
Por Joan Britor
Humberto llevaba tanto tiempo deprimido que ya no recordaba exactamente cuándo había comenzado.
Al principio había sido tristeza, sespués cansancio, después indiferencia. Y finalmente aquello se había convertido en una especie de habitación interior en la que vivía con las persianas cerradas.
Pesaba ciento quince kilos más de lo que le habría gustado reconocer y, cada mañana, cuando se miraba al espejo, tenía la sensación de estar contemplando a un hombre que había perdido una discusión con la vida.
No era solamente su cuerpo, era la manera en que caminaba, la manera en que respiraba, la manera en que evitaba las fotografías, la manera en que decía «mañana empiezo» con una convicción que duraba aproximadamente hasta el desayuno.
Una tarde, buscando cualquier cosa que pudiera distraerlo, encontró una antigua entrevista de Oprah a Michael Jackson. No sabía muy bien por qué hizo clic. Quizás porque estaba aburrido. Quizás porque necesitaba escuchar a alguien que hubiera vivido algo extraordinario. Quizás porque, cuando uno está deprimido, a veces se aferra a cualquier cosa que parezca contener una explicación.
Michael hablaba de la música. Y entonces dijo algo que a Humberto le quedó dando vueltas. Habló de cómo la música podía llegar directamente a lugares profundos de la mente. A esa zona que no discutía, que no razonaba, que simplemente recibía.
Y explicó, a su manera, que si uno hablaba a esa parte inconsciente con determinadas palabras, con determinadas imágenes y con afirmaciones positivas, podía transformar la manera en que el cerebro pensaba y, por consecuencia, transformar la propia vida.
Humberto detuvo el video, retrocedió y volvió a escucharlo.
—¿Será verdad? —dijo.
No tenía idea. Pero necesitaba que lo fuera. Durante los días siguientes comenzó a buscar información. Encontró entrevistas, videos, artículos, opiniones. Algunas cosas parecían científicas, otras parecían pseudociencia y otras eran directamente maravillosas.
Pero Humberto no estaba buscando una tesis doctoral. Estaba buscando una puerta. Y aquella teoría del rey del pop le ofrecía una. Quizás la música podía hablarle a una parte de él que todavía no estaba completamente destruida.
Entonces apareció otra cosa. La película biográfica sobre Michael Jackson. Humberto la vio solo. Cuando terminó, permaneció sentado frente al televisor durante varios minutos.
Había algo en la historia de aquel hombre que le resultaba inquietantemente familiar. No porque Humberto fuera una estrella. No había vendido millones de discos. No había llenado estadios. No había sido perseguido por fotógrafos.
Pero conocía aquella sensación de estar atrapado dentro de uno mismo.
Y también conocía la contradicción de querer cambiar mientras, al mismo tiempo, una parte de uno mismo parecía empeñada en permanecer exactamente donde estaba.
La teoría de Michael volvió a aparecer en su cabeza. La música. El inconsciente. Las palabras. El cerebro.
Quizás —pensó— uno podía alimentar la mente de otra manera.
Así que buscó música positiva.
Fue entonces cuando descubrió que el mundo musical contemporáneo tenía un problema con Humberto. O quizás Humberto tenía un problema con el mundo musical contemporáneo.
Buscó canciones para sentirse mejor. Encontró reguetón. Buscó algo más. Trap. Buscó canciones motivacionales. Reguetón con frases motivacionales. Buscó música que hablara de esperanza.
Terminó escuchando a un hombre diciendo que tenía dinero, mujeres, enemigos y un auto que Humberto jamás había visto.
—Esto no me sirve —dijo.
No era que odiara esos géneros. Simplemente no encontraba allí lo que estaba buscando. Él quería una música que le dijera a su cerebro:
«Levántate», «Puedes hacerlo», «Tu vida todavía no terminó», «No eres tu cuerpo», «No eres tu depresión», «Hay algo más».
Y entonces ocurrió algo extraño. Una noche, mientras cenaba frente al televisor, escuchó música. Venía del departamento de al lado. Al principio no le prestó atención. Después levantó la cabeza. Había un ritmo pegajoso, una melodía extraña, voces masculinas. Y algo en aquella música hizo que su pie comenzara a moverse debajo de la mesa.
Humberto se quedó quieto. Miró su pie.
—¿Qué estás haciendo?
El pie continuó moviéndose.
