por Joan Britor
El alma de un niño es un abismo transparente y confuso donde los milagros más puros se trenzan, sin que él mismo lo sepa, con la semilla de la más espantosa crueldad humana. Yo tenía entonces unos siete años. Llevaba en el pecho esa fe absurda y luminosa de los seres que aún no han sido tocados por el verdadero cinismo del mundo; era un niño fantasioso, adicto a la idea de un hombre de acero que volaba sobre los cielos de Metrópolis para socorrer a los desvalidos. Creía, en mi candidez casi mística, que la bondad era una fuerza contagiosa y que incluso el corazón más empedernido podía redimirse si uno le ofrecía suficiente luz. Qué trágica, qué ridícula ilusión.
Las mañanas de viernes olían a tierra fresca y a libertad. Junto a Cristóbal —mi compañero de inocencia— y los hermanos del fondo del pasaje, Guillermo y Sebastián, construíamos pequeños circuitos de barro. Imitábamos carreras de vehículos a escala, modelando con las manos el suelo, creando tribunas imaginarias para un público invisible. Éramos felices. Pero la felicidad de los niños siempre está amenazada por la sombra de los adultos: la madre de Guillermo y Sebastián, una mujer de temple severo, los llamaba a rastras hacia el interior, aborreciendo esa tierra que para nosotros era la sustancia misma de la creación.
Cristóbal y yo buscábamos la trascendencia en la altura. Nos encaramábamos a los árboles, caminábamos por los tejados de hojalata del colegio vecino durante las vacaciones, creyendo ser sombras invisibles, guerreros celestiales. Hasta que la realidad irrumpió con la figura de un cuidador enfurecido. Huyendo en pánico, el techo cedió bajo mis pies. Caí. El aire abandonó mis pulmones en un golpe seco y absoluto; quedé tendido, paralizado, mirando al cielo mientras aquel hombre se acercaba a treinta metros con un garrote en la mano. ¿De dónde saca un niño moribundo la fuerza para ponerse de pie? No lo sé. Fue el puro terror a la aniquilación. Corrí, trepé la reja con las manos ensangrentadas y salté al otro lado, rozando los colmillos hambrientos de dos perros que custodiaban el abismo. La piel de mis palmas estaba reventada, el dolor era ardiente, pero estaba vivo. Ese día murió mi infancia sobre los tejados.
Luego llegaron ellos. Los tres hermanos Ulloa: Marcelo, Gonzalo y Mauricio. Venían precedidos por la ponzoña que salía de la boca de su madre, una mujer marchita que ahogaba su miseria en alcohol, ocultando su decadencia bajo pesados abrigos de piel y capas grotescas de maquillaje. Ella, con una sonrisa helada y un cigarrillo prendido en boquilla, le inyectaba a sus hijos el veneno del desprecio. Les enseñaba que eran de una estirpe superior, que los débiles debían ser pisoteados. Llamaba «babosos» a mis amigos y decretaba quién tenía derecho a respirar en aquel pasaje.
Mis amigos los temían, pero a mí, por una extraña perversión del destino, los Ulloa me profesaban una cierta simpatía. Yo, trastornado por mi fe en la salvación de las almas, me acercaba a aquella mujer para defender a mis compañeros. Le hablaba de lo inteligentes que eran. Ella, con una astucia diabólica, tomaba mis propios argumentos para demostrarme la supuesta estupidez del mundo. Yo quería salvarlos; quería demostrarles que el bien existía.
La grieta definitiva ocurrió una tarde. Fascinado por el maquillaje de la banda Kiss —particularmente por la figura demoníaca de Gene Simmons—, usé los cosméticos de mi madre para pintarme el rostro. Al sonar el timbre, me asomé esperando causar admiración. La respuesta fue una carcajada de burla e incomprensión. «¡Maricón! ¡El guatón de cuarenta kilos se cree mujer!», gritaron. El apodo que me estigmatizaba resonó con la fuerza de una condena. Me limpié el rostro con vergüenza, buscando recuperar su afecto, pero me cerraron la puerta en la cara. Cuando la madre me hizo pasar a su sala, entre el humo de su cigarro, no encontré comprensión, sino la confirmación de su doctrina: la diferencia era un delito que debía ser castigado.
