por Joan Britor
Al principio, todo era claro. Un hijo amado. Un hogar pequeño, lleno de esperanza y leche tibia. Y dos adultos jóvenes aprendiendo a amar con menos miedo.
El niño era hermoso. Y no como lo dicen las madres para consolarse. Era hermoso de verdad. Parecía llevar siglos en la mirada, aunque apenas decía “mamá”.
La familia lo adoraba. La madre decía que era igual a la abuela.El padre decía que no, que era de luz nueva, recién tejida por el universo para equilibrar algo antiguo.
La casa olía a café, a peluche mordido y a humedad de baño. Un departamento en un primer piso. Nada raro. Hasta la noche de la Hora del Reverso.
Eran las 3:03. El padre despertó sin saber por qué. Pero lo supo en el pecho.
Algo lo llamaba.
El pasillo. La pieza del niño.
Se incorporó, pero no del todo. Porque la realidad se había torcido. Podía verla doble, como una piel sobre otra.
Del lado nuevo, flotaba una figura. Humana, pero no. Y su sonrisa…
esa sonrisa no pertenecía a este mundo.
El hombre intentó avanzar. El pasillo se hizo más largo con cada paso.
Y entonces vinieron los azules. Pequeños. Como niños no nacidos.
Con ojos tristes y bocas que no emitían sonido. Se colgaban de sus brazos, sus piernas, su cuello. Lo amaban, pero no lo dejaban avanzar.
Él gritó, o creyó hacerlo. Pero su voz no era suya. Era más grave. Como si hablara con todas las piedras del cementerio en la garganta.
La madre se despertó también. Pero en su realidad no había figuras ni sombras.
Solo un pasillo. Y su marido caminando torpemente, murmurando cosas que helaban la sangre.
—¿Hay alguien en la casa? —dijo. Nadie respondió. Solo pasos. Y un llanto.
El llanto. El llanto del niño.
La abuela, que dormía en la pieza del fondo, despertó por el eco de ese sonido extraño.
Salió de su cama. Y lo vio.
El hombre del sombrero. Inmóvil, una sombra al fondo del pasillo. Los ojos como almendras encendidas. Un par de destellos rojos que sangraban sin mojar.
Ella no gritó. Solo murmuró algo. Y se persignó como lo hacía su abuela en los funerales.
Los padres entraron a la pieza. El niño estaba en el suelo. Lloraba. Pero ileso.
—¿Cómo bajó de la cuna? —preguntó la madre.
—No bajó —dijo el padre—. Lo bajaron. La madre no entendió. El padre tampoco.
La habitación parecía normal. Pero las paredes… tenían latidos.
El padre tomó al niño. Se sentó en la cama. El mundo se hizo neblina.
Y comenzó a desvanecerse hacia atrás. Como si alguien tirara de su sombra.
La madre corrió. Le arrebató al niño.
Y fue entonces que el padre vio la figura borrosa. Tomando al niño por los tobillos.
Tirando. Como si lo reclamara.
—Amor, soy yo —dijo la figura. Con una voz de ceniza.
El padre gritó. O pensó que lo hizo.
Volvió en si.
Se arrastró de vuelta a este mundo. La madre tenía al niño en brazos. La abuela estaba en la pieza. Todo parecía calmo.
Pero no lo estaba.
Porque el pasillo aún no se había vaciado.
El padre se levantó. La sombra con sombrero seguía ahí. Observando. Respirando en silencio.
Y algo en él dijo: “Ya lo conoces.”
Corrió hacia la sombra. No con valentía. Sino con el miedo que ya no cabe dentro del pecho. Y recordó. Cuando tenía seis años
Tres sombras. Un living en la noche. Un sombrero. Un trato no hecho pero ofrecido.
Ahora, el trato parecía volver.
¿Lo entendió? No.
¿Fue un sueño? Tampoco.
Solo sabe que entre el cielo y la tierra hay más de lo que deberíamos ver. Y que algunos, por accidente o destino… abren la puerta equivocada.
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