Durante las semanas siguientes volvió a escuchar aquellas canciones. No sabía quién las cantaba. Ni siquiera sabía exactamente qué idioma hablaban. Pero había algo allí. Una energía. Una alegría. Una especie de entusiasmo inexplicable. Una noche incluso abrió la ventana para escuchar mejor, no tuvo el valor de preguntarle al vecino. Todavía.
Hasta que llegó el Mundial de Fútbol de 2026. Humberto no estaba especialmente interesado en el espectáculo de cierre. Lo puso porque no había nada mejor que ver. Estaba recostado en el sofá cuando aparecieron.
Siete hombres, coreanos. Vestidos impecablemente. La multitud comenzó a gritar, la música empezó.
Y Humberto se incorporó lentamente.
—No puede ser…
Los reconoció, no sabía sus nombres. Pero los reconoció, eran los mismos. Los del departamento de al lado.
Entonces apareció una palabra en la pantalla.
BTS.
Humberto buscó el teléfono. Cinco minutos después estaba mirando videos. Diez minutos después estaba escuchando canciones. Media hora después estaba buscando las traducciones. A las dos de la mañana descubrió que uno de ellos se llamaba Jimin. A las tres, que existían coreografías. A las cuatro, que había tutoriales. A las cuatro y media, Humberto estaba mirando cómo mover los pies.
Al día siguiente empezó.
Primero fueron diez minutos. Después veinte. Después media hora.
Le dolían las rodillas. Le dolía la espalda. Le dolía todo. Pero había algo que no le dolía. El alma.
Por primera vez en mucho tiempo, Humberto esperaba con entusiasmo que llegara el día siguiente.
Comenzó a memorizar canciones, aprendió algunas palabras en coreano, Descubrió que no entendía absolutamente nada de lo que decía, pero las cantaba con una seguridad que habría avergonzado a cualquier persona que sí entendiera coreano.
Y comenzó a bailar.
Al principio parecía un refrigerador intentando escapar de una cocina. Después pareció un refrigerador con intención artística. Pero siguió.
Un día se pesó. Había perdido cinco kilos. Después diez. Después veinte. Después treinta. Y finalmente treinta y cinco.
Treinta y cinco kilos. Todavía le quedaban ochenta para llegar al peso que quería.
Ochenta kilos era una montaña. Pero ya no era una montaña que contemplaba desde abajo. Ahora estaba subiendo.
Humberto seguía teniendo días malos, seguía teniendo momentos de tristeza, seguía teniendo problemas, seguía siendo Humberto.
Pero algo había cambiado. Ya no soñaba únicamente con dejar de estar deprimido. Eso se había vuelto demasiado pequeño. Ahora tenía otros objetivos. Aprender coreano, aprenderse todas las canciones, aprender todas las coreografías.
Y algún día —cuando tuviera el cuerpo necesario para hacerlo sin destruirse las rodillas— bailar como Jimin.
Una tarde, frente al espejo, puso una canción. Se acomodó, respiró, y comenzó a bailar.
Era torpe, era pesado, estaba lejos de ser Jimin.
Pero sonreía, y mientras intentaba recordar los pasos, comprendió algo que quizás había estado buscando desde el principio.
Tal vez Michael Jackson tenía razón en una cosa fundamental. Tal vez la música sí podía hablarle a una parte de nosotros que las palabras normales no alcanzaban. Pero Humberto había descubierto algo más. La música podía abrir una puerta, pero después había que cruzarla, Y él la estaba cruzando.
Un kilo, un paso, una canción, una palabra en coreano, un movimiento de baile, una mañana más, una noche más, Treinta y cinco kilos menos, Ochenta por delante.
Por primera vez en muchos años, Humberto no estaba pensando en todo lo que le faltaba. Estaba pensando en los próximos ocho tiempos de la coreografía.
—Cinco, seis, siete, ocho…
Y volvió a bailar. Mal, muy mal. Pero bailó.
Algunas personas encuentran una razón para vivir en una religión, otras en el amor, otras en sus hijos, otras en el trabajo.
Humberto la encontró, inesperadamente, en siete coreanos bailando bajo millones de luces.
Y quizás eso era lo verdaderamente extraño de estar vivo:
que uno nunca sabe qué cosa pequeña será capaz de salvarlo. A veces puede ser una palabra. A veces una canción. A veces un vecino ruidoso. Y, en ocasiones excepcionales, puede ser Jimin.
Humberto sonrió frente al espejo.
—Annyeonghaseyo. ((안녕하세요) que significa algo así como buenos dias)
Y volvió a intentarlo.
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