
III. El lugar donde los animales temían
La salida estaba en una región montañosa, cubierta de nieve y bosques de coníferas.
Eowui emergió por una pequeña abertura entre las rocas, a una distancia considerable de cualquier asentamiento humano.
El frío la golpeó como una criatura viva. Se quedó inmóvil. Sobre ella había algo que jamás había imaginado correctamente. El cielo. Era inmenso.
No tenía techo, ni columnas, ni límites. Se extendía en todas direcciones, de un azul tan profundo que parecía contener una oscuridad diferente a la de las cavernas.
Eowui cayó de rodillas. Lloró. No sabía que podía existir tanta belleza en algo que no tenía forma. Durante un buen rato permaneció allí, contemplando las nubes que viajaban lentamente sobre las montañas.
Después comenzó a caminar.
El bosque era extraño. Los árboles tenían una altura desmesurada y sus ramas estaban cubiertas de nieve. El viento silbaba entre ellas, produciendo sonidos que recordaban voces lejanas.
Pronto encontró un grupo de ciervos. Los animales la observaron con curiosidad. Uno de ellos, un macho de grandes astas, se acercó unos pasos.
Eowui sonrió.
—Hola.
El ciervo inclinó ligeramente la cabeza.
Ella extendió una mano.
Pero entonces el animal levantó las orejas.
Todos los ciervos se pusieron tensos.
El macho retrocedió y soltó un sonido breve.
Eowui percibió algo en el bosque.
No era un olor animal. Era humo, metal, cuero y algo más desagradable: el olor del miedo.
Los ciervos huyeron.
Eowui siguió su mirada y escuchó, a lo lejos, el sonido de un disparo. Entonces comprendió que aquellos animales no le tenían miedo a ella. Le tenían miedo a algo que venía detrás.
A los hombres.
Poco después encontró un sendero y, siguiendo unas huellas, llegó a un asentamiento de nativos. No conocía el idioma ni las costumbres. Su presencia provocó inquietud. Algunos hombres se acercaron con armas y varias mujeres recogieron a sus hijos.
La joven elfa intentó explicar que no buscaba problemas. Pero sus palabras no sirvieron de mucho. Fue entonces cuando una anciana se abrió paso entre los habitantes.
Tenía el rostro surcado de arrugas y unos ojos oscuros que parecían haber visto demasiados inviernos. Observó a Eowui durante un largo rato. No miró su cabello ni sus ojos. Miró sus pies. Después sus manos.
Finalmente, sus movimientos.
—No caminas como los hombres —dijo en su lengua.
Eowui no entendió.
La anciana hizo un gesto para que la siguiera. La llevó hasta su tienda y le ofreció un lugar junto al fuego.
Allí, mediante gestos, algunas palabras y la ayuda de un joven que conocía unas cuantas expresiones en inglés, comenzó a descubrir quién era aquella extraña visitante.
Aquella noche la anciana reunió a los demás. Eowui habló lentamente, ayudándose con las manos.
Les contó que venía de un pueblo que vivía bajo la tierra. Que su gente había abandonado las tierras del viejo continente hacía más de mil años, en cinco grandes migraciones. Que su reino estaba escondido bajo montañas y bosques, y que sus habitantes habían decidido no volver a salir.
La anciana escuchó sin interrumpirla.
—¿Y por qué has venido? —preguntó.
Eowui tardó en encontrar las palabras.
—Quiero ver el mundo.
Algunos de los hombres soltaron una risa.
—¿Eso es todo?
—También quiero encontrar un globo.
Las risas fueron más fuertes.
La anciana levantó una mano y todos callaron.
—¿Qué es un globo?
Eowui se animó. Buscó el cuaderno que Jean le había regalado y les mostró los dibujos.
Les explicó cómo podía elevarse una cesta por encima de la tierra, sostenida por una enorme bolsa de aire caliente.
La anciana examinó el dibujo.
—No hay nada así por aquí.
—Pero existe.
—Quizás.