A partir de entonces, el pasaje se convirtió en un purgatorio. Lo que siguió no fue un simple juego de niños, sino una manifestación sistemática del mal en su estado más puro. Me golpeaban en el estómago, me pellizcaban camino al colegio, nos arrojaban piedras y terrones cuando intentábamos jugar. Un día, armados con varas de rosal, me azotaron en la calle. Me defendí golpeando al menor en el rostro; la respuesta de la madre fue expulsarme a gritos, acusándome de monstruo por haber defendido mi propia carne.
El clímax de esta tragedia ocurrió el día de la cuerda. Intentando emular algún juego, Cristóbal quedó atrapado a mitad de altura, atado por la cintura. Atrapado e indefenso, se convirtió en la víctima perfecta. De la esquina aparecieron los tres hermanos armados con palos de escoba, al grito miserable de «¡Piñata amarilla!». Comenzaron a apalear a mi amigo mientras él lloraba desconsolado, colgado en la nada. La impotencia me desgarró el alma. Bajé a enfrentarlos. Recibí palos en la cabeza, en el cuerpo, en el cuello hasta perder nuevamente el aliento. Poseído por una rabia sagrada, logré golpear a Gonzalo en los labios, haciéndolo sangrar, antes de que el hermano mayor me derribara de un garrotazo salvaje.
Mi ingenuidad era tan profunda que, días después, creyendo aún en la posibilidad de la reconciliación, fui a buscar a los hermanos para pedirles paz. Me recibieron con una celada. Me llevaron al pasaje de al lado, me acorralaron contra el suelo y, mientras me golpeaban las manos con las que me cubría el rostro, me arrastraron por las escaleras del edificio. Allí, en la penumbra del segundo piso, los dos mayores me sujetaron los brazos contra el cemento. Marcelo sacó un limón y comenzó a estrujar el jugo ácido directamente dentro de mis ojos abiertos. «¡Te voy a quemar los ojos, guatón de cuarenta kilos!», gritaba con una frenesí demoníaco. El dolor era un fuego líquido abrasándome la vista. Fue la voz atronadora de un vecino, un hombre severo con aspecto de vikingo, lo que ahuyentó a las alimañas.
Mi padre bajó, les quitó los palos y encaró a la madre. Como era de esperarse de aquella alma corrompida, no hubo disculpas ni remordimiento. Poco después, el barrio los expulsó con su desprecio silencioso y se mudaron.
La vida, sin embargo, tenía guardado su golpe más severo. Pocos meses más tarde, mi padre falleció repentinamente de un ataque al corazón. En plena misa fúnebre, mientras mi alma se ahogaba en el dolor más negro, vi pasar a los hermanos Ulloa por la entrada del templo. Al verme desconsolado, se burlaron entre susurros: «Ahora es huérfano el guatón de cuarenta kilos». En ese instante comprendí que hay seres en este mundo que nacen con la sombra incrustada en la médula, inmunes a cualquier destello de piedad.
Muchos años después, el destino —que tiene un sentido de la ironía bastante amargo— me cruzó frente al mayor de ellos en una calle cualquiera. El tiempo había hecho su trabajo: yo había crecido, el niño obeso había desaparecido, y él era ahora una cabeza más bajo que yo. Al saludarlo y preguntarle si me recordaba, vi el temblor en sus ojos, la vacilosa cobardía del antiguo victimario al descubrirse vulnerable. Me limité a sonreír, dejándole ver que leía su miedo, y me alejé sin decir más.
Nunca más volví a verlos. Y acaso sea lo mejor. Fueron ellos, en su miserable crueldad, quienes me arrancaron la venda de los ojos y me mostraron, para siempre, el abismo oscuro y helado que habita en la naturaleza humana.
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