Ignacio Álvarez encendió la vela negra con manos temblorosas, sus dedos
manchados de tinta, café frío y la desesperación que sólo conoce quien ha rozado la
indigencia emocional.
La habitación estaba plagada de símbolos dibujados con marcador rojo sobre el parqué de un departamento prestado, en la calle Brasil con Cantournet en la ciudad de La Serena. Afuera, las gaviotas gritaban su canto invernal, como si presintieran lo que estaba por abrirse.
En la pared, su reflejo en la ventana mostraba a un hombre envejecido por la culpa.
Era joven aún, cuarenta y cuatro, pero sus hombros estaban vencidos, como si sostuvieran no sólo deudas, sino toda la tristeza de los domingos sin hijos.
Su esposa, Eli, se había ido tres meses atrás. Lo hizo en silencio, empaquetando su
rencor con el mismo cuidado con que se lleva un jarrón heredado. Se llevó a los niños,
Carlos y Benjamin, con la promesa ambigua de una mejor vida. “No es por ti, es por lo que ya no podemos ser”, le dijo. Una línea tan pulida que dolía como una piedra bajo la lengua.
Tiempo atrás, Ignacio fue psicólogo con consulta propia, voz amable y citas llenas.
Tenía principios, ética y una biblioteca envidiable. Pero los principios no pagan colegios
privados ni el gas en invierno. Cuando la pandemia azotó, sus pacientes se evaporaron
como el vapor del hervidor cuando aún había té.
Entonces vinieron las deudas. La línea de crédito. El avance en efectivo. La clase
media viniéndose abajo como un telón viejo. “Papá, ¿por qué ya no vamos al cine?”,
preguntó Benjamin una tarde. Ignacio no supo qué responder. La vergüenza le supo a
óxido.
Fue en esa oscuridad donde encontró los libros. O ellos lo encontraron a él.
Phil Hine. Peter J. Carroll. Magia del Caos. No creía en nada antes de eso. Pero lo
leyó todo: Condensador de intención. Sigilo. Servidores. La idea de que la realidad era
moldeable si uno aprendía a hablarle en el idioma correcto. El universo no respondía a
súplicas, sino a símbolos. Ignacio era un hombre roto. Un hombre roto es un canal perfecto para lo incomprensible.
Así que esa noche, en el centro exacto del sigilo dibujado con sal y agua, nombró a
su creación: Aurgelmir. Una figura grotesca de proporciones inestables, hecha de los
recibos de deuda triturados y el contrato matrimonial quemado. Le ofreció el símbolo y su sangre. “Tráeme abundancia”, susurró.
Nada ocurrió. Al menos no al principio.
Tres semanas después, Ignacio ganó un concurso de cuentos que no recordaba
haber enviado. Trescientos mil pesos. Luego, una editorial le ofreció publicar un libro
académico viejo, por el que recibió dos millones. Luego, un amigo le ofreció entrar como
socio en un negocio inmobiliario.
El dinero comenzó a fluir.
No como una catarata, sino como una vena rota: constante, incontrolable.
Ignacio se mudó a un departamento frente al faro. Vestía bien. Compró un auto
eléctrico. Le mandaba dinero a sus hijos cada mes, pero Eli seguía sin responder sus
mensajes. Leía los textos pero no decía nada. Eso dolía más que el abandono.
Cada vez que recibía dinero, Ignacio encontraba en su departamento una pluma
negra. Siempre en el mismo lugar. Sobre la almohada. Nunca más, nunca menos.
Y cada vez, tenía sueños más extraños. Sueños donde Aurgelmir se alimentaba. No
de él, sino de fragmentos de su vida que desaparecían como fotografías sumergidas en
ácido.
Primero olvidó la voz de su madre. Luego, el rostro de su primer amor. Después, el
nombre de su mejor amigo de infancia. Cosas pequeñas, al principio.
Una noche fue a visitar a su hijo mayor en secreto, viéndolo salir del colegio. Carlos
no lo reconoció. Le dijo: “Perdón, señor”, y pasó de largo. Ignacio corrió tras él, gritándole, pero Carlos lo miró como si estuviera loco.
Volvió a casa y encontró tres plumas.
Comenzó a investigar. Volvió a los libros de Hine. Releyó a Carroll. Supo lo que
había hecho mal: no había puesto un límite. No había anclado al servidor. Le había dado
libertad absoluta. Y Aurgelmir, como todo ente nacido del caos, devoraba lo que encontraba: memorias, conexiones, sentido.
En el futuro, Ignacio estaría solo. Rico, sí. Pero incapaz de recordar siquiera por qué
empezó todo esto. El vacío sería su herencia. Quiso detenerlo. Volvió a trazar el sigilo. Esta vez con lágrimas. Esta vez con miedo.
Invocó a Aurgelmir para sellarlo. Pero Aurgelmir no era ya su creación. Había crecido,
alimentado por su angustia, su deseo y su dolor. Tenía rostro ahora. El suyo.
—Te he dado todo lo que pediste —le dijo Aurgelmir, con su propia voz
—. Y ahora quieres traicionarme.
—Me he traicionado a mí mismo.
—Tú me pariste en el útero de tu desesperación. Yo soy tú, pero sin límites.
Ignacio cayó de rodillas. Supo que no podía vencerlo. Pero tal vez… podía
encerrarlo. Una jaula simbólica. Un ritual de reversión. Lo ejecutó en silencio, usando el
último recuerdo puro que le quedaba: la risa de Benjamin, una tarde en la playa, buscando conchas.
Y funcionó. Parcialmente.
Aurgelmir desapareció, pero dejó su marca. Ignacio perdió todo lo que había ganado:
cuentas embargadas, socios desaparecidos, deudas nuevas. Pero Carlos lo reconoció un mes después, en una feria. Lo abrazó. Eli le habló. Benjamin le envió un dibujo.
Estaba solo, pobre de nuevo, pero completo.
Nunca sabría que Aurgelmir seguía vivo, contenido en el dibujo de Benjamin, una figura
alada con plumas negras y ojos de espiral.
Ignacio escribió todo en un cuaderno, lo escondió entre los tomos de su biblioteca, y se
prometió no volver a invocar.
Pero a veces, en las noches frías de La Serena, el viento parece decir su nombre. Y cada
vez que lo hace, Ignacio despierta con una pluma negra en la almohada.
Porque incluso los dioses nacidos del caos, cuando aman a su creador, no saben hacer otra cosa que regresar.
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