Por Joan Britor
El primer pensamiento no fue de dolor. Fue de incredulidad.
Durante un instante creyó que alguien estaba representando una escena absurda para gastarle una broma. El viento seguía golpeando la pared de roca con la misma violencia de unos segundos antes. Las cuerdas colgaban inmóviles. El cielo era de un azul insultantemente limpio.
Y él estaba de pie. Respirando. Sin un rasguño. Apenas tardó unos segundos en comprender por qué el silencio de sus amigos era tan extraño.
Ellos no lo estaban mirando a él. Miraban algo tendido varios metros más abajo, sobre una saliente de piedra. Un cuerpo. Su cuerpo.
Descendieron como pudieron, improvisando anclajes entre grietas. Uno gritó que llamaran a rescate. Otro buscó desesperadamente una ruta para bajar más rápido. Su novia cayó de rodillas antes siquiera de llegar junto al cadáver.
Él quiso correr. Quiso decirles que estaba bien. Quiso abrazarla. Su mano atravesó el hombro de uno de sus compañeros como si ambos pertenecieran a realidades distintas.
Entonces vio el cuello. No era una herida sangrienta. Era peor. Estaba doblado en un ángulo imposible. Sintió un terror tan absoluto que no encontró pensamientos para describirlo. Sólo una certeza.
Estoy muerto.
No hubo trompetas. Ni oscuridad. Ni un juicio. Sólo un miedo inmenso observándose a sí mismo desde fuera.
Su novia lloraba con una intensidad que jamás le había visto. No era un llanto elegante. Era un sonido animal. Como si el cuerpo supiera una verdad que el lenguaje no podía expresar.
Uno de los escaladores intentó cubrir el cadáver con una manta térmica. Otro se quedó inmóvil, incapaz de apartar la vista.
Él quiso recordar qué debía ocurrir después. Toda la vida había escuchado historias. Experiencias cercanas a la muerte. Luces. Ángeles. Parientes fallecidos. Almas. Nada.
Alguna de ellas debía empezar en cualquier momento. Pero el tiempo seguía avanzando con una normalidad ofensiva.
Hasta que la sintió. No llegó desde ninguna dirección. Simplemente comenzó a estar. Era una presencia.
No irradiaba luz. No hablaba. No imponía paz. Sólo acompañaba.
Entonces adquirió un rostro. El de su abuelo. El mismo gesto tranquilo con que lo esperaba cuando era niño después del colegio. Sintió un alivio inmenso.
—Abuelo…
La figura sonrió. No respondió.
Un instante después el rostro cambió. Ahora era su tío. Después el de un amigo de infancia muerto en un accidente de tránsito cuando ambos tenían dieciséis años.
Luego fue todos ellos al mismo tiempo. Y ninguno.
Comprendió que los rostros no pertenecían a aquella presencia. Pertenecían a su memoria. Era su mente intentando ponerle cara a lo desconocido. Y esa comprensión, extrañamente, lo tranquilizó.
La montaña comenzó a alejarse. No porque él se moviera. Era el mundo el que perdía consistencia. Los gritos se volvieron lejanos. Después desaparecieron.
Sólo quedó aquella presencia. Y entonces apareció el túnel.
No surgió delante de él. Surgió como una evidencia. Una inmensa columna de claridad que parecía prometer descanso.
No necesitó pensar para recordar. Había leído sobre aquello. Libros. Documentales. Testimonios. La famosa luz. El paso hacia…
¿Hacia dónde?
Y fue entonces cuando otro recuerdo irrumpió con la fuerza de una alarma. Los gnósticos. Años atrás había leído que algunos grupos antiguos consideraban la luz una trampa. Que el mundo material era una prisión y que ciertas entidades mantenían el ciclo del sufrimiento engañando a las almas para que regresaran.
No recordaba los detalles. Nunca profundizó demasiado. Pero la idea seguía allí. No entres. Si entras, volverás.
Casi al mismo tiempo apareció otra voz. No una voz real. Un recuerdo. El budismo. El samsara. El ciclo interminable del nacimiento y la muerte. Después el hinduismo. Maya. La ilusión.
Luego el cristianismo de su infancia. La luz era Dios. El cielo. La casa del Padre. Las ideas comenzaron a chocar unas con otras.
Si avanzaba hacia la luz… ¿Y si era una trampa?, Si se alejaba… , ¿Y si rechazaba aquello que durante siglos millones llamaron salvación?,
Quiso reír.
Toda una vida. Cuarenta años. Y había dedicado más tiempo a comparar teléfonos móviles que a comprender las ideas sobre la muerte que tanto le fascinaban cuando era joven.
Ahora ya era tarde. No podía volver a una biblioteca. No podía llamar a un experto. No podía contrastar fuentes.
La muerte había llegado sin conceder tiempo para revisar las notas.
Retrocedió. No porque estuviera convencido. Porque dudaba. La luz permaneció inmóvil. No insistía. No perseguía. Simplemente existía.
Mientras él se alejaba, comenzó a desaparecer todo. Primero la claridad. Después la montaña. Luego la presencia que había tomado los rostros de sus seres queridos.
Quedó solo. No en oscuridad. En otra cosa. Era difícil llamarla vacío. Porque el vacío todavía supone un lugar donde falta algo.
Aquello no parecía carecer de nada. Simplemente no contenía nada. No había arriba. Ni abajo. Ni distancia. Ni tiempo. Ni temperatura. Ni color. Ni sonido.
Pensó.