Eowui bajó la mirada.
La mujer se quedó pensando.
—Debes viajar hacia el suroeste. Más allá de estas tierras encontrarás pueblos grandes, comerciantes y hombres que vienen de lugares lejanos. Si lo que buscas existe, tendrás más posibilidades de encontrarlo allí.
Después le advirtió que tuviera cuidado.
—Los hombres de piel clara que llegan por el este no siempre son buenos vecinos. Algunos vienen buscando tierras, otros riquezas y otros simplemente quieren que el mundo sea suyo. No les muestres todo lo que eres.
Eowui asintió.
Al día siguiente, la anciana le entregó unas prendas de abrigo, botas y un pequeño paquete de comida.
Antes de despedirse, le tomó las manos.
—Tú no perteneces a este tiempo, pequeña.
Eowui sonrió.
—Quizás por eso quiero conocerlo.
IV. La casa de los colonos
El viaje fue largo.
Eowui aprendió pronto que la superficie no era tan sencilla como Jean la había descrito. Había caminos que terminaban en pantanos, montañas que parecían no tener fin y noches tan frías que hasta sus pensamientos se volvían lentos.
También descubrió que el hambre era algo muy distinto a tener apetito.
Una tarde llegó a una granja. Era propiedad de una familia inglesa que había emigrado años atrás. El hombre que la recibió se llamaba William y su esposa, Margaret. Tenían tres hijos y una pequeña propiedad rodeada de cercas.
La recibieron con cierta desconfianza, pero Margaret se apiadó de ella.
Eowui les dijo que había perdido a su familia durante un viaje y que buscaba trabajo.
La mujer le dio comida, ropa y un lugar donde dormir.
Durante varias semanas vivió con ellos.
Aprendió palabras nuevas, algunas costumbres y la manera en que los hombres de aquellas tierras se saludaban. Descubrió el jabón, las lámparas de aceite, las sillas de madera y el extraño hábito de los humanos de cerrar las puertas incluso cuando no había nadie a quien ocultarse.
Le gustaba escuchar a Margaret hablar de su infancia en Inglaterra.
Le gustaba menos escuchar a sus hijos. El mayor, Thomas, tenía veintitantos años y una sonrisa que Eowui había aprendido a desconfiar.
Una tarde, mientras ella recogía leña en el bosque, Thomas la siguió.
Primero le habló amablemente. Después intentó besarla.
Eowui retrocedió.
Él la sujetó del brazo.
—No seas tonta. Sabes que me gustas.
Ella le pidió que la soltara.
Thomas no lo hizo.
Entonces la joven giró el cuerpo con una rapidez que el muchacho no pudo anticipar. Lo hizo caer sobre la hojarasca y, antes de que pudiera levantarse, ya estaba a varios pasos de distancia.
Él se incorporó furioso.
—¡Vuelve aquí!
Eowui lo miró.
Por primera vez desde que había salido de su reino, sintió una rabia profunda.
—No vuelvas a tocarme.
Y se marchó.
No regresó por sus cosas. Aquella noche durmió bajo un árbol, envuelta en una manta.
Al amanecer comprendió algo que los elfos nunca habían tenido que aprender: que el mundo podía ser hermoso y terrible al mismo tiempo, y que no siempre era posible distinguir una cosa de la otra antes de acercarse.
V. El caballo de hierro
Siguió caminando hacia el sur. Una mañana escuchó un ruido que parecía venir de las entrañas de la tierra. Era un sonido rítmico, metálico, cada vez más fuerte.
Entonces lo vio.
Un monstruo de hierro avanzaba por unas vías, expulsando humo negro por una chimenea. Sus ruedas golpeaban los rieles con una regularidad ensordecedora.
Eowui quedó maravillada.
El tren pasó frente a ella con un estruendo que hizo temblar los árboles. En sus vagones viajaban hombres, mujeres, animales y mercancías. Ella corrió detrás de él durante un trecho, riendo como una niña.
Jean no había exagerado.
