Por Joan Britor

A las siete y cuarto de la mañana, Franco Tognarelli salió de su departamento.
Venía recién duchado. El pelo todavía húmedo, aunque cuidadosamente peinado. Traje azul oscuro, camisa blanca y corbata. Los zapatos brillaban con esa discreta arrogancia de las cosas que habían sido pagadas caras.
Cerró la puerta con llave y se dirigió al ascensor, presionó el botón,mientras esperaba, miró su reloj, siete dieciséis. Tenía tiempo.No mucho, pero suficiente.
El ascensor estaba en el piso veinte. Mientras subía, escuchó el sonido apresurado de unos tacos. Una mujer apareció al final del pasillo.
Venía arreglándose mientras caminaba. Se acomodaba el pelo con una mano y con la otra intentaba cerrar la cartera. También parecía recién salida de la ducha, aunque había conseguido transformar el apuro en una especie de elegancia desordenada.
—Buenos días —dijo Franco.
—Buenos días.
Ella sonrió. Era una sonrisa cordial, automática. Una de esas expresiones que los seres humanos hemos perfeccionado durante siglos para poder relacionarnos con desconocidos sin necesidad de mostrarles nada verdadero.
El ascensor llegó. Las puertas se abrieron.
—¿Al primero o al estacionamiento? —preguntó Franco.
—Al estacionamiento, gracias.
Entraron.
Franco apretó el botón, las puertas se cerraron.
El ascensor hizo un pequeño pestañeo de luces y comenzó a descender. Muy lentamente.
—El ascensor también sabe que hoy es lunes —dijo ella.
Sonrió satisfecha con su propia ocurrencia.
Franco sonrió también.
—Es raro. En la mañana, cuando fui al gimnasio, anduvo sin problemas.
Lo dijo con naturalidad, pero había algo de orgullo en la frase. Era un hombre que entrenaba temprano.
– A las siete de la mañana ya había ido al gimnasio.
No era necesario decirlo. Pero lo había dicho.
—Qué disciplinado —comentó ella.
—Hay que aprovechar el tiempo.
Piso diecinueve.
Dieciocho.
Diecisiete.
Entonces las luces se apagaron. El ascensor se detuvo. Durante un segundo ninguno de los dos habló.
Después Franco golpeó el panel. Apretando el botón de conserje.
—¿Qué pasó?
No hubo respuesta.
—Tranquila —dijo inmediatamente—. Esto es común que ocurra. Ya se va a arreglar.
Lo dijo con una voz que pretendía transmitir seguridad. No lo consiguió.
—Estoy tranquila —respondió ella—. Esto no me había sucedido nunca.
—A mí solo una vez, cuando era niño. Pero duró poco.
Pasaron unos segundos. Luego un minuto. Luego varios.
Franco respiraba profundamente. La mujer encendió la linterna de su teléfono. La pequeña luz iluminó sus rostros desde abajo.
—Tranquilo —dijo ella—. Noto que está algo nervioso. Tal vez puedo ayudarlo.
—No estoy nervioso.
Ella sonrió.
—¿Cómo se llama?
Franco dudó un instante.
—Franco. Franco Tognarelli.
—Camila.
—Camila… bonito nombre.
—Camila Rendón.
Ella se sentó en el suelo.
—Franco, mejor tomemos asiento. Esto puede demorar.
—Es que tengo que llegar luego a mi trabajo.
—¿Tan importante?
—Tengo una presentación. Hay inversionistas involucrados en un proyecto bastante importante.
Comenzó a apretar el botón del comunicador.
—¡Hola! ¡Hola! Estamos en el ascensor. Si alguien puede revisarlo, por favor…
Soltó el botón.
Silencio.
—Ya avisaron —dijo Camila—. Siéntese. Me pone nerviosa verlo ahí de pie.
Franco finalmente se sentó.
—Tiene razón.
Se acomodó la chaqueta.
—¿A qué se dedica? —preguntó Camila.
—Soy ingeniero civil. Trabajo en proyectos inmobiliarios.
—Ah.
Franco levantó una ceja.
—¿Qué significa ese «ah»?
—Nada.
—No, dígame.
—Soy socióloga.
—¡Ah!
Ahora fue ella quien levantó una ceja.
—¿Y esa expresión?
—No se lo tome personal. Es que su profesión está muy ligada a la política y a mí no me gusta mucho la política.
—La suya no.
—¿La mía?
—Su profesión.
—Claro que no. Yo vivo del mundo privado. Proyectos, inversiones, construcción. Nosotros somos privados. No políticos.
Camila soltó una pequeña risa.
—Todo es político.
Franco la miró.
—Si usted lo ve así.
La frase significaba claramente que no quería continuar con el tema.
Pero Camila no parecía tener ninguna intención de obedecer.
—¿Cuánto cree que van a demorar?
Franco volvió a mirar su reloj.
