Por Joan Britor
Para Carlos, Andrea, Josefa y Andres.
Raúl Concha llegó a la oficina del consejero estudiantil un martes a las diez y cuarto de la mañana. Había pedido hora porque estaba pensando en cambiarse de carrera.
—¿Qué estudias? —preguntó Camilo, mirando la ficha que tenía delante.
—Prevención de Riesgos.
—¿Y qué quieres estudiar?
Raúl bajó los ojos.
—Enfermería.
Camilo levantó la vista.
—¿Por qué?
Raúl se encogió de hombros.
—No sé. Me gusta más.
—¿Qué es lo que no te gusta de Prevención?
—Todo.
Lo dijo demasiado rápido.
Camilo sonrió apenas.
—Eso es bastante.
Raúl también sonrió, pero fue una sonrisa breve, casi administrativa.
Tenía veinte años. Era delgado, de pelo oscuro y cuidadosamente peinado. Vestía jeans, zapatillas blancas y una camisa azul que parecía haber elegido con más cuidado del necesario.
Camilo era consejero estudiantil, pero además era psicólogo y atendía algunas consultas terapéuticas dentro de la universidad.
—¿Te gusta Enfermería?
—Sí.
—¿Por qué?
Raúl pensó unos segundos.
—Porque… quiero ayudar a la gente.
Camilo anotó algo.
—¿Y en Prevención de Riesgos no puedes ayudar a la gente?
—Sí, claro.
—Entonces quizá no sea solamente la carrera.
Raúl levantó la mirada.
Por primera vez pareció incómodo.
—Puede ser.
Hablaron cuarenta minutos. Cuando se fue, Camilo escribió en su ficha: Conflicto vocacional. Posible conflicto familiar asociado. No escribió nada más.
La segunda sesión fue parecida. Raúl hablaba de Enfermería, de los horarios, de las prácticas clínicas, de lo difícil que sería convencer a su madre de que lo apoyara en un cambio de carrera.
La tercera vez habló de su familia. Su madre era profundamente religiosa. Evangélica. Participaba activamente en su iglesia, asistía a reuniones varias veces por semana y tenía una visión bastante rígida de lo que debía ser un hombre.
Un hombre debía trabajar, casarse con una mujer, tener hijos, ser cabeza de familia, no beber, no fumar, no mentir. Y sobre todo, no apartarse jamás de aquello que ella consideraba la voluntad de Dios.
—¿Y tu papá? —preguntó Camilo.
Raúl hizo un gesto extraño.
—Mi padrastro.
—¿Cómo es tu relación con él?
—Normal.
—¿Qué significa normal?
—No hablamos mucho.
Después se quedó callado. Camilo esperó.
—Mi mamá dice que tengo que ser un hombre de verdad.
—¿Y qué significa eso para ella?
Raúl miró la ventana.
—No sé.
Pero sí sabía.
Camilo también.
La cuarta sesión comenzó de la misma manera. Raúl entró, se sentó y dejó la mochila en el suelo.
—No quiero cambiarme de carrera.
Camilo esperó.
—¿Entonces?
Raúl respiró profundamente.
—Creo que tampoco quiero seguir fingiendo.
Camilo no dijo nada.
Raúl comenzó a frotarse las manos.
—Soy gay.
La palabra quedó entre ambos, no ocurrió nada extraordinario, no hubo música, no hubo revelación. Solo un joven de veinte años mirando sus propias manos mientras esperaba que el mundo cambiara de alguna manera.
Camilo habló despacio.
—¿Hace cuánto lo sabes?
—Desde hace mucho.
—¿Y quién lo sabe?
—Nadie.
—¿Nadie?
Raúl negó con la cabeza.
—Ahora usted.
Camilo asintió.
Raúl sonrió. Pero esta vez la sonrisa se quebró.
—Mi mamá me va a matar.
No lo dijo como una metáfora. Lo dijo como quien describe algo que considera posible.
Durante las siguientes semanas hablaron de eso. Raúl contó que había intentado convencerse de que era una etapa.
Había tenido novias, había salido con ellas, había intentado sentir algo que no sentía, había rezado, había pedido a Dios que lo cambiara, había buscado en internet testimonios de hombres que aseguraban haber dejado atrás la homosexualidad.
Cada vez que sentía atracción por un hombre, se llenaba de culpa.
—Yo no quiero ser malo —le dijo una tarde a Camilo.
—Ser homosexual no te hace malo.
Raúl lo miró.
—Eso usted lo dice.
—No. Eso lo dice la evidencia científica.
Raúl bajó nuevamente los ojos.
