Anais y La Colorina

La primera vez que Anais sintió el calor de las luces del escenario, tenía trece años. Un
papel pequeño en una obra escolar, donde hacía de una flor que moría al final del segundo acto. Era la más radiante. Todos se lo dijeron. Su madre lloró. Su padre aplaudió de pie. Y su maestra de teatro, una mujer con el alma tallada a mano, le dijo: «Tú no actúas, tú invocas».

Anais tenía dieciocho ahora. Estudiaba actuación en una academia privada, en el centro de una ciudad donde las vitrinas parecían siempre recién lustradas y el cielo nunca amenazaba con lluvia. Había aprendido a caminar como una diosa, a mirar con intención, a usar su voz como seda o cuchillo. Pero lo más importante: había creado un personaje. La llamaba Colorina, por su cabello rojo encendido, tinturado con precisión de cirujano. Colorina tenía curvas que no tenía Anais. Colorina reía más alto, cruzaba las piernas con más cadencia, miraba a los hombres como si ya supiera lo que pensaban. Colorina era una creación perfecta. Y se convirtió en su máscara más exitosa.

La primera audición importante que tuvo fue para una serie juvenil: «Universo Adentro».
Anais fue por un papel secundario, una amiga nerd de la protagonista. Pero cuando entró a la sala, con los labios pintados de carmín, el vestido negro de encaje y esos tacones que la hacían caminar como en cámara lenta, los productores se quedaron en silencio. Le pidieron que hiciera otro papel: el de Rebeca, la antagonista sensual. Lo hizo. Y al día siguiente tenía contrato firmado y una cita con el maquillador de la cadena.

Desde entonces, la vida dejó de pertenecerle por completo a Anais. En la serie, Rebeca era un huracán: hablaba de sexo sin filtros, caminaba con la espalda recta y el corazón cerrado. Se acostaba con quien quería y lloraba sólo cuando nadie la miraba. El público la amó. El rating subió. Instagram explotó. Tenía un millón de seguidores al terminar la primera temporada. Todos querían ser ella. O tenerla. Anais, la joven que leía a Clarice Lispector en la micro, que aún tenía un diario escondido debajo del colchón, era ahora un símbolo.

Al principio, fue embriagador. Sentía que su cuerpo tenía un poder que antes no conocía. Caminaba por la calle y se abrían caminos. Recibía invitaciones de hombres que antes la habrían ignorado. Regalos. Colaboraciones. Dinero. Pero, con el tiempo, la línea entre ella y Colorina comenzó a difuminarse. Cuando iba a casting, todos querían a Rebeca. Cuando salía con alguien, todos querían a Colorina. Cuando miraba al espejo… ya no sabía quién era la que le devolvía la mirada.

Fue en una de esas madrugadas de insomnio que ocurrió por primera vez. Estaba en su
departamento, frente al espejo del baño, desmaquillándose con movimientos lentos. Su
rostro, sin pintura, parecía más joven, más cansado. De pronto, su reflejo no siguió su
movimiento. Anais retrocedió un paso. El reflejo se quedó allí, inmóvil, sonriendo.

—¿Por qué te haces esto? —dijo la imagen, con su voz, pero más grave, más… carnal.
Anais sintió un escalofrío.
—¿Quién eres? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Soy tú. La tú que todos quieren. La que no llora por tonterías. La que no se esconde. La
que brilla. ¿Te molesta que me amen?
—Te aman a ti, no a mí —susurró Anais.
Colorina rió. Fue un sonido encantador y cruel.
—¿Y no te basta con eso?

Desde entonces, cada noche, la discusión continuaba. Colorina aparecía en el espejo como una sombra perfecta. Hablaban durante horas. A veces discutían. A veces lloraban. Otras veces, Anais la miraba y sentía envidia, como si Colorina hubiera robado su juventud y su poder.

Anais dejó de ver a sus amigos. Empezó a faltar a clases. Había algo en su interior que se
resquebrajaba. Sabía que podía dejar a Colorina. Podía volver a ser Anais. Pero entonces… ¿quién la miraría? ¿Quién la desearía? ¿Quién recordaría su nombre?

Una tarde, mientras caminaba sin rumbo por el centro, vio a una niña en una plaza. Tendría unos seis años. Jugaba sola con un muñeco de trapo. De pronto, la niña levantó la vista y la miró. No como la miraban los hombres. No como un cuerpo. Sino como si pudiera ver algo más. Anais se detuvo.

—Tú eres mágica —le dijo la niña.
Anais sonrió.
—¿Por qué dices eso?
—Porque tus ojos están tristes pero tu luz es grande —respondió, y siguió jugando.
Esa noche, Anais se miró al espejo y Colorina apareció. Pero esta vez, Anais no la dejó
hablar primero.

—¿Y si me quedo contigo, terminaré sola?
Colorina la miró, por primera vez, con una dulzura nueva.
—Depende. Ser tú cuesta. Ser yo es más fácil. Pero tú… tú eres real.
—¿Y tú?
—Yo soy lo que los demás desean. No lo que tú necesitas.

Por primera vez, Anais se acercó al espejo. Tocó su reflejo. El vidrio estaba frío. Pero la
sensación fue cálida, como si tocara un recuerdo amado. Esa madrugada, Anais abrió su cuenta de Instagram y escribió:

«A veces he sido un reflejo de lo que otros quieren ver. Hoy quiero intentar
mostrar quién soy, aunque no brille igual. Aunque tiemble. Aunque no guste
tanto.»
Perdió cien mil seguidores en una semana. Luego más. Las marcas dejaron de llamar. Pero
una chica le escribió: «Gracias. Pensé que era la única.»

Anais volvió a clases. Empezó a escribir una obra propia. Una en que una joven actriz
hablaba con su reflejo. Y por primera vez, actuó sin maquillaje. Sus compañeros
aplaudieron de pie. Su profesora le dijo: «Ahora sí estás invocando.»

Esa noche, frente al espejo, Colorina no apareció. Anais se quedó sola con su imagen. Y
por primera vez, eso fue suficiente.

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Soy Joan Britor

Bienvenido, viajero de mundos invisibles.

Has cruzado un umbral, aunque no lo sepas. Este no es un simple blog, ni un rincón cualquiera de internet. Este es El Refugio de Joan Britor, un lugar donde las palabras cobran vida, las sombras susurran secretos antiguos y los cuentos tienen más de verdad que las noticias del día.

Aquí se entrelazan relatos nacidos de la niebla, fragmentos de sueños perdidos y experimentos literarios que desafían la lógica. Hay puertas que solo se abren si sabes escuchar, mapas que se dibujan a medida que los recorres, y criaturas que existen solo cuando se las nombra.

Si alguna vez te has sentido extraño en tu propio mundo, si te atrae lo que se esconde bajo la superficie de lo cotidiano, si sospechas que la magia aún respira entre nosotros… entonces estás en el lugar correcto.

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