por Joan Britor
En lo alto del altiplano chileno, donde el sol cae como fuego sobre la pampa y el
viento silba historias antiguas entre las piedras, existe un pueblo que no aparece en los
mapas. Los lugareños dicen que es porque el corazón no se dibuja con coordenadas. Se
llama Aylluma, un nido de adobe, cantos y llamas, suspendido entre el cielo y la tierra.
Allí vive Nayra, una niña de unos diez años con ojos demasiado grandes para
guardar tanta curiosidad. Sus trenzas siempre están desordenadas, y sus bolsillos llenos de piedritas, hojas secas, papelitos con dibujos extraños y una brújula rota que le dejó su
abuela.
Nayra no era una niña común: soñaba de día, escribía cuentos de noche y hablaba
con los zorros del cerro. Donde otros veían piedras, ella veía guardianes dormidos. Donde otros veían viento, ella escuchaba canciones.
Pero sus padres, como muchos en Aylluma, ya no creían en canciones. Trabajaban
de sol a sol en el pequeño centro de acopio de quinua, y sus rostros eran siempre serios,
más atentos al reloj que a los juegos de su hija. Su madre, Marta, antes solía cantar
mientras cocinaba, pero ahora solo murmuraba cuentas mentales. Su padre, Tomás, alguna vez dibujó cometas, pero ahora solo hacía listas de cosas por hacer.
Nayra extrañaba a su abuela, Mamá Kusi, que había muerto el año anterior. Ella sí
recordaba. Ella le contaba cuentos de montañas vivas y estrellas que lloraban por amor.
Fue ella quien le habló por primera vez de Ño Carnavalón. Cada año, cuando la estación de lluvias se retira y la tierra se abre en sonrisas verdes, los habitantes de Aylluma celebran el Carnaval. No es una fiesta cualquiera. Es una danza que despierta a los muertos, una música que atraviesa los huesos de la tierra y los
hace vibrar con alegría. Y en el centro de todo está él: Ño Carnavalón.
Nadie sabe exactamente cuándo nació Ño Carnavalón. Algunos dicen que fue tejido
con retazos de los primeros sueños que los abuelos trajeron desde tierras lejanas. Otros
creen que es el eco del espíritu del altiplano, encarnado por unas semanas al año para
recordarles a los humanos que la alegría también es un derecho.
Ño Carnavalón es un muñeco enorme, de rostro burlesco y cuerpo abultado, vestido
con ropas de colores imposibles. Pero no es solo un muñeco, en Carnaval, él es el Rey. Su
llegada se anuncia con danzantes, bombos, flautas de pan y diablos coquetos. Lo
desentierran de un sitio sagrado en las afueras del pueblo y lo alzan entre cantos, como si de un santo se tratara.
Durante los días del Carnaval, lidera las comparsas, come en todas las casas, ríe en todos los labios. Y al terminar la fiesta, lo entierran de nuevo, con lágrimas y promesas de un nuevo reencuentro.
Lo que casi nadie sabe, salvo los niños muy atentos y los ancianos que ya no tienen
miedo de parecer locos, es que Ño Carnavalón vive. No como los humanos, claro. Su
corazón late al ritmo de los tambores, y su mirada cobra vida cuando las risas de los niños lo alcanzan. Habita en un tiempo suspendido, entre el mundo de los vivos y ese otro mundo que a veces se cruza en los sueños.
Y alguien más lo sabía.
Un día, un viajero llegó a Aylluma. Venía de muy lejos, con una capa tejida con hilos
de viento y polvo de estrellas. Tenía el cabello largo, como raíces, y sus ojos eran espejos
en los que uno se podía perder o encontrar. Nadie sabía su nombre real, pero los niños
comenzaron a llamarlo el Mago Tirista, porque jugaba con hilos invisibles y creaba
marionetas de humo que danzaban como si tuvieran alma.
El Mago Tirista observaba en silencio. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, su
voz era como una campanilla entre las piedras. Llegó justo el día en que desenterraban a
Ño Carnavalón. Se mezcló con la multitud, comió sopaipillas y bebió chicha morada. Pero mientras todos celebraban, él escuchaba.
Escuchaba el murmullo de la tierra al abrirse. El suspiro que Ño Carnavalón emitía al
despertar. El crujir de los hilos que lo unían al pueblo entero.
