«Cuando el espiritu y la Carne se miran a los ojos»
Un atardecer oxidado cae como un manto de ceniza sobre los pasillos húmedos de
la Universidad de Los Andes. La ciudad exhala su humedad sobre los vidrios empañados. Afuera, Santiago bosteza entre sirenas, bocinas, pasos perdidos. Y adentro, en una sala tapizada de libros y crucifijos, Lucía reza con los ojos abiertos. El Ave María flota como humo de incienso en la penumbra. Pero su mente está en otra parte. En una visión. Un sueño. Y un nombre: Daniela.
I. La llegada
Daniela llegó envuelta en una bufanda azul que parecía robada del cielo. Llovía, por
supuesto. Siempre llueve cuando llegan las almas importantes, pensó Lucía desde la
ventana del segundo piso. Tenía el cabello mojado, los labios agrietados y una expresión en los ojos que no encajaba con los trámites administrativos ni con las doctrinas de Santo Tomás de Aquino. Era como si llevara siglos caminando para llegar hasta allí, pero sin saber por qué.
La conoció oficialmente en su clase de Ontología y Misterio. Lucía vestía como
siempre: blusa blanca, falda larga, cabello recogido. No usaba maquillaje; su austeridad era una forma de poesía. Su voz era precisa, como una daga que corta el aire en dos.
—»Ser es lo que es, y no ser es lo que no es», decía, citando a Parménides con la
solemnidad de un salmo.
Daniela, sentada al fondo, garabateaba en una libreta dibujos de serpientes, cuerpos
entrelazados, mujeres con alas y corazones rotos. Estaba tan fuera de lugar como un gato en una biblioteca.
Después de clase, se acercó.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Lucía asintió.
—¿Y si el ser no quisiera ser? ¿Y si el no-ser tiene más verdad porque arde, porque duele?
Lucía la miró con la intensidad de quien ve algo temido y hermoso al mismo tiempo.
—Entonces, estás en el lugar correcto, aunque por el camino equivocado —le respondió,
con una media sonrisa.
Desde ese día, Lucía y Daniela comenzaron a hablar, al principio de filosofía, luego de
sueños, después de silencio.
II. Sueños de fuego
Lucía empezó a soñar con fuego.
Una noche se vio a sí misma caminando descalza por una catedral en ruinas,
persiguiendo una figura de luz que lloraba sangre. Era Daniela, desnuda, danzando sobre brasas, con una corona de espinas y una túnica hecha de plumas negras.
—Tienes que dejarme ir, Lucía, decía la visión.
Lucía despertaba empapada, con el corazón golpeando como un tambor ancestral.
Rezaba, pero Dios no respondía. Solo un eco lejano. Daniela.
Ella notó el cambio.
—Te estás alejando —le dijo una tarde, mientras bebían té en la cafetería.
—Tú ya estás lejos —respondió Lucía, sin mirarla.
—¿Me estás pidiendo que me vaya?
—Te estoy pidiendo que nazcas.
Y así, Daniela desapareció. Como un cuadro robado. Solo dejó una carta.
«Lucía, Me voy a buscar lo que tú ya encontraste.
Tal vez no vuelva. Pero si regreso, sabrás por qué.
Gracias por enseñarme a ver.
Ahora necesito cerrar los ojos.»
III. El descenso
Daniela caminó por ciudades donde las sombras tenían nombres. Vivió en Buenos
Aires con un escultor ciego que le enseñó a tocar el mármol como quien acaricia una
cicatriz. En Valparaíso, se enamoró de una mujer que hablaba con los muertos. En
Barcelona, bailó sobre tejados hasta que los pies le sangraron. Fue modelo, mendiga, actriz callejera, enfermera de viejos, amante de poetas rotos y madre fugaz de una niña que murió antes de nacer.
Su cuerpo se convirtió en un mapa de experiencias: tatuajes, quemaduras, una
cicatriz en el abdomen como la media luna de un destino truncado. Su arte floreció:
esculturas de vísceras, cuadros hechos con tierra y ceniza, performances donde lloraba
vestida de santa pagana.
Pero siempre volvía a soñar con Lucía.
Lucía con los ojos cerrados, rezando por ella.
Lucía caminando sola por pasillos sin ventanas.
Lucía muriendo en silencio.
IV. La mujer del lago
Un invierno en la región de los lagos, Daniela enfermó. La fiebre le trajo visiones: una figura femenina en la orilla, cubierta de algas, con ojos como piedras antiguas. La llamaba hija.
Era la madre primordial. La que no juzga. La que pare sin nombre. La que devora sin culpa. Daniela la abrazó, y por primera vez en su vida, sintió que pertenecía a algo más vasto que el dolor.
—No hay una verdad, hija mía, susurró la madre-lago, solo una danza interminable entre la luz y la carne.
Cuando sanó, supo que debía volver
V. El regreso
Habían pasado más de diez años. Lucía, ahora jefa de carrera, mantenía la misma
apariencia, pero algo en su andar revelaba la cercanía de la muerte. Sus pasos eran más
lentos, sus rezos más hondos. No esperaba volver a verla.
Daniela entró sin avisar. Vestía ropa sencilla. Su cabello, gris en las sienes. Los ojos,
aún ardientes. Lucía la vio y sintió una mezcla de gozo y pena que solo los que aman sin
poseer pueden comprender.
Se abrazaron en silencio.
—Has cambiado —dijo Lucía.
—He vuelto a nacer —dijo Daniela.
—¿Y encontraste lo que buscabas?
Daniela miró por la ventana.
—Solo lo suficiente para morir tranquila.
Lucía le preparó una cama en su casa. Durante días, conversaron. Sobre Dios,
sobre el cuerpo, sobre el arte y la fe. A veces no hablaban. Solo se tomaban de la mano. A veces lloraban por lo que no fue.
Una noche, mientras llovía como en la primera vez, Daniela despertó sobresaltada.
—He soñado contigo —susurró.
—Yo también contigo —respondió Lucía.
Daniela cerró los ojos.
—Gracias por ser mi hogar.
Murió al amanecer.
VI. Epílogo
Lucía enterró las cenizas de Daniela bajo un árbol de jacarandá. En su epitafio, mandó
grabar:
«Aquí descansa una hija del fuego,
que cruzó el mundo para encontrarse en la mirada de una amiga.»
La Universidad nunca supo de esa historia. Para ellos, Daniela fue solo una estudiante que desertó. Pero en los sueños de Lucía, aún caminan juntas. En un claustro donde el alma baila con la carne, y la verdad no se dice: se siente.
Y mientras el mundo seguía girando en su ceguera, dos mujeres —una hecha de espíritu,
otra de sangre— se abrazaban más allá del tiempo, sabiendo al fin que la luz y el barro
nacen del mismo dios dormido.
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