Los hombres habían aprendido a construir cosas extraordinarias.
Siguió las vías.
Al cabo de un tiempo llegó a una estación donde se levantaban varias casas y edificios de madera. Había tiendas, establos, almacenes y una cantina.
Pero también había algo que no esperaba.
El suelo estaba cubierto de barro y basura. Los hombres bebían hasta perder el conocimiento. Algunos discutían por dinero, otros por mujeres y otros por motivos que parecían inventar en el momento.
Eowui observó a un hombre golpear a otro en plena calle mientras los demás reían.
No entendía cómo alguien podía vivir así.
En una esquina encontró a una mujer que llevaba una caperuza oscura. Era de mediana edad, de rostro cansado, pero tenía unos ojos vivos.
—¿Estás sola, querida?
Eowui asintió.
La mujer la examinó.
—No deberías andar por aquí vestida así.
La condujo hasta una calle lateral y luego por una puerta trasera de una cantina.
Eowui entró.
Y entonces descubrió algo inesperado.
Había mujeres por todas partes. Algunas jugaban a las cartas, otras bebían, otras se maquillaban frente a pequeños espejos. Todas llevaban vestidos llamativos y reían con una naturalidad que contrastaba con el ambiente de la calle.
La mujer de la caperuza se llamaba Agnes. Era la encargada del establecimiento, que en realidad era un burdel.
—Vamos a darte algo de comer —dijo—. Después veremos qué hacemos contigo.
Eowui no sabía qué era un burdel. Tampoco sabía que su llegada iba a alterar la vida de todas aquellas mujeres.
Cuando se quitó el abrigo, varias se quedaron mirándola. Una dejó caer el peine. Otra se acercó para observar su cabello.
—Dios mío…
—¿De dónde has salido?
—¿Quién eres?
Eowui sonrió, algo incómoda.
Agnes la observó desde la puerta.
Había conocido mujeres hermosas. Había visto muchachas de familias ricas, actrices, cantantes y bailarinas. Pero aquella joven tenía algo diferente.
Su belleza no parecía construida para ser contemplada. Era como si no supiera que existía. Agnes pensó que, con alguien así, podría hacerse millonaria.
VI. La muchacha que no sabía lo hermosa que era
Durante los días siguientes, las mujeres del establecimiento cuidaron de Eowui.
Le dieron comida, un cuarto pequeño y ropa limpia. Le enseñaron a maquillarse y a utilizar algunos vestidos que habían pertenecido a una joven que se había marchado meses atrás.
El resultado fue extraordinario.
Su cabello dorado caía sobre sus hombros como una cascada de luz. Su rostro tenía una delicadeza que ninguna cosmética podía imitar. Sus ojos parecían contener algo que las mujeres no sabían nombrar.
La vistieron con un vestido de terciopelo azul oscuro, ajustado en la cintura, y le colocaron unas pequeñas flores en el cabello.
Cuando salió de la habitación, todas quedaron en silencio.
—Parece una princesa —dijo una.
—No. Parece una reina —respondió otra.
Agnes sonrió.
Aquella noche la hicieron cantar. Eowui se resistió al principio, pero una de las mujeres le pidió una canción de su pueblo. Entonces cantó.
No era una canción humana. Era una melodía antigua que hablaba de árboles que crecían bajo las estrellas, de ríos que recordaban los nombres de quienes los habían cruzado y de amantes que se despedían antes de que los mundos se separaran.
Su voz era limpia, profunda y extrañamente triste.
La conversación desapareció, los hombres dejaron de beber, las mujeres dejaron de moverse. Por un momento, aquel lugar pareció convertirse en otra cosa.
Agnes comprendió que había encontrado algo que valía mucho más de lo que había imaginado. Pero no todos estaban contentos.
Una de las muchachas, llamada Clara, comenzó a sentir una envidia amarga. Llevaba años trabajando allí. Había aprendido a sonreír cuando no tenía ganas, a soportar miradas y a aceptar que los hombres pagaran por fingir que la querían.