—Este muñeco no es solo un símbolo —dijo una noche, mientras el fuego bailaba—. Es un servidor de magia. Un antiguo. Está atado al corazón de esta comunidad. Nadie lo entendió del todo. Pero algunos niños se acercaron, curiosos. Nayra, que
había seguido al Mago desde la plaza, estaba entre ellos.
—¿Puede hablar? —preguntó ella, con su brújula en mano.
—Sí —respondió el Mago—, pero sólo en silencio.
Durante los días del Carnaval, Tirista observó cómo Ño Carnavalón absorbía penas,
transformaba las rabias en carcajadas, y tejía lazos entre los corazones rotos.
En una de las noches más intensas, cuando los diablos danzaban con fuego y el aire sabía a estrellas, el Mago lo vio claramente: los hilos. Hilos dorados, sutiles, conectando a Ño Carnavalón con cada alma del pueblo. Y no solo eso. En el extremo de esos hilos había emociones, tristeza, soledad, deseo, miedo, y también alegría, esperanza, ternura.
Ño Carnavalón tejía comunidad.
Pero Tirista también notó algo más, un nudo. Un hilo oscuro que serpenteaba bajo
tierra y que nadie parecía ver. Un hilo de olvido. Nayra lo sintió también. Una noche, mientras todos dormían, siguió al Mago hasta la quebrada. Él tocó la tierra, murmuró palabras que parecían canciones tristes.
—Hay algo que quiere despertar —dijo—. Algo que no debe.
—¿Qué es? —preguntó Nayra.
—El Olvido. El verdadero. Aquel que no permite recordar quiénes somos.
Resulta que hace mucho, mucho tiempo, antes de que Ño Carnavalón fuera rey de
las fiestas, existía otro espíritu en el altiplano. Se llamaba Kara Wara, el que devora las
memorias.
Era una sombra que se alimentaba del cansancio de los adultos, del desinterés,
de la rutina. Hacía que los mayores olvidaran cómo reír, cómo bailar, cómo mirar a los niños a los ojos. Fue Ño Carnavalón quien lo durmió hace siglos, escondiéndolo bajo danzas y tambores.
Pero ahora Kara Wara se agitaba. La fiesta comenzaba a agotarse. La gente
bailaba, sí, pero ya no creía. Repetían los pasos, pero no escuchaban los cantos. El espíritu de la fiesta estaba en peligro.
—Hay que fortalecer a Ño Carnavalón —dijo Tirista—. O esta será la última vez que
despierte.
—¿Qué puedo hacer yo? —preguntó Nayra.
—Tú todavía ves los hilos.
Nayra reunió a los niños del pueblo. Contaron historias a Ño Carnavalón. Le llevaron
dibujos, cantaron nuevas canciones. Bailaron danzas inventadas. Lo miraron con amor
verdadero. Y algo en el aire cambió.
Ño Carnavalón comenzó a brillar.
La última noche del Carnaval, Kara Wara se manifestó. No como un monstruo. No.
Fue más sutil. Apareció como un bostezo colectivo, una desgana. Como padres que decían «mañana» cuando sus hijos querían bailar. Como abuelos que apagaban la radio para descansar. Como adultos que ya no soñaban.
Pero entonces los niños se pusieron de pie. Nayra al frente. Sacaron sus
instrumentos, sus voces, sus colores. Y Ño Carnavalón bailó como nunca. Sus pasos
hicieron temblar la pampa. Sus carcajadas llenaron el cielo. Y el Olvido fue vencido, una vez más.
Esa noche, el Mago Tirista se fue, dejando en la plaza un telar invisible de hilos
dorados, como un conjuro para el año siguiente. Nadie lo vio partir, excepto Nayra, que
encontró entre las piedras una marioneta de viento con su rostro.
Ño Carnavalón fue enterrado de nuevo, con más amor que nunca. Y aunque algunos
adultos aún bostezaban, los niños sabían que él volvería. Siempre que el corazón lo
llamara.
Porque en Aylluma, cada Carnaval no solo se celebra: se defiende. Se canta. Se
recuerda.
Y mientras Ño Carnavalón exista, el olvido nunca ganará del todo.
Deja un comentario