O creyó pensar. «¿Esto es el limbo?», La pregunta no recibió respuesta. «¿Estoy esperando?», Tampoco. «¿Tomé la decisión equivocada?», Nadie respondió.
Entonces comprendió algo inesperado.
En aquel lugar tampoco existía la angustia.
Había miedo. Al principio. Pero el miedo necesita un cuerpo, un pulso acelerado, Una respiración, un estómago contraído. Sin cuerpo, el miedo era apenas un recuerdo de sí mismo. Poco a poco también desapareció.
Quedó únicamente la pregunta. ¿Qué ocurre ahora?
Nada. Literalmente. Nada.
Intentó observar. Pero observar requiere algo que observar.
Intentó escuchar. El silencio tampoco existía. Porque el silencio necesita un sonido ausente. Aquello era anterior incluso al silencio.
Intentó recordar. Su madre. La primera bicicleta. El olor de la lluvia. El primer beso. La universidad. La montaña. Su novia.
Los recuerdos aparecían. Y luego se deshacían.
No porque alguien se los quitara. Porque comenzaban a perder importancia.
Pensó otra vez en los gnósticos. Quizá tenían razón. Después pensó que quizá la tenían los cristianos. Después los budistas. Después los materialistas.
Y entonces comprendió el absurdo. Seguía intentando resolver un debate de los vivos. Todas aquellas teorías habían nacido al otro lado. Entre personas que respiraban. Que discutían. Que escribían. Que necesitaban significado.
Allí no había discusión posible. No porque existiera una respuesta definitiva.Sino porque la pregunta empezaba a desmoronarse.
¿Cuánto tiempo pasó?
No lo supo. El tiempo pertenecía al mundo que había dejado atrás. Intentó contar. Uno. Dos. Tres. Los números perdieron sentido. No había antes. No había después.
Sólo una permanencia imposible de medir.
Comprendió que toda la vida había imaginado la muerte como un acontecimiento. Algo que sucede. Ahora intuía otra posibilidad. Tal vez la muerte no sucede. Tal vez simplemente cesa aquello que necesitaba los acontecimientos.
Buscó nuevamente la luz. No estaba.
Buscó la presencia. Tampoco.
No porque se hubieran ido. Porque ya no existía un «allí» donde buscarlas. Sintió una punzada de arrepentimiento. O algo parecido.
¿Y si había rechazado el cielo?, la idea duró apenas un instante. Después también desapareció. Incluso el arrepentimiento requiere una historia. Y las historias empezaban a perder sus bordes.
Recordó una conversación con un profesor de filosofía.
—Ningún mapa es el territorio.
En aquel entonces la frase le pareció ingeniosa. Ahora comprendía otra cosa. Las religiones eran mapas. La ciencia era un mapa. El ateísmo también. La espiritualidad. La metafísica. Los testimonios.
Todos intentaban dibujar una costa que nadie podía recorrer mientras seguía vivo. Y él…, él ya no estaba donde se dibujaban los mapas. Había llegado al territorio.Con un único problema.
El territorio no hablaba.
La primera pérdida importante no fue un recuerdo. Fue su nombre. Intentó pronunciarlo. Las sílabas aparecieron borrosas, después dejaron de significar algo. Comprendió que el nombre sólo era útil cuando alguien podía llamarlo, allí nadie llamaba.
Después desapareció el rostro de su novia. No de golpe. Primero olvidó el color exacto de sus ojos. Luego la forma de su sonrisa. Más tarde el sonido de su voz. No sintió tristeza. La tristeza también requiere contraste.
Allí no había comparación posible. Sólo una lenta disolución.
Comprendió entonces la última ironía. Toda su vida había buscado certezas. Había leído sobre experiencias cercanas a la muerte esperando que alguien regresara con respuestas.
Había comparado doctrinas. Subrayado libros. Escuchado conferencias. Había querido preparar el examen final.
Y descubría demasiado tarde que la muerte no era un examen. No había respuestas correctas. No había premio por recordar una doctrina. No había castigo por olvidar otra. La muerte no necesitaba tener razón. Sólo era inmensamente más grande que todas las preguntas.
Algo seguía desvaneciéndose. No el espacio. No el tiempo. Él. O aquello que todavía insistía en llamarse «yo».
No era doloroso. Era semejante a ver una palabra repetirse tantas veces que termina perdiendo significado.
Yo. Yo. Yo.
Hasta que sólo queda un sonido extraño. Después ni siquiera eso.
Intentó formular una última pregunta. No supo cuál. Todas parecían necesitar un sujeto. ¿Quién pregunta?, No encontró respuesta. ¿Quién observa?, Tampoco.
La conciencia comenzó a parecerse a una gota de tinta disolviéndose en un océano donde jamás había existido el color. No había violencia. No había paz. Esas palabras pertenecían a otra clase de experiencia.
Aquello era simplemente…, menos.
Lo último que desapareció fue una intuición. No una idea. Una intuición.
Comprendió que quizá los seres humanos no inventaban religiones para explicar la muerte. Las inventaban para poder seguir viviendo. Sonrió. O recordó haber sonreído alguna vez. Después también olvidó qué era sonreír.
Las palabras comenzaron a perderse. Primero las largas. Luego las breves. Después los conceptos. Finalmente quedó apenas una percepción imposible de nombrar.
No era luz. No era oscuridad. No era existencia. No era inexistencia. Era aquello para lo que ningún idioma había encontrado una palabra. Y cuando incluso esa necesidad de nombrarla desapareció…, ya no quedó nadie capaz de decir que algo había terminado.
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