—No sé.
—Necesito salir rápido.
—Ya nos van a sacar.
—Yo no espero a que me rescaten.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente. Hay situaciones en las que no podemos salir solos.
Camila lo miró.
—Como ahora.
Franco sonrió.
—Exactamente. Ahora dependemos de otros.
—Bueno, para eso pagamos gastos comunes bastante altos.
—Efectivamente.
—Y los impuestos también.
Franco la miró.
—¿Qué tienen que ver ahora los impuestos?
—Todo. Al final uno trabaja, paga impuestos, paga gastos comunes, paga permisos, paga contribuciones y después espera que las cosas funcionen.
—Bueno, los impuestos permiten que existan servicios públicos.
—Sí. No estoy diciendo que no deban existir.
Camila acomodó las piernas.
—Pero creo que los impuestos y los derechos sociales se han convertido también en uno de los grandes despilfarradores de dinero de los gobiernos.
Franco la miró con una expresión de sorpresa.
—Eso no me lo esperaba de una socióloga.
—¿Por qué?
—No sé. Pensé que iba a defenderlos.
—Una cosa es defender los derechos sociales y otra muy distinta creer que todo gasto público es automáticamente bueno.
Franco sonrió.
—Eso sí me gusta.
—¿Qué cosa?
—Que no esté de acuerdo conmigo de la manera que yo esperaba.
Camila sonrió.
—¿Y usted cree que todo lo privado funciona bien?
—No.
—Entonces tampoco es tan liberal.
—Nunca dije que fuera un liberal extremo.
—¿Qué es?
Franco pensó.
—Un tipo que paga demasiado por vivir en un edificio donde el ascensor no funciona.
Camila se rio.
Por primera vez la conversación dejó de parecer una discusión.
Pasó una hora.
Luego otra.
Hablaron de sus hijos.
De sus matrimonios.
De los padres.
De los colegios.
De los adolescentes.
De política.
De dinero.
De viajes.
Y también de religión.
—Soy católico —dijo Franco.
Camila lo miró.
—¿Practicante?
—A mi manera.
—¿Qué significa eso?
—Que no soy de ir todos los domingos a misa, pero creo en Dios.
—Yo soy agnóstica.
—Eso sí me parece razonable.
—¿Por qué?
—Porque reconocer que no sabes también puede ser una forma de honestidad.
Camila lo miró durante unos segundos.
—Eso fue bastante menos conservador de lo que esperaba.
—Y tú bastante menos atea de lo que esperaba.
—No soy atea.
—Lo sé.
—No sé si Dios existe. Pero tampoco me parece inteligente negar algo que no puedo demostrar que no existe.
Franco asintió.
—En eso estamos bastante cerca.
—No tan cerca.
—¿Por qué?
—Porque tú crees.
—Sí.
—Yo no.
—Pero ninguno está seguro.
Camila sonrió.
—Eso sí.
Hubo un silencio.
—De todas maneras —dijo ella—, tengo que reconocer algo.
—¿Qué?
—El cristianismo ha hecho mucho daño en algunos momentos de la historia, pero también ha ayudado muchísimo a construir valores de aceptación, compasión y dignidad humana que hoy damos por sentados.
Franco la miró sorprendido.
—¿Acabas de decir algo bueno del cristianismo?
—No te acostumbres.
Franco soltó una carcajada.
—Lo voy a anotar.
—Hazlo.
—Mi vecina socióloga acaba de reconocer una virtud del cristianismo.
—Y mi vecino ingeniero acaba de descubrir que una socióloga puede pensar.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
—Puede ser.
La conversación continuó.
En algún momento apareció otro tema.
La amistad.
—Yo no creo en la amistad entre un hombre y una mujer —dijo Franco.
Camila lo miró.
—¿En serio?
—No completamente.
—¿Por qué?
—Porque tarde o temprano alguno de los dos siente algo.
—Eso es bastante triste.
—Es realista.
—No. Es proyectivo.
—¿Qué significa eso?
—Que tú no puedes imaginar una amistad entre un hombre y una mujer sin introducir el sexo.
Franco se quedó pensando.
—¿Y tú sí?
—Por supuesto.
—¿Nunca te ha pasado que un amigo hombre te atraiga?
—Sí.
—¿Ves?
—No. Que alguien me atraiga no significa que tenga que acostarme con él.
Franco sonrió.
—Eso es muy femenino.
—¿Qué?
—Poder separar las cosas.
—O quizás simplemente soy una adulta.
Franco soltó una carcajada.
—Touché.
Después de varias horas, ya no hablaban como dos vecinos. Hablaban como si se conocieran desde hacía años. Descubrieron que tenían gustos parecidos. El mismo sentido del humor, la misma tendencia a burlarse de sí mismos. Diferencias enormes en política. Diferencias importantes en religión. Diferencias en la forma de entender la familia.
