En el Café de los Lunes Tristes

por Joan Britor

Fue un lunes. Lunes como esos que parecen arrastrar la mugre de todos los
domingos vacíos. Llovía con desgano, como si hasta el cielo estuviera harto de fingir dramatismo. Yo había discutido con la última mujer que toleraba mis sarcasmos y vuelto a dormir con una botella de tinto barato abrazada a la costilla. Cuando desperté, necesitaba café y redención en partes iguales.

Así llegué al Café de los Lunes Tristes, una esquina escondida en el casco viejo de La Serena, con olor a café de verdad y moho filosófico. Lo regentaba un viejo llamado Tobías, que juraba haber sido croupier en Las Vegas y monje en Tíbet. Nunca le creí. Pero sabía preparar café como si estuviera salvando almas.

Ese día, había un tipo sentado en mi mesa. La mía. Nadie la tocaba. Era una
especie de regla tácita que todos respetaban, incluso Tobías. Pero ahí estaba él: túnica gris, barba como de película bíblica, mirada limpia como agua recién nacida. No hacía nada. Solo me miraba.

—Buenos días ¿Puedo sentarme? —pregunté, aunque no esperaba su permiso.

—Claro —dijo él—. Hace tiempo que quería hablar contigo.

Me reí. No de forma amable. Más bien de esa manera en que uno se defiende del delirio ajeno.

—¿Nos conocemos?

—Depende de ti. Algunos me conocen desde niños. Otros nunca me ven, aunque me tengan en los brazos.

—Genial —dije—. Otro loco místico. ¿Vienes a salvarme?

—No —dijo, sorbiendo su café—. Vine a preguntarte por qué no crees.

Ahí lo miré bien. No era loco. Tenía esa calma que solo he visto en los tipos que han perdido todo y, sin embargo, siguen sonriendo. Pero no parecía derrotado. Tenía poder. Uno extraño. Como si al parpadear pudiera hacer que el mundo se desdoblara.

—No creo porque es ridículo. Porque no hay evidencia. Porque cada guerra, cada cáncer infantil, cada mujer asesinada por su esposo demuestra que si hay un dios, es un maldito incompetente. Y si no hay, todo tiene más sentido.

Él asintió. No discutió.

—¿Y la belleza? ¿La música? ¿El sabor del café cuando estás solo y herido? ¿Eso
tampoco cuenta?

—Eso es biología y dopamina. Un accidente afortunado. Un destello inútil antes del apagón.

—¿Y no es eso, justamente, lo que vuelve todo sagrado?

Me molestó. No sé por qué. Quizás porque hablaba como quien no necesita convencer.

—¿Quién eres tú? —le pregunté.

—Jesús.

Casi escupo el café. Pero había algo en su voz. No era teatral. No era irónica. Era como decir: soy panadero, soy profesor, soy tu padre cuando fuiste niño.

—No puedes ser Jesús. Jesús está muerto. O es un invento. O está demasiado ocupado en memes.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

—¿Por qué yo?

—Porque no dejas de buscarme.

Ahí me quedé en silencio. Porque era verdad. Bajo cada chiste cínico, cada libro de ciencia, cada conversación con otros escépticos en bares oscuros, había una parte de mí que rogaba estar equivocado. Que quería creer. Solo que no sabía cómo.

—No quiero tener fe. Quiero saber. Demuéstrame algo.

Jesús apoyó su taza. Miró por la ventana.

—¿Ves ese perro callejero? —preguntó.

Asentí. Estaba temblando bajo la lluvia, buscando refugio.

—Ve y abrázalo.

—¿Qué?

—Ve y abrázalo.

—Está sucio. Puede morderme.

—Exacto.

No entendí nada. Pero fui. Crucé la calle, me mojé, abracé al perro. Lloró. No lo digo como metáfora. Lloró. Se me pegó al pecho como si yo fuera su casa perdida. Volví al café empapado, con el perro en brazos. Él me esperaba.

—Eso es fe —dijo—. Hacer algo aunque no entiendas por qué. Aunque te pueda herir. Aunque no lo merezcas.

Me senté. No dije nada. El perro se quedó a mis pies.

—No quiero que creas en mí como en una fórmula —continuó—. Quiero que me busques en los gestos, en los silencios, en las contradicciones. No estoy en el cielo ni en las iglesias. Estoy en ti. Siempre lo he estado.

—Pero el mundo…

—Sí. Es un desastre. Por eso vine.

—¿Y qué hacemos con tanto dolor?

Jesús se inclinó. Me tocó el pecho.

—Lo llevamos. Y lo compartimos. Hasta que se vuelva otra cosa.

En ese momento, lo entendí todo. Y al mismo tiempo, nada. Pero sentí paz. Una que no venía del café ni del perro ni del delirio. Era otra cosa.

Porque quise volver al día siguiente. Para seguir hablando. Pero Tobías me miró raro.

—¿Con quién dices que hablaste?

—Con el tipo que estaba aquí. Túnica gris. Barba. Jesús.

Tobías se rió.

—Estuviste solo, hermano. Hablando solo. Pero parecías feliz. Hasta abrazaste a ese perro asqueroso.

Miré la mesa. Vacía. Pero olía a mirra. Y a café recién hecho.

Desde entonces, hablo solo más seguido. Pero siempre con una taza delante. Y cuando alguien se me sienta al frente, le pregunto: ¿por qué no crees?

A veces, uno contesta. Y a veces, escucho una voz familiar, que me dice:

—Estoy aquí. En ti. En cada lunes triste.

Fin.

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Soy Joan Britor

Bienvenido, viajero de mundos invisibles.

Has cruzado un umbral, aunque no lo sepas. Este no es un simple blog, ni un rincón cualquiera de internet. Este es El Refugio de Joan Britor, un lugar donde las palabras cobran vida, las sombras susurran secretos antiguos y los cuentos tienen más de verdad que las noticias del día.

Aquí se entrelazan relatos nacidos de la niebla, fragmentos de sueños perdidos y experimentos literarios que desafían la lógica. Hay puertas que solo se abren si sabes escuchar, mapas que se dibujan a medida que los recorres, y criaturas que existen solo cuando se las nombra.

Si alguna vez te has sentido extraño en tu propio mundo, si te atrae lo que se esconde bajo la superficie de lo cotidiano, si sospechas que la magia aún respira entre nosotros… entonces estás en el lugar correcto.

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