—Mi mamá dice que la ciencia también se equivoca.
Camilo respiró lentamente.
—Tu madre tiene derecho a tener sus creencias. Pero no tiene derecho a someterte a un tratamiento médico que pueda hacerte daño.
Raúl no respondió.
Tres meses después regresó diferente. Camilo lo reconoció antes de que se sentara. Tenía la cara llena de acné, también había ganado masa muscular.
Pero lo que más había cambiado eran sus ojos, parecía permanentemente cansado.
—¿Qué te pasó?
Raúl se sentó.
—Mi mamá encontró un médico.
Camilo sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué médico?
—Dice que puede ayudarme.
—¿Ayudarte con qué?
Raúl tardó unos segundos.
—A volverme heterosexual.
Camilo se quedó en silencio.
—¿Qué te está haciendo?
—Me pone unas inyecciones.
—¿Qué contienen?
—No sé exactamente. Dice que son hormonas.
—¿Testosterona?
Raúl asintió.
—Creo que sí.
—¿Desde cuándo?
—Como dos meses.
Camilo observó sus manos.
—¿Y cómo te sientes?
Raúl soltó una risa.
—Como una mierda.
Le contó que estaba irritable, que dormía mal, que tenía impulsos sexuales mucho más intensos, que se enojaba por cualquier cosa, que había comenzado a pelear con compañeros, que había perdido la paciencia con su madre.
Y que, paradójicamente, mientras más intentaba convertirse en el hombre que ella quería, más desesperadamente buscaba hombres.
Primero había entrado a un bar gay, después a otro, luego había comenzado a conocer gente por internet.
—Ya no me importa nada —dijo.
Camilo lo miró con preocupación.
—Raúl, esto no es una terapia de reconversión. Lo que describes puede ser una intervención hormonal sin justificación adecuada y con efectos adversos. Necesitas atención médica seria.
—Mi mamá dice que usted me está confundiendo.
—¿Y tú qué piensas?
Raúl sonrió.
—Que ya estoy confundido.
Durante los meses siguientes, la vida de Raúl comenzó a desmoronarse. Dejó de asistir regularmente a clases, se peleó con varios compañeros, su madre vigilaba sus movimientos, el padrastro comenzó a insultarlo, el médico continuó con el tratamiento durante un tiempo, hasta que finalmente lo suspendió, no porque hubiera conseguido lo que prometía, simplemente dejó de tener sentido continuar.
Raúl regresó a la consulta. Esta vez no llevaba mochila.
—Me echaron de la casa.
Camilo sintió que algo dentro de él se cerraba.
—¿Dónde estás viviendo?
Raúl se encogió de hombros.
—Por ahí.
—¿Dónde?
—Debajo de un puente.
Camilo pensó que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Duermo debajo de un puente.
Raúl miró hacia la ventana.
—También tengo una enfermedad.
—¿Una infección?
Raúl asintió.
—Me dijeron que es una enfermedad de transmisión sexual.
Camilo sintió rabia. No contra Raúl. Contra todo lo que había sucedido alrededor de él.
—¿Estás recibiendo tratamiento?
—A veces.
—¿Dónde comes?
Raúl no contestó. Después de unos segundos dijo:
—Cuando puedo.
Camilo se inclinó hacia adelante.
—Raúl, necesito preguntarte algo directamente. ¿Has pensado en suicidarte?
Raúl permaneció inmóvil.
—Sí.
Camilo esperó.
—¿Has pensado en cómo hacerlo?
—Sí.
Aquella tarde Camilo siguió los protocolos de emergencia de la universidad y buscó todas las alternativas institucionales que tenía disponibles. Pero también comprendió algo que no había querido comprender. No podía arreglar aquello solamente desde una consulta. No podía devolverle una familia, no podía modificar las creencias de su madre, no podía hacer desaparecer años de culpa religiosa, no podía garantizar que Raúl quisiera seguir viviendo.
Intentó hablar con la madre. Ella aceptó recibirlo. Lo hizo sentarse en una pequeña sala de estar llena de imágenes religiosas.
En una pared había un crucifijo, en otra, una fotografía familiar.
—Mi hijo está enfermo —dijo ella.
Camilo mantuvo la calma.
—Su hijo no está enfermo por ser homosexual.
—Eso es lo que dicen ahora.
—No es una opinión personal. La homosexualidad no es una enfermedad.
—Para usted.
—Para la medicina.
La mujer apretó los labios.
—Yo creo en Dios.
—Y tiene derecho a creer.
—Entonces no entiendo por qué usted quiere que yo acepte que mi hijo viva en pecado.