Y ahora aparecía aquella criatura que parecía no necesitar nada de aquello para ser adorada.
Una noche Clara entró en la habitación de Eowui con un cuchillo, la encontró despierta, sentada junto a la ventana.
La luna iluminaba su rostro.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Eowui.
Clara levantó el cuchillo.
—No lo sé.
Eowui se puso de pie.
—¿Quieres hacerme daño?
La muchacha comenzó a llorar.
—No soporto mirarte.
Eowui no se movió.
—¿Por qué?
—Porque eres hermosa. Porque todos te miran. Porque no tienes que hacer nada para que te quieran. Porque yo he pasado toda mi vida intentando ser suficiente y tú llegas aquí como si el mundo te debiera algo.
Eowui se acercó lentamente.
—No creo que el mundo me deba nada.
Clara bajó el cuchillo.
—No sabes lo que es ser fea.
Eowui la miró con atención.
—No sé lo que es ser tú.
Aquella respuesta desconcertó a Clara.
La elfa le pidió que se sentara.
Hablaron durante horas.
Eowui no intentó convencerla de que era hermosa. Tampoco le dijo que debía quererse a sí misma. Simplemente la escuchó.
Clara le habló de su infancia, de un padre que bebía, de una madre que había muerto y de los hombres que le habían enseñado que su valor dependía de lo que estuvieran dispuestos a pagar por ella.
Cuando terminó, Eowui le tomó una mano.
—No tienes que ser como yo —le dijo—. Ni como ninguna otra persona. Tu vida no debería depender de que alguien te encuentre hermosa.
Clara lloró durante un largo rato. Al amanecer le contó dónde estaba.
Le explicó que aquel lugar era un burdel, que Agnes esperaba convertirla en la principal atracción y que pronto comenzarían a llegar hombres dispuestos a pagar grandes cantidades de dinero por pasar tiempo con ella.
—Tienes que irte —le dijo—. No sabes lo que harán contigo.
Eowui miró por la ventana.
—¿Y tú?
Clara sonrió tristemente.
—Yo todavía no sé cómo hacerlo.
La elfa le dio un beso en la frente.
—Entonces tendrás que descubrirlo.
Y se marchó antes de que amaneciera.
Clara nunca volvió a olvidar aquella conversación.
VII. El viejo y el caballo
El siguiente invierno encontró a Eowui en un rancho perdido entre colinas.
El propietario era un hombre mayor llamado Silas McKenna. Tenía la espalda encorvada, una barba blanca y un carácter que parecía haber sido moldeado por demasiados años de soledad.
Eowui lo conoció de la manera más inesperada.
Silas intentaba domar un caballo salvaje. El animal, un hermoso ejemplar de pelaje castaño, se encabritó y lo lanzó contra el suelo. Después se preparó para pisotearlo. Eowui apareció de entre los árboles.
No gritó ni intentó asustarlo. Simplemente se acercó. El caballo giró la cabeza hacia ella. La joven extendió una mano y comenzó a hablarle en voz baja. El animal se tranquilizó.
Silas, todavía tendido en el suelo, observó cómo aquella muchacha se acercaba al caballo, le acariciaba el cuello y lo conducía lentamente hasta el establo.
—¿Quién demonios eres? —preguntó.
Eowui sonrió.
—Una viajera.
—Eso ya lo veo. ¿Sabes montar?
Ella asintió. En su mente recordaba los caballos albinos del subsuelo. Que ella habría ayudado a criar.
—¿Y sabes algo de caballos?
Eowui volvió a sonreír.
—Un poco.
Silas soltó una carcajada. Aquella misma tarde descubrió que la muchacha no sabía simplemente montar. Era una extraordinaria jinete.
Se movía sobre los caballos con una gracia que parecía imposible. No utilizaba la fuerza para dominarlos, ni los castigaba para conseguir obediencia. Los escuchaba. Parecía comprender sus movimientos antes de que ocurrieran.
