Por Joan Britor

I. Entre ronroneos y silencios
A veces pienso que la vida de un gato es más simple. Mientras el sol se filtra por las
cortinas de mi pequeño departamento en La Serena, mi gato, Mochito, se despereza como un dios menor, sin la menor preocupación del tiempo ni la economía, sin ansiedades por el pasado ni angustias del futuro. Vive en el presente con una entrega envidiable. Come, duerme, juega, se lava como si en esa actividad hubiese una ceremonia sagrada. Cuando leo, se acuesta en mi regazo. Cuando lloro, se queda. Cuando veo televisión, me acompaña como un viejo sabio que observa el mundo desde una distancia irónica.
Cada mañana, Mochito me saluda con un maullido que suena a «estás vivo, bien por ti». Me pide caricias y luego se retira con dignidad a mirar por la ventana. Una vida sencilla, sí.
Hasta que una noche, todo cambió.
II. El cruce de los umbrales
Soñé que era él. O mejor dicho, soñé dentro de él. No sé si fue el insomnio, el cansancio de días demasiado iguales, o aquella infusión de cedrón con ruda que me tomé antes de
dormir. Lo cierto es que me desperté —en el sueño— sobre cuatro patas, con una agudeza sensorial que ninguna palabra alcanza a nombrar.
Olores. Ruidos. Vibraciones.
Todo tenía una textura invisible. El mundo era un tejido de presencias: unas eran agradables como el calor del sol en el lomo, otras eran amenazas, como los perros atolondrados que ladraban sin sentido, exudando ansiedad por los poros. Sentía mis garras como parte de mi identidad, no como armas, sino como antenas de la tierra.
Me movía con sigilo. Percibía los campos eléctricos de los insectos. Escuchaba las conversaciones de los humanos como un zumbido lejano, grave y lento. Y cuando me topé con otros gatos, sentí una verdad ancestral: aquí no hay jerarquías. Aquí sólo existe el orgullo. Nos medimos por mirada, por presencia. Aquí no hay alfas. Eso es de perros.
III. El lenguaje del aura
Lo más sorprendente fue cuando miré a los humanos. Los veía como figuras luminosas,
envolventes, cada uno con un color vibrando como humo coloreado. Azul suave, amarilloroto, verde aguado, y otros… gris. Aura gris. Personas cuyas emociones habían decantadoen una tristeza densa, viscosa.
Y entonces comprendí algo. Los gatos se acercan a esas personas. No por cariño o
necesidad, sino porque somos… limpiadores. Al dormir junto a los humanos, absorbemos su energía estancada, la transmutamos. No sé cómo. Pero en el sueño lo sabía. Los desechos —llamémoslos residuos emocionales— se expulsan al contacto con la tierra, a través de
nuestras patas. Por eso, quizás, los gatos indoor se están volviendo obesos, tristes. No hay tierra donde descargar.
IV. Mitzizi-mitzizi y la dignidad felina
Me acerqué a mi yo humano —sí, en el sueño lo vi desde afuera— y me observé con algo
de compasión. ¡Qué torpes somos los humanos! Nos creemos el centro del universo y ni
siquiera sabemos usar nuestros sentidos. A mí, como gato, me molestaban sus manos
apresuradas, su ansiedad por acariciar, por domesticar.
Los humanos nerviosos, los que tienen los ojos temblorosos y el aura como un charco
agitado, nos causan desconfianza. Nos alejamos. No por miedo, sino por prudencia.
Y esos nombres ridículos… No tenemos nombre. Somos lo que somos. Nos reconocemospor esencia, no por etiquetas. Y cuando ustedes hacen esos ruidos: «mitzizi-mitzizi» o «cuchito-cuchito», no es que nos guste. Nos acercamos para que dejen de avergonzarse.
V. En la encrucijada del viento
Una tarde, aún en el sueño, sentí una perturbación. Una gata joven, herida, se había
arrastrado hasta la reja del jardín. Me acerqué. Le lamí la herida. Su aura temblaba. Ella me habló sin palabras. «Estoy muriendo, pero vine aquí. Quería despedirme en paz.»
La rodeé con mi cuerpo, sentí su dolor como una canción antigua. Y lloré. Lloré como gato. Lloré por ella. Por mí. Por los humanos que no ven nada. Esa noche dormimos juntos bajo la bugambilia, y cuando desperté —todavía en el sueño— ella ya no estaba.
El viento del amanecer traía su olor como un eco dulce.
VI. El regreso
Me desperté humano otra vez. El sol entraba tibio, y Mochito dormía en mi pecho.
Respiraba profundo, como si él también hubiese soñado. Me levanté en silencio. Por
primera vez, lo miré con respeto. No como a una mascota, sino como a un compañero quecamina entre mundos.
Ya no lo despertaría al moverme. Ya no lo llamaría con esos ruidos ridículos. Entendí que el amor verdadero —ese que es mágico y limpio— sólo puede darse si respetamos la dignidaddel otro, su misterio.
Empecé a dejarlo salir más seguido. Puse una caja con tierra del patio en su rincón favorito. Y cuando lo veía mirar al cielo, sabía que estaba viendo algo que yo jamás entendería del todo. Y eso está bien.
Porque hay cosas que no están hechas para ser comprendidas, sino para ser honradas.
“Desde entonces, cuando lo veo dormir, no pienso que es sólo un gato; pienso que, tal vez, él sigue soñando conmigo.”
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