El cuerpo de Paula Rodríguez yace frío en la penumbra de su departamento en
Ñuñoa. El olor a tierra mojada de las macetas volcadas por la lucha se mezcla con el hedor dulce y metálico de la sangre recién seca. Afuera, Santiago respira con la indiferencia del lunes. Dentro, el mundo de Paula ha dejado de existir. Nadie lo notó aún. Nadie salvo el ruido que hicieron las plantas al caer, un ruido que no despertó a ningún vecino.
Carlos Alfaro observa. No toca nada. Solo deja que las sombras le hablen, que el silencio se le cuele entre las costillas.
—Una más —murmura. Tiene la voz rota de los que ya no esperan justicia, solo rutina.
I. LOS RESTOS DEL DÍA
Paula no fue alguien que se hiciera notar. Trabajaba como recepcionista en un
centro médico donde los pacientes confundían su nombre con el de la chica que estuvo
antes. Usaba ropa sencilla, zapatos cómodos, y siempre llevaba una bolsa de tela con
dibujos de gatos. La única vez que lloró en público fue cuando se le cayó una suculenta que había cuidado tres años. Nadie supo por qué lloraba, nadie preguntó. Pensaron que sería por un amor.
Pero no hubo amores. O al menos no de los que hacen ruido. Hubo, en cambio,
cartas sin enviar, suspiros guardados y un diario con páginas llenas de frases a medio
terminar. En la última: “Tal vez no soy nadie, pero incluso los nadie quieren ser recordados.”
Carlos Alfaro encuentra ese diario, lo lee como se lee un mapa antiguo. Con reverencia.
Con culpa.
II. JAHIRO
Jahiro Lomas nació en Maracaibo y llegó a Chile con una maleta, dos tatuajes y una
ansiedad que le hacía morderse los nudillos hasta sangrar. En Venezuela fue electricista. En Santiago, fue sombra. Dormía donde podía, se inyectaba lo que encontraba, robaba lo que valía algo.
—No la vi venir —diría más tarde—. Solo quería el televisor.
Pero no fue solo eso. Fue la rabia de saberse desecho. Fue la impotencia de saber que
aunque robara mil teles, nunca volvería a ser alguien. Jahiro mató porque podía, porque no había nadie para detenerlo, ni dentro ni fuera de él.
Y Paula murió porque no había nadie para salvarla. Ni dentro ni fuera de ella.
III. LOS TESTIGOS
Los vecinos hablaron con la prensa. Todos dijeron lo mismo:
—Era callada, pero buena. Saludaba.
—Nunca molestó. Tenía muchas plantas.
—Pobre señora. Qué injusticia.
Ninguno sabía su segundo nombre. Ninguno fue capaz de decir si tenía familia.
Algunos dijeron que quizás un sobrino, otros, que una amiga. Una de ellas, Clara, dejó
flores en la puerta. Una nota decía: “No eras nadie. Eras Paula.”
En el fondo del refrigerador de Paula, una botella de vino sin abrir. En el horno, pan
duro. En su celular, ningún mensaje sin responder. Ningún mensaje nuevo desde hacía
días.
IV. CARLOS ALFARO
Carlos tiene 47 años y una espalda doblada por años de mirar cuerpos sin nombre.
Fue poeta en otra vida. Tiene un libro publicado que nadie leyó, y en su escritorio, una
fotografía de su hija, que ya no le habla. Cree que todos tenemos una historia, incluso si
nadie la quiere escuchar.
En el caso de Paula, la historia está en los detalles: un boleto del cine del 2007 en
una caja, un papel arrugado con una receta de torta que nunca hizo, un poema sin
destinatario: «No soy un árbol, pero tengo raíces. No soy luz, pero sostengo la vela.»
Carlos investiga, pero no corre. No hay apuro cuando ya está muerta. No hay
esperanza. Solo hay el deseo íntimo de hacer algo que tenga sentido. Aunque sea
pequeño.
V. LA CIUDAD INDIFERENTE
Santiago ruge como un monstruo enfermo. Se viste de malls, de tacos eternos, de
políticos que sonríen en afiches y roban entre líneas. Las plazas están llenas de grafitis que gritan lo que nadie quiere oír. La música que suena en las micros es un bucle de ritmos vacíos y letras huecas. Arte de plástico. Amor de un día. Like como moneda.
Paula fue parte de esa ciudad, como una piedra en el camino que no se ve hasta
que tropiezas. Pero su vida fue un poema oculto, uno sin hashtags, sin filtros. Uno que
nadie quiso leer hasta que fue tarde.
VI. EL ENCUENTRO
Jahiro fue encontrado en una pieza en Estación Central, con la tele de Paula aún
encendida. Miraba dibujos animados y lloraba. No supo decir por qué. Carlos lo interrogó sin furia, sin odio. Como quien habla con un espejo roto.
—¿Sabías su nombre? —preguntó.
—No.
—¿Y ahora?
—¿Importa?
Carlos no respondió. Salió. Fumó un cigarro que no sabía bien por qué seguía
fumando. Miró el cielo sucio y pensó que a veces el infierno no tiene llamas, solo silencio.
VII. LO QUE QUEDA
El caso se cerró. Jahiro fue condenado. Nadie protestó, nadie lloró. En la carpeta
quedó una foto de Paula, la única que encontraron. Sale con una planta en la mano,
sonriendo. Carlos la guarda en su cuaderno de poeta.
En su funeral hubo tres personas. Clara, el sobrino que vivía en Rancagua, y un
vecino que fue por culpa. No hubo misa. No hubo palabras. Solo una brisa que movió las
hojas de los árboles como si alguien suspirara desde el otro lado.
Carlos regresó a casa. Puso una planta junto a su ventana. Le dio un nombre. Paula.
Le habló cada mañana, como si así pudiera redimir algo.
VIII. EPÍLOGO
A veces, en los rincones más grises, hay luz. No una luz brillante, heroica. No una epifanía. Solo una chispa tenue. Como la de una vela encendida en medio de un apagón. Como la sonrisa en una foto vieja. Como la vida que sigue, aunque nadie mire.
Y cuando Carlos Alfaro recuerda el caso, no piensa en el crimen. Piensa en la frase del
diario: “Tal vez no soy nadie, pero incluso los nadie quieren ser recordados.”
Él la recuerda.
Y con eso, ella vive.
Y en una ciudad que olvida tan rápido, ese gesto es una forma de rebelión.
Deja un comentario