Los animales la seguían voluntariamente. Silas había conocido buenos jinetes. Había visto a hombres de las tribus vecinas montar como si hubieran nacido sobre un caballo. Pero aquello era diferente. Aquella muchacha parecía formar parte del animal.
—¿Dónde demonios aprendiste a hacer eso?
—En mi casa.
—¿Y dónde queda tu casa?
Eowui miró hacia el horizonte.
—Muy lejos.
Silas decidió no preguntar más. Le ofreció trabajo y un lugar donde pasar el invierno. Ella aceptó.
Durante aquellos meses se hicieron grandes amigos.
Silas le enseñó a hablar mejor el inglés, a leer mapas y a reconocer las señales del clima. Le explicó cómo se organizaban los territorios, qué caminos eran peligrosos y dónde podía encontrar agua.
Eowui, a cambio, le enseñó algunas cosas sobre los caballos. Le mostró que un animal podía obedecer sin miedo y que la confianza era una forma de fuerza mucho más duradera que el castigo.
El viejo comenzó a quererla como a una hija.
Una tarde, mientras ella se inclinaba para recoger unas herramientas, Silas vio algo que hasta entonces no había notado. Sus orejas, eran ligeramente puntiagudas.
—¿Qué clase de gente tiene esas orejas?
Eowui se quedó inmóvil.
Sabía que tarde o temprano alguien lo notaría.
—Soy de un pueblo diferente.
Silas la observó.
—¿De Europa?
—De mucho más lejos.
El viejo se rascó la barba.
—Bueno. He conocido gente bastante rara en mi vida. No serás la primera.
No volvió a preguntar.
Nunca llegó a comprender que aquella muchacha pertenecía a una raza que había desaparecido de la superficie mucho antes de que sus antepasados aprendieran a escribir.
Para él, Eowui era simplemente una joven extranjera. Una muchacha de algún remoto país del este, con una extraña educación y un talento extraordinario para los caballos.
Cuando terminó el invierno, Silas le regaló un caballo Mustang de hermoso pelaje gris oscuro. También le entregó un par de pantalones, botas de montar, una camisa, un chaleco y un sombrero.
Le regaló un viejo carcaj y un arco que había pertenecido a un amigo suyo.
—No es un regalo para una dama —dijo.
—No soy una dama —respondió ella.
Silas rio.
Antes de partir le entregó unas monedas.
—Para que puedas dormir bajo techo cuando lo necesites.
Eowui lo abrazó.
El viejo tardó unos segundos en corresponderle.
—Cuídate, pequeña.
—Lo haré.
—Y no confíes demasiado en los hombres.
Ella lo miró con una sonrisa.
—Estoy empezando a sospechar que tienes razón.
Silas la vio alejarse por el camino.
La muchacha vestía como una vaquera, llevaba un arco a la espalda y cabalgaba con una elegancia que habría hecho sentir vergüenza a muchos hombres de las llanuras.
El viejo permaneció en la puerta hasta que desapareció.
Después volvió a entrar en su casa.
La casa le pareció más vacía que antes.
VIII. El último viaje
Eowui avanzó hacia el suroeste.
El paisaje fue cambiando lentamente.
Los bosques dieron paso a praderas y las pequeñas aldeas se transformaron en poblaciones más grandes. Encontró caminos transitados, comerciantes, carretas y grupos de viajeros que parecían dirigirse a todas partes.
Aprendió a negociar. Descubrió que las monedas podían comprar casi cualquier cosa, excepto la confianza.
También aprendió a reconocer a los hombres peligrosos. No siempre eran los más grandes ni los que llevaban armas. A veces eran los que sonreían demasiado.
Un día llegó a una ciudad donde se celebraba una feria. Había puestos de comida, músicos, vendedores de animales, acróbatas y toda clase de espectáculos. Eowui quedó fascinada, nunca había visto tanta gente reunida en un mismo lugar.
Pero entonces escuchó algo que la hizo detenerse.
—¡Vengan a contemplar el milagro de la ciencia! ¡El hombre conquista los cielos!