Camilo la miró.
—No estoy intentando cambiar sus creencias. Estoy intentando evitar que su hijo se destruya.
La mujer comenzó a llorar, por un momento Camilo pensó que había encontrado una puerta.
Pero ella levantó la cabeza.
—Si cedo, voy a condenarlo.
El padrastro, que había permanecido callado, intervino desde el otro extremo de la habitación.
—Si ese hijo del diablo aparece por acá, yo mismo lo saco a correazos.
Camilo comprendió entonces que no estaba ante una discusión. Estaba ante una muralla. Una muralla construida con miedo, religión, vergüenza, ignorancia y amor deformado por la convicción de que hacer sufrir a alguien podía salvarlo.
No consiguió convencerlos. Pero no abandonó a Raúl. Comenzó a visitarlo.
La primera vez llevó comida, la segunda, medicamentos, la tercera, una manta.
Raúl se sorprendió.
—¿Por qué hace esto?
Camilo respondió:
—Porque alguien tiene que hacerlo.
—Usted no es mi papá.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Camilo se sentó junto a él.
—Porque eres una persona.
Raúl permaneció callado, después sonrió. Era una sonrisa pequeña. La primera que Camilo había visto en mucho tiempo que parecía verdadera.
Pasaron los meses, Raúl desaparecía durante días. Luego volvía.
A veces estaba enfermo, a veces parecía drogado, a veces hablaba durante una hora sin detenerse, otras veces no decía una palabra.
Camilo seguía visitándolo, hasta que un día dejó de encontrarlo. Preguntó en los lugares donde solían refugiarse personas sin hogar. Preguntó en hospitales, preguntó en servicios sociales, preguntó por él en la universidad, Nada.
Una mañana, varios meses después, recibió un mensaje desde la conserjería. Habían dejado un sobre a su nombre. No tenía remitente.
Camilo reconoció la letra inmediatamente. Se sentó antes de abrirlo. La carta era corta.
Don Camilo:
No sé si alguna vez voy a volver a la universidad.
Quería darle las gracias.
Usted fue la única persona que no me preguntó cómo podía dejar de ser quien soy. Fue la única persona que me preguntó cómo estaba.
Cuando estaba enfermo, usted fue, cuando no tenía comida, usted fue, cuando nadie quería verme, usted fue.
No sé qué va a pasar conmigo. Pero quería que supiera que nunca voy a olvidar eso. Gracias por haberme tratado como una persona.
Raúl.
Camilo leyó la carta varias veces.
Nunca supo dónde había terminado Raúl. Durante mucho tiempo revisó los obituarios. Cada mañana, casi sin darse cuenta, buscaba nombres, leía las noticias de accidentes, miraba las fotografías de personas desaparecidas. Preguntaba ocasionalmente por él.
Lo buscó en albergues, en hospitales, en las calles, debajo de puentes, nunca lo encontró. Tampoco supo si Raúl había muerto. Ni si había decidido desaparecer. Ni si alguien lo había acogido. Ni si alguna noche había conseguido un lugar donde dormir y, con el tiempo, una vida que pudiera llamar propia.
Camilo conservó la carta. Años después, cuando un estudiante llegaba a su oficina diciendo que quería cambiarse de carrera, Camilo procuraba escuchar con especial atención. Porque había aprendido algo de Raúl. No todos los problemas que parecen pequeños son pequeños. A veces alguien dice:
—No sé si quiero seguir estudiando esto.
Y detrás de esa frase puede haber otra:
—No sé si puedo seguir siendo quien mi familia quiere que sea.
Y a veces, detrás de esa otra frase, puede existir una pregunta todavía más terrible:
—¿Habrá un lugar en el mundo para mí si dejo de fingir?
Camilo nunca supo qué había ocurrido con Raúl Concha. Solo conservó la esperanza de que, dondequiera que estuviera, alguna vez hubiera encontrado aquello que durante tanto tiempo le había sido negado: Un lugar donde no tuviera que pedir perdón por existir.
Y si no lo encontró, Camilo deseaba al menos que, en algún momento de su breve vida, Raúl hubiera sabido una cosa. Que alguien lo había visto. Que alguien lo había escuchado. Y que, aunque no hubiera podido salvarlo, alguien había comprendido que aquella alma atormentada nunca necesitó ser convertida en otra cosa. Solo necesitaba un poco de cariño. Porque no todos los seres humanos soportan las pruebas de esta vida.
Y algunas veces, lo único que podemos hacer por ellos es permanecer cerca el tiempo suficiente para que sepan que no estuvieron completamente solos.
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