Pero también una curiosa flexibilidad para escuchar al otro. Ninguno necesitaba ganar. Y eso comenzó a resultarles extraño. Franco tenía claustrofobia. Camila tenía miedo a la oscuridad.
La ironía era perfecta. Él podía soportar la oscuridad. Ella podía soportar el encierro. Así que se turnaban para cuidarse.
Cuando Camila apagaba la linterna para ahorrar batería, Franco hablaba. Cuando Franco sentía que las paredes se le acercaban, Camila hablaba.
Hasta que las palabras dejaron de ser suficientes. El cansancio los fue venciendo. La espalda de Camila terminó apoyada contra Franco. Después ella se acomodó.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces quédate quieto.
—Estoy quieto.
—Respiras muy fuerte.
—Tengo claustrofobia.
—Ah, verdad.
Un rato después, Franco sintió que Camila se quedaba dormida. Él cerró los ojos. Sin darse cuenta, pasó un brazo alrededor de ella.
No había deseo.
No había tensión.
Solo dos seres humanos agotados buscando una posición cómoda dentro de una caja detenida entre dos pisos. Y así se quedaron, abrazados, dormidos.
Cuando Franco despertó, seguía oscuro. Miró su teléfono, la batería estaba casi agotada.
—Camila.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué?
—¿Sabes qué hora es?
—No.
—No tengo idea.
—Entonces estamos oficialmente fuera del tiempo.
Franco sonrió.
—Eso suena bastante metafísico.
—No empieces.
—¿Qué?
—Con tus cosas de católico.
Franco se rio.
—No. Esto es diferente.
—¿Qué vas a hacer?
Franco cerró los ojos.
—Una visualización.
Camila lo miró divertida.
—¿Una visualización?
—Sí.
—¿Aquí?
—Aquí.
Franco respiró profundamente.
Se quedó en silencio.
Camila esperó.
—¿Qué estás haciendo?
—Visualizando.
—¿Qué?
—Mi negocio funcionando.
Camila comenzó a reír.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Estás haciendo una especie de oración empresarial?
—No exactamente.
—¿Y qué estás visualizando?
—Clientes.
—¿Muchos?
—Los suficientes.
—¿Y los inversionistas?
—También.
—¿Y dinero?
Franco abrió un ojo.
—Obviamente.
Camila volvió a reír.
—Franco, tú eres un personaje.
—¿Y tú no?
—Yo nunca dije que no.
Se quedaron callados.
Después Camila dijo:
—Ojalá te vaya bien.
Franco abrió los ojos.
—Gracias.
—De verdad.
—Gracias.
—Y si no te va bien, siempre puedes convertirte en sociólogo.
Franco soltó una carcajada.
—Jamás.
—Era broma.
—Lo sé.
Y volvió a cerrar los ojos.
Esta vez, Camila apoyó la cabeza en su pecho.
No porque estuvieran enamorados.
No porque estuvieran a punto de traicionar a nadie.
No porque la oscuridad hubiera despertado un deseo secreto.
Simplemente porque, después de tantas horas, habían dejado de ser dos desconocidos.
Se habían convertido en amigos.
Y quizás esa era la parte más extraña de todo.
El ascensor finalmente se movió.
Un golpe metálico.
Un ruido profundo.
Las luces se encendieron.
Camila despertó.
Franco abrió los ojos.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Del otro lado estaban varios funcionarios del edificio.
Un conserje.
Un técnico.
Y algunos vecinos que habían esperado durante horas.
Los dos estaban en el suelo.
Camila tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Franco.
Franco tenía un brazo alrededor de ella.
Ambos despeinados.
Agotados.
Con la ropa arrugada.
El técnico los miró.
—¿Están bien?
Franco miró a Camila.
Camila miró a Franco.
Y ambos comenzaron a reír.
Una risa cansada, absurda, casi infantil.
—Estamos perfectamente —dijo Camila.
Franco se puso de pie con dificultad.
—Nunca pensé que diría esto…
Camila lo miró.
—¿Qué?
—Pero creo que ahora sí creo en la amistad entre hombres y mujeres.
Ella sonrió.
—Te tomó bastante tiempo.
—Fue una experiencia empírica.
—¿Y qué conclusión sacaste?
Franco la miró.
—Que depende de la persona.
Camila asintió.
—Exactamente.
Salieron del ascensor.
El mundo volvía a existir.
Los teléfonos, los autos, el trabajo, los hijos, las cuentas, los impuestos, las opiniones, la religión, la política.
Todo volvía a su lugar. Franco miró hacia atrás antes de alejarse. Camila también. El ascensor permanecía abierto.
Una caja metálica vacía. Por unas horas había conseguido algo que probablemente ninguna conversación política, religiosa o académica habría conseguido.
Había obligado a dos personas a dejar de representar lo que pensaban. Y simplemente ser quienes eran.
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