Levantó la cabeza.
Al otro lado de la feria había un globo aerostático.
Era enorme.
Una gran envoltura de colores descansaba sobre una estructura de madera y cuerdas. Debajo había una cesta donde podía viajar una persona.
Eowui sintió que el corazón se le detenía.
Allí estaba. El globo. El mismo que Jean le había descrito tantas veces.
Se acercó lentamente. Había un hombre junto a la cesta, vestido con un elegante traje oscuro. Era el encargado de las ascensiones y hablaba con un grupo de curiosos.
Explicaba que el globo podía elevarse hasta unos cien metros, aunque permanecía sujeto a tierra mediante una cuerda de anclaje.
Eowui apenas podía contener su entusiasmo. Se quedó observándolo durante largo rato. El hombre la vio, era joven, de aspecto agradable y con una sonrisa demasiado segura de sí misma.
Cuando terminó de hablar con los espectadores, se acercó.
—Buenas tardes, señorita.
Eowui lo saludó.
—¿Es verdad que vuela?
—Por supuesto. ¿Nunca ha visto uno?
—No.
El hombre sonrió.
—Entonces debería hacerlo. Es una experiencia inolvidable.
Ella miró la cesta.
—¿Puedo subir?
Él la examinó de arriba abajo.
Su belleza le llamó la atención de inmediato. No había visto nunca a una mujer como aquella. Su cabello, sus ojos y la manera en que se movía despertaron en él un deseo que confundió con admiración.
—Quizás podría hacer una excepción —dijo—. Al final de la jornada haré una última ascensión. Podemos contemplar el atardecer desde las alturas.
—¿Y cuánto cuesta?
—Para usted, nada.
Eowui sonrió.
—Gracias.
El hombre creyó haber conseguido algo. No sabía que ella llevaba más de mil años de historia detrás de sus ojos.
IX. El vuelo
Al final de la tarde, la feria comenzó a vaciarse.
El globo fue preparado.
El hombre le explicó cómo debía subir a la cesta y dónde debía colocarse. Eowui escuchaba con atención, recordando las palabras de Jean.
El quemador encendió, la envoltura comenzó a llenarse de aire caliente. El globo se elevó lentamente, la joven sintió que el suelo se alejaba, primero unos centímetros, después unos metros. La cesta se balanceó suavemente.Eowui miró hacia abajo.
Las personas parecían pequeñas. Las casas se transformaban en figuras geométricas y los caminos parecían hilos trazados sobre la tierra.
El viento le acarició el rostro. y entonces ocurrió. Vio el mundo, no como lo había imaginado en sus sueños, sino como realmente era.
Una extensión inmensa de campos, bosques y montañas que se perdían en el horizonte. El sol descendía lentamente, derramando una luz dorada sobre las praderas.
Eowui comenzó a reír. Era una risa limpia, casi infantil.
—¡Es maravilloso!
El hombre no miraba el paisaje.
La miraba a ella.
—¿No le parece que deberíamos disfrutar de esta ocasión de una manera más… íntima?
Eowui no entendió inmediatamente. Él se acercó, la joven retrocedió.
—No.
El hombre insistió.
—Vamos, no sea tímida.
Intentó sujetarla.
Eowui lo empujó con ambas manos.
El hombre perdió el equilibrio y cayó por encima del borde de la cesta.
Logró sujetarse de una de las cuerdas de anclaje.
Quedó colgando.
—¡Ayúdeme! —gritó.
Eowui se acercó.
Él levantó la mirada.
Su rostro estaba rojo de rabia.
—¡Súbeme, maldita sea!
Ella intentó ayudarlo, pero el hombre comenzó a insultarla.
—¡Cuando baje te vas a arrepentir! ¡Te voy a enseñar a respetar a un hombre!
Eowui se quedó quieta.
Miró el rostro de aquel hombre.
