
Cuando Diego nació, fue el último en salir de la camada, pequeño como una prieta
tibia. Su madre, una dachshund nerviosa y cariñosa, le lamió la cara como si supiera que
ese perrito en particular tendría más preguntas que respuestas.
Diego no tardó en enamorarse de los galgos. Cada domingo, su humana —una niña de 10
años con dientes chuecos y el alma cansada de ver perder a su padre— lo llevaba
escondido en su mochila a las carreras de perros.
Los galgos eran otra especie.
Corriendo, parecían cuchillos. Siluetas veloces. Bestias con nombres como Huracán Z,
Plata del Diablo o La Risa de Marte.
Diego, desde su lugar entre una bolsa de galletas y un pañuelo usado, los miraba con una
devoción casi religiosa.
—Yo voy a ser como ellos —se decía a sí mismo.
—Jajaja…Vas a ser más lento que una papa mojada —le decía un beagle viejo que olía a
trapo húmedo.
Pero él no escuchaba. Soñaba.
Cuando corría en el parque, lo hacía con el cuello estirado, las orejas al viento, como si la
falta de piernas largas fuera un error temporal.
—Cuando crezca —decía—, todo va a encajar.
Pero no creció.
Pasaron los meses. Y mientras los demás perros se estiraban y musculaban, él siguió
siendo un salchicha: paticorto, panza baja, adorable pero ridículo cuando corría.
Una tarde fría de junio, el padre de la niña apostó todo por un galgo negro llamado Apolo
Gris. Dijo que sería su redención, su salida del hoyo, su billete a la dignidad. Perdió por
media nariz.
Esa noche llovió y nadie habló en la casa. Diego se acurrucó con la niña. Ella lloró en
silencio, el llanto pegajoso de quien ya se acostumbró a perder.
—Ojalá fueras un galgo de verdad, Diego. Podrías salvarnos.
Diego se sintió por primera vez no suficiente.
Entonces ocurrió.
Un Pastor ingles anciano extraño —de pelaje gris y blanco y lo poco y nada que se veian
sus ojos mostraban una expresión triste como libros no leídos— apareció un martes en el
parque. Miró a Diego con atención y dijo:
—Hay algo que puedo darte. Puedes correr. Pero todo lo que se gana… se paga.
Diego no entendía, pero aceptó. Los salchichas, al parecer, también hacen pactos.
Esa noche, Diego soñó que corría.
Y al despertar, algo había cambiado.
Su cuerpo seguía siendo el mismo, pero cuando pisaba el suelo… volaba.
Las patas se movían como metrónomos furiosos, los arbustos quedaban atrás como humo.
Corrió frente a los galgos en una pista vacía y los pasó a todos. Los entrenadores se
quedaron sin palabras. Lo llamaron «Cometa Chico».
La niña reía. El padre volvió a apostar. Ganaron. Comieron pizza con extra queso.
Diego era famoso. Había algo casi grotesco en verlo correr: una salchicha con alma de
rayo.
Pero cada victoria traía una pérdida.
Primero fue su ladrido. Luego, su olfato. Después, el sabor.
Y una noche, al mirarse en un charco, no vio a un salchicha.
Ni a un galgo.
Vio una sombra sin forma. Algo que ya no sabía quién era.
Corrió por última vez una tarde anaranjada, con el viento cortando como cuchillo. Al cruzar
la línea final, no paró.
Siguió.
Y siguió.
Hasta que se hizo punto. Y luego, nada.
La niña lloró por días. El padre no volvió a apostar.
Se compraron un gato silencioso que dormía junto a la ventana.
Pero, algunos domingos, cuando el cielo está gris y la pista vacía…
algo corre.
No se ve.
No hace ruido.
Pero los galgos se inquietan.
Y algunos aseguran haber visto una pequeña sombra pasar, más rápida que cualquier
viento, más ligera que el alma de un perro feliz.
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