Por Joan Britor
EL VACÍO
Eduardo Landaeta había probado de todo. Psiquiatras con corbata y sin alma. Psicólogos de lenguaje dulce. Pastillas con nombres que parecían latines para exorcismos. Ninguno lo salvó del frío que le dormía el pecho. Era un vacío que no era tristeza ni dolor. Era un agujero. Algo que le faltaba y que ni siquiera sabía nombrar.
Tenía treinta y cuatro años, y una carrera en marketing digital que pagaba las cuentas y
compraba vinos caros que no podía disfrutar. Había leído sobre la ayahuasca en un foro a las tres de la madrugada, cuando la soledad lo había hecho animal.
Gente diciendo que habían visto a Dios. O algo parecido. Él no buscaba a Dios. Pero necesitaba creer. Aunque fuera en el canto de una hoja o en la saliva de un sapo. Cualquier cosa que llenara el hueco.
Así llegó a Iquitos, con la ropa equivocada y la mirada perdida. Desde allí lo recogió un
hombre bajito llamado Mateo. Tenía los ojos como cáscaras de nuez y hablaba poco. Lo
llevó en una canoa por un río espeso como aceite antiguo. Eduardo se quedó dormido entre los zancudos y los cantos lejanos de monos. Al despertar, ya estaban en el centro: un claro en medio del espesor. Cabañas tejidas con palma, un círculo de piedra y sombra. Y el olor: mezcla de tierra mojada, fruta podrida y madera que canta.
EL MAESTRO Y LA LÍNEA DEL SUEÑO
El chamán se llamaba Don Yaco. No era viejo, pero el tiempo se le había instalado en los
ojos. No hablaba de espíritus, hablaba de «la raíz». De cómo uno se pudre desde dentro, y
cómo la planta puede enseñarte dónde tienes el moho. Tenía la risa fácil y los silencios
largos.
Esa noche, Eduardo se unió al círculo. Otros cinco buscadores: una mujer alemana con
cara de madre triste, un argentino que hablaba con el pecho, y tres peruanos que no dijeron mucho. La toma era espesa y amarga. Le quemó la lengua y le dejó un sabor a sangre vieja. Don Yaco cantó. Un canto sin palabras, una vibración que parecía venir desde los huesos del planeta.
Al principio, nada. Luego, un temblor en la columna. Después, los ojos que se llenaron de
imágenes: una serpiente de luz que se deslizaba entre sus costillas. El rostro de su madre llorando en una cocina blanca. Su propia cara, más joven, gritando bajo el agua. No podía respirar. No podía gritar. Solo la serpiente.
EL INFIERNO QUE CURA
La selva se lo tragó. No en cuerpo, pero sí en alma. Eduardo perdió la noción del tiempo. La visión se volvió un grito sin forma. Vio a su padre, muerto hacía diez años, sentado en una silla de ruedas que nunca usó. Le dijo: «No se trata de perdonarme. Se trata de dejar de sostener el cuchillo.»
Vomitar fue como parir una sombra. Lloró con ruidos de animal. En algún momento, se orinó encima. Nadie se rió. Todos estaban en su propia guerra.
Eduardo caminó hacia un árbol que respiraba. Literalmente. El tronco se hinchaba y se
deshinchaba como un pulmón. Le habló. Le dijo que cada herida era una raíz que buscaba agua. Que el vacío que sentía no era falta de algo, sino un espacio para sembrar.
LA LUZ
Recordó, como un trueno, aquella vez a los ocho años en que se encerró en el baño porque su madre lo había golpeado con un cinturón. Recordó la frase exacta: «Tú tienes el mal dentro». La frase se le había incrustado como un clavo frío. Había vivido desde entonces como si esa profecía fuera verdad.
Pero la planta le mostró otra escena: la madre llorando en soledad, pidiéndole perdón a una fotografía. No era odio. Era miedo. El miedo viejo. El miedo que se hereda como un
apellido.
EL REGRESO
Cuando terminó la ceremonia, Eduardo se sintió más vacío aún. Pero esta vez, no era un
vacío frío. Era como un campo recién arado. Algo podía crecer allí.
Mateo lo llevó de regreso. Eduardo no habló mucho. Miraba el agua. A ratos sonreía. A
ratos, lloraba sin ruido.
Semanas después, en Santiago, la ciudad era la misma. Pero él no. Se había llevado algo
que no sabía explicar. Una raíz viva. Un canto que volvía en sueños. No se convirtió en
chamán. No dejó su trabajo. Pero algo en su pecho ya no era hueco.
Y cuando alguien le preguntaba qué había pasado allá, solo respondía:
—Vi a la serpiente. Y ella también me vio a mí.
FIN.
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