Después miró el horizonte. Pensó en Jean, en los ciervos, en la anciana de la tienda, en Margaret y Thomas, en Agnes, Clara y las mujeres del burdel. En Silas y su caballo gris, pensó en todas las personas que había conocido durante aquel extraño viaje. Y comprendió algo.
El mundo de arriba no era el paraíso que había imaginado. Los hombres podían ser crueles, mezquinos y peligrosos. Podían destruir aquello que amaban y convertir la belleza en una mercancía.
Pero también podían ser generosos. Podían ofrecer refugio a una desconocida, enseñar sin pedir nada a cambio y llorar la partida de alguien a quien apenas habían conocido.
El mundo era todo aquello, no había un solo relato capaz de contenerlo.
El hombre volvió a gritar.
—¡Ayudame, estúpida! ¡Ayúdame a subir!
Eowui tomó el pequeño cuchillo que llevaba consigo. Por un instante dudó, después miró la cuerda, Y la cortó. El hombre desapareció hacia abajo entre gritos.
El globo ascendió bruscamente unos metros y comenzó a desplazarse con el viento. Eowui se sujetó de la barquilla. La feria quedó atrás, el sol se hundía en el horizonte, y frente a ella se extendía la inmensidad del océano Pacífico.
No sabía cómo controlar el globo. No conocía el camino de regreso. No sabía siquiera si aquella máquina podría llevarla a algún lugar seguro.
Pero estaba volando, por primera vez en su vida, no había nadie que pudiera decirle adónde debía ir. El viento comenzó a llevarla hacia el oeste. La luz de la tarde iluminó su cabello y el globo se convirtió en una pequeña mancha de colores sobre el cielo.
Las personas que estaban en la feria lo vieron alejarse, algunos gritaron, otros corrieron buscando ayuda.
Nadie supo explicar lo que había ocurrido. Durante varios días se organizaron búsquedas. Se recorrieron las costas, los campos y los caminos cercanos. Se habló de un accidente, de una mujer secuestrada y hasta de un misterioso espectáculo publicitario.
Pero el globo nunca apareció, tampoco encontraron el cuerpo del hombre, y nadie volvió a ver a la pequeña vaquera.
Una historia bajo la tierra
Muchos años después, en el reino subterráneo, un niño le preguntó a Jean si alguna vez había conocido a alguien que hubiera visto el cielo.
El hombre estaba más viejo que nunca. Sus manos temblaban un poco y su barba se había vuelto completamente blanca.
—Sí —respondió.
—¿Y qué dijo?
Jean miró hacia las luces que brillaban sobre el lago.
—Dijo que era inmenso.
El niño pensó un momento.
—¿Y volvió?
Jean sonrió.
—No.
—¿Por qué?
El hombre permaneció en silencio. Después sacó de un cajón un pequeño cuaderno. Lo abrió con cuidado.
En una de sus páginas había un dibujo de un globo aerostático, hecho con trazos sencillos. Al lado, con una letra elegante, alguien había escrito:
«El cielo no tiene puertas. Por eso nadie puede prohibirte entrar».
Jean pasó los dedos sobre las palabras.
—Quizás encontró un lugar donde quedarse —dijo.
El niño se quedó mirando el dibujo.
—¿Crees que todavía está viva?
Jean levantó la mirada hacia la bóveda de la caverna. Por primera vez en muchos años, sonrió como cuando era joven.
—Los elfos viven mucho tiempo, pequeño.
—¿Entonces podría estar en alguna parte?
—Sí. En alguna parte.
El niño se marchó satisfecho.
Jean permaneció sentado junto al lago.
Y aquella noche soñó con una joven de cabello dorado que reía dentro de una cesta de mimbre, mientras el viento la llevaba sobre un océano interminable.
No supo si estaba soñando con Eowui o con el mundo que él mismo había dejado atrás. Pero, justo antes de despertar, escuchó una voz que parecía venir desde muy lejos.
—Jean, tenías razón. El mundo es mucho más grande de lo que contabas.
El hombre abrió los ojos. Y por primera vez en más de cien años, sintió ganas de marcharse.
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